Stalin tiene toda la razón. En especial en lo que se refiere a las pymes y los autónomos

El deterioro en las condiciones materiales y vitales que sufren las pequeñas empresas y quienes trabajan para sí mismos llevan a un nuevo escenario que la política no entiende

Foto: Protestas de los conductores de taxi en EEUU contra empresas como Uber. (Reuters / Max Whitaker)
Protestas de los conductores de taxi en EEUU contra empresas como Uber. (Reuters / Max Whitaker)

Stalin tiene razón, el problema es que nadie le escucha. Stalin, por supuesto, no se llama Stalin, pero sus amigos le nombran así no por las afinidades ideológicas que tenga con el comunismo, sino porque la pronunciación fonética de su nombre real se parece bastante al del dictador soviético. Stalin es de origen colombiano y es taxista. Me cuenta que desde la crisis se ve obligado a trabajar más horas de la cuenta para poder subsistir, que están siendo tiempos duros, y que ha salido adelante a base de multiplicar su esfuerzo. Forma parte de una de estas redes de apoyo entre profesionales del sector, en las que se indican dónde hay clientes, qué zonas deben visitar para poder “cargar”, etc. Y acaba de integrarse en un colectivo que se ha formado para plantarle cara a Uber. “Es increíble, estas aplicaciones se están llevando el 25% de tus ingresos sin hacer nada. Es una compañía que, como tiene dinero, invierte en comerciales para que vayan a las empresas y les contraten, y se están quedando con buena parte del sector”. Esas prácticas, el estatus legal de Uber, y la sensación de que se les está haciendo una competencia ilícita, ha soliviantado a los taxistas. Stalin no ve como enemigos a quienes trabajan para Uber “porque son gente como yo, que intenta ganarse la vida. Pero su empresa es otra cosa. Además, esto es España. En Colombia, los Uber y los taxistas se están matando de verdad”.

Las posibilidades de subsistencia de autónomos y pymes han descendido de forma alarmante, siguiendo esa lógica que lleva a que haya menos empleos

Uber es un nuevo modelo de negocio que tiene varios peligros. Uno de ellos lo subraya Stalin cuando dice que él paga sus impuestos, cumple con sus obligaciones y que, si autónomos como él empiezan a desaparecer, a todo el mundo le va a ir peor. Muchas de las empresas de lo que se ha dado en llamar economía colaborativa cuentan con modelos de negocio que son rentables para ellas, pero para nadie más. Uber es un claro ejemplo: no tiene automóviles propios, tampoco ha de pagar costes salariales ni mantenimiento de sus vehículos, y tiene mucha libertad para elegir dónde pagar sus impuestos. Además, sus precios pueden variar dependiendo del día, porque los decide un algoritmo, y sus vehículos y conductores ofrecen menos garantías a los consumidores que los de los taxistas. Pero, además, si Uber triunfa, concentrará el mercado, lo cual supondrá la adquisición de un enorme poder en el terreno del transporte que es probable, como suele ocurrir, que aproveche en su beneficio. Quizá el taxi no sea un buen sector, pero se le está sustituyendo por algo peor.

Pero lo que Stalin señala va más allá de una lucha sectorial concreta. En este entorno concentrado, el autónomo o el pequeño empresario tienden a desaparecer. Lo cierto es que, a consecuencia de ese giro que está dando la economía desde hace un par de décadas, las posibilidades de subsistencia de autónomos y pymes ha descendido de forma alarmante, siguiendo esa lógica de gestión que ha llevado también a que el número de empleos se reduzca y a que los salarios desciendan.

Un par de casos reales

Sin embargo, son cosas de las que no se habla demasiado, y ello a pesar del coste social que tienen. Un par de casos que conocí ayer: un fisioterapeuta con la consulta a rebosar, que tiene a otra persona contratada, va a cerrar porque después de trabajar muchas horas, y cumplir con las obligaciones administrativas, consigue un salario insuficiente; no tiene tiempo ni dinero, por lo que prefiere buscar un empleo por cuenta ajena. Otro: el dueño de un bar con siete empleados quiere cerrarlo, a pesar de que funciona bien, porque después de hacer frente a todos los gastos y todos los impuestos, le queda un beneficio que no le compensa; tampoco le quedan ni tiempo ni dinero, y prefiere coger un local más pequeño que se pueda trabajar familiarmente.

Los autónomos, por su parte, aceptan cada vez más condiciones de prestación de sus servicios lesivas en salario y tiempo porque no tienen más opción

Son casos representativos de lo que está ocurriendo en nuestro país (y en buena parte de Occidente). Las posibilidades de crear empleo se reducen porque las grandes empresas no contratan más gente sino menos, y las pequeñas no es que no estén en condiciones de aumentar plantilla, es que no lo tienen nada fácil para subsistir. Los autónomos, por su parte, aceptan cada vez más condiciones de prestación de sus servicios lesivas en salario y tiempo porque no tienen más opción. Y el futuro a corto plazo no parece alentador, porque la concentración empresarial va a intensificar aún más esta tendencia.

Tienes una pyme, eres de derechas

Son buenos ejemplos también de las dificultades políticas para identificar el nuevo escenario. Hasta ahora, había un esquema más o menos rígido con el que las distintas formaciones se guiaban: si tienes una pyme, eres de derechas, probablemente dado a la mano dura, y caldo de cultivo del populismo; y si eres autónomo, pues igual. La derecha, por su parte, entendía que esos estratos los conformaban posibles votantes suyos, y que bastaba con decirles que iban a bajar los impuestos y a eliminar las rigideces administrativas para tenerlos de su parte.

Las subidas de impuestos tienen que ver con pagar un día tras otro grandes cantidades en concepto de intereses de la deuda pública

Pero hoy no es así; esas son categorías del pasado, que funcionaban sólo en parte, y que hoy no pueden entenderse de esa manera en absoluto. No sé a quién vota Stalin, pero es un emigrante integrado en España que plantea una resistencia típicamente obrera, a pesar de ser propietario de un taxi y de su licencia, lo que en el pasado le llevaría a ser identificado como alguien probablemente de derechas. Y los problemas del fisio y del dueño del bar tampoco se los va a solucionar la derecha sistémica, que es la que está subiendo impuestos continuamente. Ni siquiera la vieja retórica sobre los impuestos funciona: antes se decía que estaban ahogando a los pequeños empresarios para pagar los gastos que suponía un estado del bienestar excesivo que sufragaba la vida a los vagos, pero hoy ni siquiera ese tipo de argumentos tienen sentido, en la medida en que las subidas tienen que ver con pagar un día tras otro grandes cantidades a fondos y bancos en concepto de intereses de la deuda pública.

Están apareciendo nuevas categorías sociales que los partidos no terminan de entender porque llevan en la mente las ideas del pasado

De manera que tenemos un problema de fondo bastante serio, ligado a la creación de empleo y de generación de posibilidades vitales para una gran cantidad de españoles, y una preocupante falta de comprensión política de la situación, ya que la derecha les ofrece buenas palabras mientras toma todas las medidas necesarias para llevarles a la ruina, y la izquierda les rechaza por no ser obreros fabriles o por no ser jóvenes que se tienen que marchar a investigar al extranjero. No es extraño que este tipo de gente esté votando a la derecha populista en Europa, como tampoco sería extraño que votaran a la izquierda si esta les ofreciera soluciones. Vivimos en un mundo en mutación, que está dando lugar a nuevas categorías que los partidos no terminan de entender porque llevan en la mente las ideas del pasado.

Al mismo tiempo, la mayoría de la gente, incluso aquella cuyos recursos materiales son escasos, piensa de sí misma que es de clase media

La clase media, esa a la que las personas citadas habrían pertenecido en otro momento de nuestra historia reciente, es una de esas categorías. Es un concepto difícil de definir hoy, porque aquello que le daba sentido, como eran la estabilidad, las perspectivas de un mejor futuro, y la convicción en que el sistema funcionaba, se ha desvanecido. Al mismo tiempo, la variable material tampoco está clara, porque hay muchas personas que crecieron en la clase media, o que formaron parte de ella, y cuyos ingresos actuales están muy por debajo de los precisos para pertenecer a esa capa. Además, la mayoría de la gente, incluso aquella cuyos recursos materiales son escasos, piensa de sí misma que es de clase media.

¿De qué clase media hablamos?

De modo que cuando los políticos dicen dirigirse a la clase media o a la clase obrera, no sé muy bien a qué se refieren. ¿A los hijos de la clase media que hoy están en trabajos precarios y que probablemente sigan en ellos durante mucho tiempo (si no siempre)? ¿A los pequeños empresarios a los que están destrozando las políticas económicas actuales? ¿A los hijos de la clase obrera que piensan que son de clase media? ¿A quienes crecieron en los barrios populares y hoy son profesionales exitosos? ¿O, como pasa en Francia, a los hijos de militantes del Partido Comunista Francés que hoy votan a Le Pen?

Estos conceptos son útiles, no obstante, porque revelan dos cosas: que la política no ha entendido bien el mundo actual, con sus complejidades, su inestabilidad y sus categorías mezcladas, y que por tanto siguen anclados en los instrumentos de comprensión de la realidad del pasado; y sobre todo, que a personas como Stalin, por una cosa u otra, no hay quien les esté ayudando políticamente.  

Tribuna

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