El eje del 'establishment' y el papel de los medios de comunicación

La división de la sociedad en dos que se ha subrayado desde el populismo se ha encontrado con otra versión, la de la gente racional e ilustrada contra la emocional e irreflexiva

Foto: ¿La victoria de lo irracional? (Luca Piergiovani / Efe)
¿La victoria de lo irracional? (Luca Piergiovani / Efe)

La frecuencia con que se repiten los acontecimientos sin que seamos capaces de extraer lecciones es asombrosa. Se supone que vivimos en la edad del talento, de las generaciones mejor formadas de la historia, de la innovación y de otras grandes palabras y resulta que luego triunfan en los procesos electorales los seguidores de la emocionalidad y de las falsedades y que la gente prefiere la posverdad a los hechos comprobados. Que ambas tesis sean mantenidas sin contradicción por el 'establishment' político, económico y mediático ilustra bastante bien las contradicciones en las que andan inmersos y que les impiden darse cuenta de los cambios sociales que están impregnando nuestras sociedades.

El Brexit fue una lección, la victoria de Trump otra, el referéndum de Colombia sobre las FARC una tercera, pero no por ello se tomó nota. Los mismos argumentos salieron a relucir en la jugada estratégicamente absurda de Susana Díaz para tomar el PSOE, y como era lógico, la derrota volvió a ser el resultado.

La lección de Eco

Como bien decía Umberto Eco, si nos hubiéramos fijado en la programación de la televisión italiana a finales de los sesenta y primeros setenta, jamás habríamos entendido lo que pasaba en las calles y, en consecuencia, por qué el clima político abocaba a otra sociedad. E igual podría decirse de la España tardofranquista. En otras palabras, si los medios de comunicación fueran tan influyentes como para dibujar la realidad de un modo que realmente penetrase en la mente de las personas, los cambios sociales jamás tendrían lugar.

En ese instante, lo que esos medios dicen pasa a ser interpretado como una lectura interesada y quienes lo enuncian como dignos de poco crédito

Por supuesto, los medios son obviamente poderosos a la hora de configurar una mentalidad compartida, esa suerte de sentido común que da forma a las creencias y a los límites que constituyen toda sociedad, pero eso no implica que su influencia sea mayoritaria y mucho menos absoluta.

La confianza

Por diversos motivos, llega el instante en que un porcentaje sustancial de los habitantes de un país dejan de creer en lo que los medios de comunicación de referencia les transmiten. No se trata sólo de que busquen otras formas de recibir información, sino de que la confianza en los mecanismos tradicionales se rompe. En ese instante, lo que esos medios dicen pasa a ser interpretado como una lectura interesada y quienes lo enuncian como miembros de una profesión que no es digna de crédito.

Los partidos políticos tradicionales sufren un creciente descrédito, como otras instituciones. Los medios somos parte de este escenario

La victoria de Pedro Sánchez es una prueba de que estamos en un momento que guarda muchas semejanzas con lo descrito. Que el diario de referencia para los votantes del PSOE durante décadas haya apostado claramente por una candidata y que acabe venciendo el 'outsider' por un amplio margen es una buena prueba de que los medios ya no tienen tanto peso, como antes lo demostró el Brexit, o como el masivo respaldo a Hillary Clinton en los diarios y televisiones del 'establishment' estadounidense llevó a la victoria de Trump.

Un nuevo contexto

Hay muchas razones para que este tipo de cosas estén aconteciendo y una de ellas tiene que ver con un generalizado descrédito institucional. Los partidos políticos tradicionales lo sufren, los sindicatos están aún en su travesía del desierto y otros puntales de nuestra sociedad, como la judicatura, también se ven afectados. Los medios somos parte de este escenario. La crisis de credibilidad está relacionada con la llegada de los medios digitales y con que la distribución de la información a través de redes sociales sea cada vez más importante, lo que provoca que la confianza no se deposite en los mismos lugares. Lo que no siempre es positivo: sustituir a los diarios por Facebook o Google no es buena idea, porque implica colocar en manos de un par de actores la mayor parte de la información y de las opiniones que recibimos, con los evidentes peligros que implica ese desplazamiento.

Hay muchos casos de esta cerrazón institucional, que se ha denominado estupidez funcional, y que constituye uno de los males de nuestra época

Pero con los medios, como con las instituciones, la pérdida de confianza tiene que ver ante todo con una torpe respuesta, con una cerrazón sobre las propias convicciones que acaba por alejar a la gente. La actitud más habitual es seguir haciendo lo mismo, sólo que más intensamente, y descalificar a quienes los critican. Ejemplos de esa ceguera los tenemos en todos los órdenes institucionales, desde la persistencia del Eurogrupo en su estúpida postura respecto de Grecia, hasta la tozudez de Hillary Clinton pensando que con dominar las estructuras y ser apoyada por los medios iba a barrer a Trump, algo muy similar, por cierto, a lo que ahora le ha pasado a Susana Díaz. Desgraciadamente, hay muchos más casos de esta cerrazón institucional, que algunos investigadores han denominado estupidez funcional, y que constituye una de las características típicas de nuestra época.

El eje del 'establishment'

Estos errores, además, comparten un discurso que se ha repetido en la economía, en la política y en los medios. Los argumentos que se utilizaron para oponerse a Le Pen o Trump son los mismos que se emplean para criticar a quienes pretenden otras políticas económicas, y también han sido utilizados en la campaña a favor de Susana. Los opositores son seres emocionales o indignados, presos de la demagogia, las medias verdades, y las promesas de imposible cumplimiento, e ideológicamente confusos. El editorial de El País tras el triunfo de Pedro Sánchez es un ejemplo cristalino.

La misma existencia del término posverdad no es más que la prueba de que al 'establishment' no le han salido bien sus jugadas

En esencia, hay un nuevo eje: si eres inteligente, sensato, moderado y racional, respaldarás nuestras posiciones; si eres dado a los sentimentalismos, a creer las mentiras de los brujos ideológicos, a tomar las decisiones con las entrañas en lugar de valorar los hechos, a despreciar la razón y los argumentos en lugar de tener en cuenta los méritos y los argumentos, votarás a nuestros adversarios o criticarás nuestras ideas. Estas dos posiciones no son aplicables a una votación ni a un país en concreto, sino que han recorrido Occidente (y sus campañas electorales) en los últlimos tiempos. Como expuse en 'Nosotros o el caos', el PP ha ganado así las elecciones, como le ha ocurrido a Macron. Si el eje populista es arriba / abajo, el que ha fijado el 'establishment' es el de la gente ilustrada contra la irracional.

No es extraño que no te crean

Este reparto de posiciones a veces funciona y a veces no. Estos discursos se pusieron en juego en el Brexit y en las elecciones estadounidenses y no salió bien, al igual que la insistencia en la moderación, la responsabilidad y la lucha contra el populismo no le ha salido bien a Susana. Algo que demuestra que los tiempos están cambiando de verdad y que ya no basta con repetir una serie de ideas para que la gente las interiorice como sentido común. La misma existencia del término posverdad no es más que esto, la prueba de que al 'establishment' no le han salido bien las jugadas y trata de conservar su espacio como garante de la razón y la objetividad a costa de culpar a los votantes de los adversarios de seres nada reflexivos y dados a creer en promesas fáciles e ilusiones ideológicas.

Pero este eje no es visto como una idea que toda la sociedad comparte, sino más bien como la lectura ideológica que hace una parte de ella. Insistir en esa dualidad evidencia que la brecha existe y contribuye a ensancharla. Esa es también una de las causas de que los medios, como otras instituciones, estén perdiendo la confianza de sus receptores. Si el mensaje que transmites es que quien no lt haga caso es alguien mentalmente limitado, algo paleto y bastante torpe, no es de extrañar que prefieran no creerte. El mundo sigue avanzando y los viejos modelos, esos que funcionaron durante bastante tiempo, son ahora menos eficaces, de manera que cerrarse en las propias convicciones a costa de descalificar a los opositores ya no es la mejor idea.

Tribuna

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