Hay un libro de economía que está sacudiendo Francia, y es infame

El ensayo de Cahuc y Zylberberg, titulado 'El negacionismo económico', está generando una gran polémica. Afirma que la disciplina es una ciencia como la física o la biología

Foto: Paul Krugman puede ser un ejemplo de economista heterodoxo. (Efe/Franck Robichon)
Paul Krugman puede ser un ejemplo de economista heterodoxo. (Efe/Franck Robichon)

‘Le Négationnisme économique. Et comment s'en débarrasser’ (Ed. Flammarion), de Pierre Cahuc (profesor de la Université Polytechnique) y André Zylberberg (École d'Economie de París) ha generado una enorme polémica en Francia. Su tesis es, en resumen, la siguiente: la economía ha mejorado tanto en las últimas tres décadas que ha alcanzado el mismo estatus científico que la física, la medicina o la biología. Es una ciencia a la altura de las ciencias exactas.  

Pero este estatus no es reconocido. No por el ciudadano o por los medios de comunicación, sino por una serie de economistas heterodoxos que se niegan a aceptar las teorías dominantes en la disciplina, las emanadas del modelo neoclásico, y que insisten en que hay otras posibilidades de analizar los hechos económicos. Para los autores, esta negativa a aceptar lo evidente solo es posible porque se trata de personas ideologizadas, que niegan la verdad por interés y que nos conducen a “consecuencias devastadoras”, ya que, por ejemplo, “sus políticas basadas en conceptos erróneos dan lugar a millones de parados”.

Los economistas heterodoxos se dejan llevar por sus sentimientos, por su ideología o por sus intuiciones, y no se ajustan a lo científico

Los heterodoxos, que quedan definidos como aquellos que cuestionan los valores científicos del liberalismo actualmente existente, constituyen para los autores una suerte de nueva versión del intelectual comprometido de Sartre. En esa lucha de los argumentos y de la razón contra las cifras y los modelos predictivos, se situarían en el lado de los heterodoxos todas aquellos cuyas teorías son defendidas por la izquierda, lo cual abre un abanico muy amplio, porque bien pueden encuadrarse en esa categoría los economistas marxistas, los keynesianos y figuras como Krugman, Stiglitz o Piketty.

La maldición negacionista

Esta maldición que constituyen los economistas heterodoxos, argumentan Cahuc y Zylberberg, es desconocida para el público en general, porque son esta clase de sectarios a los que se acoge con más frecuencia en los medios, lo que provoca que la gente no escuche a los científicos y a sus hechos, sino a un conjunto de personas que se dejan llevar por sus sentimientos, por su ideología o por sus intuiciones, que no se ajustan a lo científico, y cuyas ideas dan forma a los grandes peligros que nos acechan.

La economía no es equiparable a la física, por razones obvias, y ponerla a la misma altura es otorgar a la disciplina una precisión de la que carece

La tesis de Cahuc y Zylberberg, una nueva versión de ‘nosotros o el caos’, es peligrosa por varios motivos. El primero es que describen la economía como una ciencia exacta, algo que dista mucho de ser. La economía no es equiparable a la física, por razones obvias, y ponerla a la misma altura es otorgar a la disciplina una precisión de la que carece. Tomarla como algo puramente científico sí puede ser una enorme complicación para nuestras sociedades.

Una reducción conveniente

En segundo lugar, no solo están igualando la economía a una ciencia exacta, sino que lo que equiparan no es la disciplina, sino una de sus versiones, la neoclásica. Una vez hecha esta reducción, ya es posible señalar a quienes no certifican sus tesis como locos peligrosos, gente que combate la ciencia en sí misma, negacionistas a la altura de los que cierran los ojos ante el cambio climático. Algo así se hizo en el comunismo soviético: los críticos eran anticientíficos.

Dicen que en los treinta últimos años la economía ha logrado convertirse en una ciencia. Pero, entonces, ¿qué era hasta la década de los ochenta?

Pero esta actitud la hemos visto muchas veces, forma parte de un mecanismo típico de nuestras sociedades. Apoderarse de un concepto, reducirlo a una versión y combatir con ella a quienes no están de acuerdo es un mecanismo totalitario.  Lo vimos, por ejemplo, con Bush Jr., que tildaba de antipatriotas y antiamericanos a quienes se oponían a la guerra de Irak, porque las armas de destrucción masiva eran un enorme peligro mundial, y ya hemos visto en qué tremenda complicación nos ha metido todo aquello. Lo hemos visto en España con Aznar, que tildaba de amenaza para el Estado a quienes no sostenían que el 11M lo había causado ETA. Y lo hemos visto en numerosas ocasiones en la ciencia, como con el tabaco o con el azúcar, cuando se tildaba de anticientíficos y de izquierdistas radicales a quienes decían que uno y otro causaban perjuicios para la salud. Ahora es el turno de la economía.

La gran transformación

Pero, en esta reducción, hay un par de aspectos muy significativos. El primero tiene que ver con su idea de que en los treinta últimos años la economía ha logrado convertirse en una ciencia. Pero, entonces, ¿qué era hasta la década de los ochenta? ¿Un conjunto de presuposiciones aleatoriasnbsp; Y, en segundo lugar, ¿en qué ha cambiado para poder gozar ahora de ese estatus? Los autores señalan que la gran transformación consiste en que ahora tenemos muchos más datos y que contamos con instrumentos más precisos, lo cual puede ser cierto, pero sin un nuevo modelo que nos permita leer esos datos correctamente, no habría novedad real, y no lo ha habido en este terreno.

Lo que sí ha ocurrido es que a partir de los años 70 todas las tesis que no encajaban en los modelos neoclásicos fueron desapareciendo de la academia. Como señala Steve Keen en ‘La economía desenmascarada’, en el ámbito de la investigación, la purga fue más o menos completa porque los editores y los evaluadores excluyeron a quienes seguían otras corrientes, incluida la keynesiana, de las revistas más prestigiosas de la profesión, donde hasta entonces publicaban con regularidad. En la docencia, en los programas de investigación y en los organismos internacionales fueron expulsando o cooptando a los díscolos.

Los economistas neoclásicos ocuparon las jefaturas de estudios de la OCDE, FMI y Banco Mundial, y se convirtieron en gobernadores de bancos centrales

A partir de los 80, los nombres de economistas no neoclásicos fueron desapareciendo de los libros de texto, de los planes de estudio y de las principales publicaciones, de forma que esas generaciones crecieron aprendiendo que solo había una forma de entender la materia. Esta posición de dominio, asegura Joaquín Estefanía, quedó reforzada definitivamente con el nombramiento de sus expertos para las jefaturas de estudios de la OCDE, FMI y Banco Mundial, y como gobernadores de los principales bancos centrales y ministros de Economía y finanzas de los principales países del mundo. También los principales instrumentos de reconocimiento, como los premios Nobel, fueron a parar a manos de economistas neoclásicos.

La gran crítica

Desde entonces ha sido el único modelo operativo, aquel con el que han tejido una rígida ortodoxia. El individualismo, el instrumentalismo y el equilibrio metodológicos fueron entendidos como las claves para encontrar toda clase de explicaciones, y por tanto para dirigir y corregir nuestras economías, incluso cuando esos modelos fallaron.

Y esta es la gran crítica que se puede hacer a la tesis. Si el modelo de economía por el que abogan los autores es el dominante, y es tan exacto, ¿por qué estamos en la situación que estamos?  ¿Por qué no han podido prever la crisis? ¿Por qué sus recetas la hicieron más profunda? ¿Por qué no han sabido ponerla remedio?

Señalar a los disidentes como los culpables de todo no es más un mecanismo para desplazar la atención de la ineficiencia propia

En realidad, la posición de Cahuc y de Sylberberg retrata una de las posturas cínicas más frecuentes en nuestra sociedad, en la economía, en la ciencia y en la política, la de culpar a quienes no están de acuerdo con cómo funcionan las cosas de todos los males. Lo estamos viendo en las campañas electorales, nacionales y europeas, donde los gobiernos amenazan con males extremos si otras fuerzas toman las riendas. Quizá sí, pero el hecho evidente es que quienes están gobernando no pueden ni deben esconderse detrás de los enemigos que traerán el caos. Si España no ha cumplido las previsiones de déficit o tiene unas tasas de paro enormes, la defensa no puede ser que “como vengan los populistas las cosas van a ir mucho peor”. Esta es la clase de argumento que se esgrime en la obra. No se puede culpar a los economistas heterodoxos de nada porque quienes están en el poder son los ortodoxos.

Todos los instrumentos decisorios en Occidente están alimentados por las teorías neoclásicas: desde el ministerio de economía español hasta el Banco Central Europeo, pasando por instituciones internacionales como el FMI, todos comparten el tipo de visión de la economía que defienden Cahuc y Zylberberg. Son esas teorías las que gobiernan, por lo que los males que sufrimos no pueden estar causados por los heterodoxos. Y quizá sus teorías puedan empeorar las cosas, algo que no sabemos y que probablemente no sabremos porque carecen de todo poder y no tiene pinta de que lo vayan a conseguir, pero lo cierto es que el paro, la recesión y la elevada exposición al riesgo de la economía no son producto de sus ideas. Son las teorías de Cahuc y Zylberberg las que están gobernando nuestro mundo. Señalar a los otros no es más un mecanismo para desplazar la atención de la ineficiencia propia.

 

Tribuna

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