La Tierra era un bello planeta lleno de alegría y de color. Un día el color gris, con ocultas intenciones, se acercó al color verde y le dijo:

-Creo que tú eres el más importante de entre todos los colores. ¿Te has dado cuenta de que las plantas y los árboles se visten con tu color? Sin el oxígeno que producen los árboles y las plantas, ni los animales ni los seres humanos podrían sobrevivir.

El color verde nunca se había parado a considerar tales cuestiones y al poco tiempo exclamó:

-¡Tienes razón, se van a enterar los demás colores quién soy yo!

El color verde reunió al resto de los colores y les explicó con gran autosuficiencia, la extrema importancia de su papel.

El color naranja, no muy conforme con lo anterior, exclamó enfurecido:

-Yo soy el color de la ardiente lava y cuando mi aliento cae sobre árboles y plantas, tu verde color no puede defenderlas de mi abrasante calor.

El color azul saltó entonces indignado y replicó al instante con gran vehemencia y convicción:

-Yo soy el color del inmenso mar. Allí surgió la vida y en sus frías aguas tu ardiente lava se convierte simplemente en un efímero y etéreo vapor.

Cuando estamos unidos, todos somos más, mucho másUno a uno, todos los colores fueron entrando en aquella tremenda discusión. Ninguno hablaba para ser comprendido y ninguno escuchaba con la intención de comprender. Al final, rota la comunicación, todos los colores se separaron y al instante la vida misma se paró. Los pájaros dejaron de cantar. La brisa no quiso soplar y el sol ocultó su resplandor. Fue entonces, en medio de un gran silencio, cuando se manifestó el dolor de Dios. Sus lágrimas cayeron como una densa lluvia sobre la Tierra. Ante tanto sufrimiento de su Creador, los colores salieron de sus rincones, olvidaron lo que les separaba y se abrazaron entre sí. Entonces el sol mostró de nuevo su rostro y en el ancho cielo un arco iris con todos los colores del mundo apareció para recordarnos que cuando estamos unidos, todos somos más, mucho más.

Nuestro entrenamiento cultural tan sumamente individualista no nos hace expertos en el arte de cooperar para sumar, sino en la práctica de competir para restar. Aprender a elegir también nos pide aprender a renunciar. Cuando nosotros elegimos establecer aquellas relaciones que nos unen, también elegimos renunciar a las preocupaciones, las desconfianzas y los miedos que nos separan y que muchas veces permanecen ocultos tras la máscara de la arrogancia y de la soberbia. La arrogancia, al igual que el color gris de nuestra historia, se nutre de nuestra casi irresistible tendencia a compararnos con los demás para ver lo que nos falta a nosotros o lo que les falta a ellos.

La gran diferencia entre las personas que forman verdaderos equipos y las que simplemente forman grupos no estriba en los talentos considerados de manera individual, sino en el orgullo que da vestir unos mismos colores. Este orgullo es el resultado de cultivar un tipo de relaciones en las que todos se responsabilizan en ser fuente de unión y no de alejamiento. Por este motivo, en los equipos la información fluye continuamente mientras que en los grupos sólo lo hace cuando es estrictamente necesario. En los equipos las personas expresan sus emociones de manera directa pero respetuosa, mientras que en los grupos la sinceridad se mide y los conflictos únicamente se acomodan. En los equipos, todos se interesan por las necesidades de los demás y crean un objetivo común, mientras que en los grupos los objetivos son independientes e incluso contrarios. En los equipos se produce un mayor número de iniciativas innovadoras y se corren mayores riesgos porque se apoyan unos en otros. No es, pues, de extrañar que en una ocasión un profesor de la London Business School dijera que “un equipo es lo que permite que gente ordinaria consiga un resultado extraordinario”