Por qué la educación sirve de poco para encontrar trabajo. Pero hay una solución

Las credenciales académicas y el talento parecen el factor esencial para encontrar un buen empleo. Creemos en el poder de la educación, pero la realidad es muy diferente

Foto: Sí, tienes un buen CV pero nadie te da trabajo. (iStock)
Sí, tienes un buen CV pero nadie te da trabajo. (iStock)

La educación se ha convertido en un concepto comodín, que suele utilizarse como sinónimo de esperanza. Hay una idea comúnmente compartida según la cual en un momento difícil como el actual basta con esforzarse más, prepararse mejor y orientarse hacia la adquisición de conocimientos valorados por el mercado para que el futuro acabe siendo tan positivo como nos gustaría.

Es como si pensáramos que, en este momento de contracción del empleo, todo se arreglase con más formación: más idiomas, mejor preparación y mejor disposición. Pero esta idea es una trampa porque, como suele ocurrir con las trampas, tiene parte de razón. Cuando los puestos de trabajo escasean, es obvio que una mejor cualificación profesional es una baza que se puede hacer valer, como lo es el hecho de que, a la hora de competir, quien no cuente con unas acreditaciones mínimas ve sus posibilidades muy reducidas. Pero que todos estemos metidos en esa rueda, y que utilicemos las armas que tenemos a mano, no significa que la solución sea aumentar el calibre de los rifles.

Al graduarme en la universidad, encontré inmediatamente un empleo. Mis hijas han tenido que inventarse el suyo

Es cierto que la educación es imprescindible, pero también con independencia de las ventajas laborales que pueda proveer. Esto se olvida a menudo, porque la formación cada vez se enfoca más hacia la producción de futuros rendimientos, dirigiendo a los alumnos hacia el aprendizaje de materias específicas que puedan rentabilizar en el mercado, en lugar de proveerles de un marco de pensamiento y de una forma de analizar los problemas que les sean útiles en cualquier área y momento. Parece que la esencia educativa es certificar una serie de trámites de adquisición de conocimientos, como una serie de casillas que se deben llenar para acceder al empleo, pero su validez dista mucho de eso.

Un CV que no sirve

Más allá de estas consideraciones, que se suelen entender irrelevantes por poco pragmáticas, lo cierto es que la educación ha dejado de ser el mecanismo que ofrece acceso al empleo para pasar a ser una condición tan indispensable como escasamente rentable. El problema de fondo, el real, es que hay pocos empleos y mucha gente compitiendo por ellos. En ese escenario, el currículum con algún título y varios másteres es algo que se da por descontado, pero que no garantiza el éxito. El ensayista Thomas Friedman, autor de 'El Lexus y el olivo', lo explica correctamente cuando dice: “Al graduarme en la universidad, encontré un empleo. Mis hijas han tenido que inventarse el suyo”.

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Provenir de una clase favorecida permite contar con una red de relaciones que garantiza conocer a las personas adecuadas para tener opciones laborales

Si hay 10 puestos y 100 optantes, pongamos por caso, es evidente que la cualificación es un requisito, pero no la solución. Podría pensarse que los puestos irán a parar a las 10 personas mejor cualificadas, pero esto raramente ocurre en la vida real, porque hay ventajas de partida, no ligadas a la formación, que provocan que esos empleos vayan a parar a las mismas manos. El caso de los actores británicos es un buen ejemplo de lo que ocurre en general.

Una carrera de fondo

La profesión actoral no solo tiene que ver con la formación adecuada, sino con la posesión de talento, esa cualidad que parece esencial en el contexto contemporáneo. Parecería lógico que fueran los más capacitados quienes tuvieran más opciones laborales. Sin embargo, la realidad dista mucho de esto: el estudio ‘Like Skydiving without a Parachute: How Class Origin Shapes Occupational Trajectories in British Acting', realizado por Sam Friedman, David O'Brien y Daniel Laurison, profesores de la London School of Economics y de la Universidad de Goldsmith, señala que el 73% de los actores y actrices británicos provienen de una clase social favorecida (hijos de directivos y profesionales cualificados) mientras que el 27% restante pertenece a familias con menos recursos (sus padres eran cuadros intermedios o realizaban tareas manuales).

No es lo mismo un título de la Ivy League que uno de la Complutense a la hora de ser contratado, y pocas personas pueden cursar estudios en estos centros

Las causas son evidentes: el trabajo de actor es una carrera de fondo, y quienes disponen de recursos materiales tienen mucho más fácil resistir los malos tiempos. Además, provenir de una clase favorecida permite contar con una red de relaciones adecuada, que abre el camino para conocer a personas que proporcionan opciones laborales reales.

En el trabajo cualificado ocurre algo muy semejante. Empezando porque quienes tienen más recursos pueden proporcionar a sus hijos mejores credenciales académicas. El acceso a las universidades más prestigiosas, desde Oxford hasta Harvard, pasando por el MIT o Princeton, entra dentro de sus posibilidades, pero no en la de la mayoría de los mortales. Un licenciado en Historia en uno de estos centros tiene muchas más opciones que un MBA español que no lo haya obtenido en una escuela de negocios de prestigio.

Facultad de Farmacia en la Universidad Complutense de Madrid. (EFE)
Facultad de Farmacia en la Universidad Complutense de Madrid. (EFE)

El valor de los títulos no solo tiene que ver con las calificaciones obtenidas ni con los méritos que se hayan demostrado, sino con el lugar en el que se consiguen: no es lo mismo un título de la Ivy League que uno de la Complutense a la hora de ser contratado, y pocas personas tienen opciones reales de cursar estudios en estas universidades.

Los contactos

En segunda instancia, una vez que se poseen las credenciales académicas precisas, cuentan otros factores a la hora de hacerlas valer. En 'Pedigree' (Princeton University Press), Lauren A. Rivera, profesora de 'management' de la Universidad de Kellogg, subraya que los licenciados que se suelen contratar son aquellos que cuentan, gracias a su familia, con un contacto en la industria. En España no es diferente.

Además, Rivera denuncia que los seleccionadores de personal raramente juzgan el mérito de un modo objetivo, sino que reparan mucho más en la personalidad que tienen enfrente. Quienes contratan buscan ante todo alguien que encaje en la cultura de empresa, es decir, alguien que tenga las mismas preferencias, gustos y hábitos que ellos. Si se visitan los mismos clubes, se practican los mismos deportes y se tiene una mentalidad similar a la de las personas que trabajan en una gran firma, se cuentan con muchas más probabilidades de ser contratado.

El CV y el talento

Eso quiere decir que para ser seleccionado por una gran empresa jurídica, de consultoría, de ingeniería, etc., es necesario saber qué actitudes deben adoptarse, qué expresiones utilizar y qué sitios frecuentar, algo que es fácil cuando se pertenece a las clases favorecidas, porque es lo que se ha hecho toda la vida. La educación, el CV y el talento sirven de menos que el capital relacional y los 'habitus' adquiridos, por utilizar la expresión de Pierre Bourdieu.

Esto ocurre en los trabajos más cualificados. En los que requieren menos formación, la cuestión es mucho más sencilla: se contrata a quienes menos costes generan. Y cuando las clases formadas acceden a cobrar esos salarios bajos, se las prefiere, por su mejor currículum, a las que carecen de credenciales académicas, con lo que tienden a expulsar del mercado laboral a los escalones sociales inferiores.

La solución al problema

El valor de la educación a la hora de conseguir trabajo, como saben muchos españoles es, pues, limitado. La insistencia en formarse, en este contexto, es lógica pero insuficiente, por lo que sería importante plantear el problema de otra manera. Cuando 100 personas compiten por 10 puestos, es probable que quienes tienen más recursos acaben consiguiendo esos empleos. Si esas 100 personas se presentasen a 80 vacantes, la cosa cambiaría sustancialmente, porque entonces el CV sí sería tomado en cuenta. Dicho de otro modo, la solución al problema no es aumentar la formación de cada uno de los aspirantes, sino ampliar el número de puestos disponibles.

Cuando las clases formadas acceden a cobrar salarios bajos, se las prefiere, por su mejor currículum, a las que carecen de credenciales académicas

La educación sirve para tener más opciones en la competición (y eso en el supuesto caso de que todos los participantes no incrementen, como ocurre hoy, sus currículums con más titulaciones) pero solo consigue dar a los púgiles más músculo. Sin embargo, si en lugar de poner el acento en la formación, se pusiera en el modelo económico, de manera que cambiara de rumbo y comenzara a crear empleo en lugar de a destruirlo, todos tendríamos más opciones, y la educación contaría con un valor real.

La respuesta

La solución no viene, pues, del lado de la educación, sino de aplicar recetas económicas que consigan que los puestos de trabajo aumenten. Cada cual, ya sea de derechas o de izquierdas, podrá dar una respuesta ideológica a esta cuestión, pero si no se pone el énfasis en la creación de empleo, todas las fórmulas que se pongan en marcha serán poco relevantes.

El problema es que nuestros dirigentes no están pensando en crear puestos de trabajo, sino en cumplir con el déficit, mantener baja la inflación, ajustar el gasto público y seguir aumentando impuestos. En ese contexto, lo que quieren decir cuando dicen que la educación es importante es que va a tocar competir mucho más duramente por cada vez menos empleos. Un gran error.

Tribuna

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