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La cicatriz en el vientre la tengo yo, pero veis normal que el apellido sea el del padre
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Henar Álvarez

Con dos ovarios

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La cicatriz en el vientre la tengo yo, pero veis normal que el apellido sea el del padre

No tiene ninguna lógica que el primer apellido del hijo sea el del varón. Es la mujer quien pasa nueve meses gestando a un ser vivo en su interior y es la mujer quien lo pare

Foto: Una mujer observa a su hijo recién nacido en el hospital Leiria de Portugal. (EFE)
Una mujer observa a su hijo recién nacido en el hospital Leiria de Portugal. (EFE)

Admitámoslo: el tema de los apellidos no es una cuestión de orden. Las cosas que nos pertenecen las ponemos a nuestro nombre, ya sea una casa, un coche, una idea, un hijo e, incluso, una mujer. En muchos países, las casadas siguen cambiando el apellido por el de su marido tras contraer matrimonio y se refieren al suyo como 'el de soltera'. Si la sociedad se muestra reticente a modificar el orden preestablecido de los apellidos en los hijos, es por la sensación de pérdida de posesión y con ello de poder.

Hasta ahora, y desde el año 2000, se podía inscribir al bebé con el apellido de la madre en primer lugar, pero si no existía consenso o no se notificaba la intención de alternar el orden, el paterno tenía preferencia. A partir del próximo 30 de junio, entra en vigor la reforma del Registro Civil que obliga a los padres a ponerse de acuerdo y exponer su decisión en la solicitud de inscripción. En caso de que no se alcance acuerdo, y transcurrido un plazo de tres días, será el encargado del Registro Civil quien tome la decisión.

Si apelamos al sentido común, si nos olvidamos de que vivimos en una sociedad patriarcal en la que todo gira alrededor del hombre, y hacemos un ejercicio de reflexión, no tiene ninguna lógica que el primer apellido sea el del varón. Es la mujer quien pasa nueve meses gestando a un ser vivo en su vientre y es la mujer quien lo pare. No somos vasijas que producimos para los demás, aunque haya parte de la sociedad fantaseando con ello. Será la mujer también quien lo alimente durante sus primeros meses —a no ser que decida no dar el pecho, claro—. Si de alguien es hijo ese nuevo ser, sin ningún tipo de dudas, es de ella y, por tanto, son sus apellidos los que —de primar alguno de los dos— deberían prevalecer. Incluso por defecto o en caso de desacuerdo entre ambos progenitores.

La población femenina ya salió al mercado laboral y cuenta con posesiones, así que no tiene sentido marcar a la familia como un bien del hombre

No entiendo por qué estas pequeñas iniciativas, que nos acercan más y más a la igualdad, generan tanta crispación en la opinión pública. En una sociedad como la nuestra, en la que la población femenina ha salido al mercado laboral y también cuenta con posesiones, ya no tiene demasiado sentido marcar a la familia como un bien del hombre. En 1986, Gerda Lerner publicó 'La creación del patriarcado', su tesis doctoral, en la que analiza los orígenes de este sistema de dominación y los pilares que lo sostienen. Afirma que durante el Paleolítico no existía el parentesco de la paternidad y el único conocido era el de la maternidad. Fueron los hombres ganaderos quienes al tener noción de la propiedad privada comenzaron a exigir fidelidad sexual para que sus hijos pudieran heredar sus tierras y ganado. Se entiende entonces que su 'denominación de origen' quedara patente en su descendencia, pero tal y como están hoy las cosas, al menos en nuestro país, tiene más sentido que ambos lleguen a un acuerdo o que los de la mujer vayan en primer lugar.

Quizás esta pérdida de privilegios os genere inseguridad, pero pensadlo durante un minuto: si soy yo la que tiene una cicatriz de 20 centímetros en el vientre, no tenía ningún sentido que el apellido del padre primara por defecto.

Admitámoslo: el tema de los apellidos no es una cuestión de orden. Las cosas que nos pertenecen las ponemos a nuestro nombre, ya sea una casa, un coche, una idea, un hijo e, incluso, una mujer. En muchos países, las casadas siguen cambiando el apellido por el de su marido tras contraer matrimonio y se refieren al suyo como 'el de soltera'. Si la sociedad se muestra reticente a modificar el orden preestablecido de los apellidos en los hijos, es por la sensación de pérdida de posesión y con ello de poder.

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