La identidad del niño: quién es y quién cree que es

La identidad de la persona es lo que la hace única. Este sería el conjunto de rasgos, pensamientos y actitudes que hacen que se distinga del

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    La identidad de la persona es lo que la hace única. Este sería el conjunto de rasgos, pensamientos y actitudes que hacen que se distinga del resto.

    Esta identidad se va desarrollando desde muy temprana edad. Cuando un bebé cuenta con pocos días de vida, los padres ya pueden hacer afirmaciones sobre cómo es la pequeña personita. Pueden decir: “Es muy calmado”, “es muy bueno”, o “es muy lloroncete”, estas características hacen que se vaya identificando al niño con unos rasgos más que con otros.

    Hasta los seis meses de vida, el bebé no tiene conciencia de los límites físicos de su cuerpo. Es decir, aún se siente unido físicamente a su madre. Y, aunque hacia los dos meses de vida es capaz de fijar la mirada, distinguir entre diferentes estímulos, emitir la sonrisa social, y comenzar a canturrear, el pequeñín aún no sabe que su madre y él son dos personas diferentes.

    Compartiendo estados afectivos

    Es a partir de los seis o siete meses cuando el bebé empieza a desarrollar el sentido de sí mismo como entidad física separado de su madre. A partir de este momento empieza a tener capacidad para darse cuenta de que él tiene una mente y los demás, otra. A partir de este momento evolutivo, es capaz de compartir el foco de atención. Esto es, cuando el adulto le señala un objeto, el bebé mira la mano del adulto y seguidamente mira al objeto. Y después vuelve a mirar al adulto.

    Con esta capacidad el bebé puede empezar a atribuir una intención al otro. Puede querer el objeto que señala el adulto, y el bebé empieza a darse cuenta de que el adulto tiene capacidad para darle ese objeto y además puede tener intención de dárselo o no.

    Tanto niños como adultos necesitan mantener un estado de bienestar y estabilidad respecto a la imagen de sí mismo

    En este punto de la relación con el adulto, el bebé también comparte estados afectivos con su figura de apego. El pequeño puede reconocerlos en el rostro de su madre. Tiene la motivación de explorar, pero todavía necesita la protección de su figura de apego. Entonces, cuando el bebé va explorando objetos, viviendo situaciones nuevas, mirará el rostro de su madre, y entenderá si esta situación a la que se enfrenta es amenazante o segura en función de lo que lea en ella.

    Así, gran parte de cómo ve el mundo el bebé (y más adelante el niño) viene determinado por cómo sus figuras de apego le transmiten que es.

    La construcción de la identidad

    En esta construcción de significados que hacen los adultos del mundo del bebé, también le hablan sobre él. Es decir, le dicen cómo es él, si es un niño valiente, si es un niño bueno, si es un niño listo, etc., y esto contribuirá a que el pequeño vaya creando su identidad.

    En este proceso se están constituyendo dos partes muy importantes: por un lado su identidad (quién es) y por otro lado su auto-imagen (quién cree que es).  

    La imagen de uno mismo es muy importante. Tanto niños como adultos necesitan mantener un estado de bienestar y estabilidad respecto a la imagen de sí mismo.

    Gran parte de la identidad de la persona se constituye en función de la imagen que las personas significativas le hayan devuelto

    La identidad de la persona, quién es, se va constituyendo poco a poco a lo largo de todo el desarrollo vital. Esta identidad se crea en el seno de una relación intersubjetiva. Es decir, el niño crea su identidad a partir de la relación con las personas que le cuidan y seguidamente con el resto de personas que le rodean y que son importantes para él. Es decir, familiares, cuidadores, profesores, amigos, etc.

    Ni por exceso ni por defecto

    De igual manera que el ser humano se relaciona con las demás personas, establece una relación consigo mismo, que sigue las mismas normas y particularidades que la relación con los demás. Un niño puede encontrarse cómodo o satisfecho con otras personas. De igual manera, el niño puede sentirse cómodo consigo mismo o no. Esto es la autoestima: cuánto y cómo se valora y se quiere el niño a sí mismo.

    Gran parte de la identidad de la persona se constituye en función de la imagen que las personas significativas hayan devuelto a esa personita. Es decir, el niño se ve a sí mismo como sus padres le ven. A veces no nos extraña que determinadas personas tengan una imagen de sí mismos que no se corresponde con la realidad, tanto por exceso como por defecto.

    Para que el niño pueda tener una buena autoestima necesita que le hayan estimado antes

    Hay niños que cuentan con determinadas cualidades que, como no han sido vistas por los adultos, el pequeño no ha podido interiorizar que cuenta con esa virtud. Y puede ocurrir al revés. Hay niños a los que se les ha dicho que sí pueden realizar determinada destreza y el peque realmente no tiene capacidades para ello. Por lo tanto, ni por exceso, ni por defecto, todo en su justa medida.  

    Lo que el niño piensa sobre sí mismo (la autoimagen), siempre está sujeto a un proceso de valoración. Cada niño, al observar su propia imagen puede sentirse desde orgulloso hasta profundamente decepcionado.

    El adulto y la especularización

    En función de la valoración que haga la persona sobre sí misma, podrá sentirse satisfecha-insatisfecha, neutra, con placer, angustiada, etc. Esto se aplica en cualquier área. En este balance entran en juego varios elementos. Por un lado el auto-concepto: cómo se ve a sí mismo, por otro lado, las aspiraciones e ideales, y por otro lado la conciencia crítica. La autoestima alta o baja dependerá de lo cerca o lejos que se encuentre el desempeño real del ideal. Y siempre hay un estado afectivo que lo acompaña.

    Y para que el niño pueda tener una buena autoestima, antes necesita que le hayan estimado, es decir, el niño puede quererse a sí mismo si a él le han querido, el niño puede verse guapo si alguien importante y significativo para él le ha visto guapo y puede considerarse listo si alguien lo ha hecho previamente.

    En este sentido, el adulto cumple una función muy importante, la especularización: reconocimiento y admiración del niño. El niño puede construir una buena autoestima si el adulto le devuelve una imagen positiva de él. Pero también es necesario que el adulto pueda desplegar sensación de bienestar en el vínculo con él. Es decir, placer en la crianza del hijo. Es necesario transmitir al hijo el sentimiento de que cuenta para el adulto y que es importante para él.

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    Relación Padres e Hijos
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