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Los tics nerviosos en los niños

Sandra Toribio Caballero 14/06/2012   (06:00h)
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Los niños pasan por innumerables estados de nerviosismo. En forma de preocupación ante un examen, a modo de excitación ante un cumpleaños o evento importante (los Reyes, Papá Noel, la comunión…). Estos momentos suelen ser puntuales, pero también hay casos donde el estrés y la ansiedad en el niño empiezan a aparecer de forma más prolongada y sostenida en el tiempo. A veces, esos estados ansiosos pueden dar lugar a algunos síntomas. En este artículo no nos centraremos en los tics generados por causas no físicas o neurológicas, sino por factores emocionales.

¿Qué son los tics?

Los tics nerviosos se definen como “movimientos (tics motores: parpadear, saltar, etc.) o sonidos (tics vocales: como toser dar gritos) repetitivos y estereotipados carentes de objetivo”. Con frecuencia, su intensidad aumenta ante situaciones de ansiedad, estrés, cansancio y/o irritabilidad, y tienden a disminuir ante la realización de actividades que requieren concentración o durante el sueño. Suelen aparecer en la infancia (entre los seis y diez años normalmente), sin causa determinada y generalmente de forma transitoria. Además, se presentan con mayor frecuencia en niños que en niñas.

¿Cómo se sienten los niños que los padecen?

Posiblemente, los niños no serán conscientes de sus propios tics hasta que otra persona (como sus padres o abuelo) les pregunte: “¿por qué no dejas de hacer eso con los ojos?” o “¿por qué haces ese ruidito constantemente?”. Según el tipo de tics y lo obvio que sean (por ejemplo, el guiño o parpadeo de ojos es menos evidente y “molesto” que un grito), es posible que los niños se sientan tristes o preocupados al sentir que no pueden controlarlos. Quizás aparezcan sentimientos de vergüenza o culpabilidad al ser cada vez más conscientes de los movimientos que hacen. Quizás también en el colegio puedan aparecer burlas. Es importante poder hablar con el niño o niña de cómo se siente y explicarle qué es lo que le pasa para que pueda entenderlo.

¿Y cómo se sienten sus padres?

Es muy posible que los padres pasen de la preocupación por lo que le sucede al niño o niña cuando empiezan los tics, a la ansiedad por no poder ayudarle y, quizás también, a la desesperación, al ver que la situación no mejora: ser conscientes de los tics (como decíamos, son reflejo de un estado de nerviosismo o ansiedad) puede terminar por ponernos muy nerviosos.

Quizás aquí los padres tengan que hacer un esfuerzo importante, recordando que los tics son movimientos involuntarios e inconscientes que el niño o niña ni puede controlar ni hace aposta para molestar al otro. Posiblemente, los tics serán la forma que ha encontrado de liberar y aliviar tensiones. No es que no “quieran” controlarlos o evitarlos: es que no “pueden”. Por este motivo, es de vital importancia que los padres no regañen o castiguen al niño o niña por los tics. Poder hablar con ellos, entender cómo se sienten, qué cosas han pasado en el colegio o en casa que les puedan preocupar o poner tristes, les ayudará a poner palabras a sus emociones y sentimientos, y liberar de esta forma tensiones.

En general, si los padres entienden los tics de sus hijos como algo normal y pasajero, sin prestarles demasiada atención, suele haber una evolución satisfactoria y esto facilita la desaparición de los tics. Si por el contrario les regañan o presionan, es posible que aumente la frecuencia de los tics y que éstos se vuelvan más intensos.

¿Cuándo es necesario acudir a un especialista?

Como decíamos al principio del artículo, hemos hablado aquí de los tics nerviosos que pueden ser explicados por factores emocionales. Sin embargo, es importante señalar que hay ocasiones en las que los tics requieren la consulta e intervención de especialistas.

Si los tics persisten en el tiempo, afectan a varios grupos musculares y, sobre todo, si empiezan a generar mucho malestar en el niño o en los padres (es decir, si empiezan a interferir en las relaciones sociales, ámbito escolar o familiar de manera notable), es importante que puedan acudir a un especialista para que valore la situación. El médico realizará un examen físico y determinará si son necesarias más pruebas para descartar cualquier otro trastorno, así como la posible derivación a otro especialista (neurólogo o psiquiatra). Si los padres y/o el niño o niña tienen dificultades para manejar el estrés que pueda generar esta situación o los sentimientos que aparecen, es recomendable que acudan a un psicólogo para trabajar estos aspectos. Como sucede en muchas ocasiones y también en este caso, el trabajo multidisciplinar de varios especialistas puede resultar beneficioso.

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Sandra Toribio Caballero. Licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en Psicoterapia Relacional – Ágora Relacional.Especialista en el Test de Rorschach – SERYMP (Sociedad Española de Rorschach y Métodos Proyectivos). Psicoterapeuta de niños, adolescentes y adultos (terapia en español e inglés). Experiencia como voluntaria en diferentes ámbitos (Fundación Padre Garralda, Cooperante en Santo Domingo con la ONG Codespa, Hermanas Hospitalarias,…). Trabajó durante un año en la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Sanatorio Esquerdo. Durante los últimos tres años ha desarrollado su labor en un Centro de Atención a la Familia en un municipio madrileño, compaginando las labores propias de la terapia con las de Coordinación.Actualmente, colabora como traductora en la revista Clínica e Investigación Relacional, perteneciente al Instituto de Psicoterapia Relacional, y en la revista Clínica Contemporánea del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid.

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