Las segundas pantallas... ¿Nunca fueron buenas?

Ayer estaba en el Centro Dunas, con un vídeo forum para personas que pasaban allí el fin de semana para mejorar sus capacidades personales y desarrollar

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Las segundas pantallas... ¿Nunca fueron buenas?
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    Ayer estaba en el Centro Dunas, con un vídeo forum para personas que pasaban allí el fin de semana para mejorar sus capacidades personales y desarrollar estrategias contra las adicciones. Estábamos viendo Blancanieves, -la torera- y, de pronto, Gema encendió su móvil para buscar los últimos trabajos de Maribel Verdú y Javier abrió el Ipad para averiguar si había más versiones del cuento de los hermanos Grimm.

    Pensé en regañarlos por la inadecuación de su comportamiento, pero me llegó un whatsup y leyéndolo supe que la otra psicóloga del centro ya había acabado los informes. Y eso produjo que no tuviese que salir de este aula durante la actividad de cine.

    Una vez comenzado el debate, de las aventuras y desventuras de la folklórica Carmencita, la protagonista. Expresé mi duda con respecto a “la segunda pantalla” que habían usado, y ellos comenzaron a hablar:

    -Pero Sergio, no te das cuenta que hemos podido argumentar más porque habíamos leído nuestras inquietudes de inmediato y además, es nuestra manera habitual para informarnos.

    -Además, siempre hay segundas pantallas, ¿no te acuerdas? Nos lo has enseñado tú, nos hablabas de que los recuerdos sobre lo que vivimos, a veces, son dañinos y nos sacan del “aquí y el ahora”. Mirar otra pantalla, hace que no me distraiga de lo que estoy viendo, no comienzo a fantasear tonterías, sino que me ayuda. Siempre hay segundas pantallas, pero hay que saber cuál es la de uno.

    No recordaba haberles contado esas ideas, en mi pizarra de la clase anterior aparecían palabras como segunda escena o apres coup, y el objetivo era que pudiesen reinterpretar sus pensamientos sobre el pasado, darse cuenta que desde su psicoterapia podían cambiar su brújula interna y por lo tanto, escribir una nueva cartografía. Me di cuenta que ellos me intentaban contar que usando las nuevas tecnologías abrían nuevos sentidos a las imágenes o ponían nombre a los sentimientos que les devolvía “la primera pantalla”.

    Sorprendido de los nuevos conocimientos que me enseñaban mis pacientes, pensé que uno no enseña lo que piensa conscientemente sino que el aprendizaje se da, de manera subliminal, de forma inconsciente. Quizá las buenas intenciones y palabras de los educadores quedan colapsadas por lenguajes no verbales, o por posiciones contrarias y ocultas hacia los contenidos que imparten.

    Quizás esa es la diferencia entre enseñar y transmitir, las herramientas que intentaba mostrar no eran del orden del conocimiento sino de la transmisión.

    Ahora otra espectadora me hablaba sobre los estados de ánimo por los que había pasado durante los 90 minutos de metraje. Quería encontrar un remedio para quedarse siempre en un estado positivo.

    -¿No toleras los negativos? ¿Por qué le das tanta importancia si podemos tener hasta 244 en un solo día?- le dije.

    -Aquí pone que 236 y es la página del COP- se defendió.

    Y continuó su relato diciendo que ella sabía que existía un aparato que inventaba secuencias donde el final de las mismas tenían que ver con el estado de ánimo del auditorio, del público.

    Sus compañeros se mostraron en contra de este hallazgo ya que a ellos les encantaba fantasear tramas y finales personales en su imaginación.

    -Pues si a la máquina de desarrollar los desenlaces, le pasa lo que a Marta, siempre nos van a dejar edulcorados y en un estado positivo, ¡con mucha marcha!- dijo Gema.

    -Así compraremos más– expresó un hasta ahora tímido César.

    -Si algunos delirios se convierten en proyectos innovadores– continuó.

    -¿No será una nueva forma “megaguay” de censura?- comentó la jovial Eva.

    Todos comenzaron a expresarse al mismo tiempo y tuve que mandarles callar porque era necesario que hablasen de uno en uno. A lo que César arguyó: -Sí claro, es como si intentases cerrar todas las ventanas menos una cuando ves Internet, o como si intentases borrar el paisaje en tus conversaciones habituales con tus amigos en la calle–.

    La sesión de hoy ha terminado, anoten sus reflexiones en un papel o en una tableta, que ahora sé que es su alter ego.

    El arte de vivir
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