La nueva derecha que no se muerde la lengua

Existe una reacción contra los excesos culturales por parte de intelectuales como Marías que ha dado lugar a una nueva derecha insurgente y que es nuestro pasatiempo de los domingos

Foto: Arturo Pérez-Reverte, Vargas Llosa y Javier Marías, tres pilares de la nueva derecha cultural. (Kiko Huesca / Efe)
Arturo Pérez-Reverte, Vargas Llosa y Javier Marías, tres pilares de la nueva derecha cultural. (Kiko Huesca / Efe)

Me hace gracia lo de Javier Marías, porque está especializándose en provocar a las masas. Se ha convertido en el azote de los nuevos progres, en un insurgente que combate la corrección política sin tregua, como si hubiera leído sin descanso a Víctor Lenore y hubiera decidido que había que llevar su espíritu a nuevas cotas. Además, no está solo: le acompañan Navalón, Pérez Reverte, Vargas Llosa y demás, que animan las redes un fin de semana tras otro, gente que ha decidido poner por fin los puntos sobre las íes a esta sociedad timorata y pajillera. La última polémica surgió porque Marías afirmaba que Gloria Fuertes había sido tan celebrada en su centenario por ser feminista, y que eso provocaba que se le atribuyesen méritos literarios de los que carecía.

Ni siquiera voy a entrar en los argumentos de Marías, o en los de Navalón sobre los 'millennials', o en tantas otras cosas, porque ya se ha hablado suficientemente de ellos y, sobre todo, porque resultan poco relevantes. Más importante es la posición en la que se colocan, esa en la que pueden mostrarse como gente insurrecta que decide liberarse de los prejuicios absurdos de la progresía para contar las cosas como son.

Eran gente rebelde, que se atrevía a decir las cosas al sistema a la cara, que estaba harta de la corrección política y del poder 'progre'

Pero esto lo hemos visto antes, y no hace tanto tiempo. Por ejemplo, ocurrió en la época de la TDT, cuando el periodismo y sus tertulias se llenaron de personas que comenzaron a defender airadamente posturas políticas y económicas que hasta entonces habían sido utilizadas con prudencia. Hubo un 'backlash' neoconservador, que no se inició en España, pero que aquí fue muy celebrado, y cuyo mecanismo discursivo era el siguiente: los progres vivían anclados en el pasado, y cada vez llevaban más lejos unas ideas ya innecesarias. La modernidad nos había traído nuevos derechos, ligados a la defensa de los homosexuales, de las minorías o del medio ambiente, y los progres los estaban estirando en demasía: cada vez querían más, estaban yendo demasiado lejos y era hora de ponerles freno. Lo llamativo no eran tanto sus ideas, y ni siquiera la agresividad en la exposición, sino su carácter de contestación: eran gente rebelde, que se atrevía a decir las cosas al sistema a la cara, que estaba harta de la corrección política; habían vivido sofocados por el poder progre y era hora de sublevarse.

Gente con un par

Esa actitud fue utilizada con asuntos culturales, como la unidad de España, la defensa de posturas religiosas y unas cuantas cosas más, pero donde triunfó de verdad fue en el terreno económico. El Estado del bienestar no funcionaba, los progres nos estaban llevando a la catástrofe, no paraban de gastar y de crear déficit público, vivían de las mamandurrias, se querían pasar la vida cobrando del erario público sin dar golpe y querían que papá Estado estuviera cada vez más presente. Sus argumentos funcionaron bastante bien porque el aire de los tiempos soplaba a sus espaldas, pero también porque se vendieron como gente con un par que defendía en voz alta lo que otros callaban temerosamente.

Marías y demás combaten una sociedad que ha ido demasiado lejos, que ve en todo micromachismos y que se la coge con papel de fumar

Esta actitud fue la que permitió a la derecha olvidarse del discurso que hasta entonces había defendido, el del gestor que saca partido de los escasos recursos públicos y apuesta por una sociedad civil vibrante, y regresar a las esencias. El EEUU de Bush Jr. se envolvió en la bandera nacionalista y en los asuntos culturales y dio lugar a un nuevo momento político. Aquí Aznar consiguió algo similar. Y todo surgió de esos rebeldes que se atrevían a plantar cara al sistema denunciando sus excesos.

Los insumisos culturales

Con Marías y demás ocurre algo similar. Combaten a una sociedad que ha ido demasiado lejos, que ve en todo machismo y micromachismos, que se la coge con papel de fumar. Son insumisos frente a un nuevo orden que describe bien Marías en uno de sus artículos : “La burguesía biempensante exige, entre otros cultos, lo siguiente: hay que ser antitaurino en particular y defensor de los 'derechos' de los animales en general (excepto de unos cuantos, como las ratas, los mosquitos y las garrapatas, que también fastidian a los animalistas y les transmiten enfermedades); hay que ser antitabaquista y probicis, velar puntillosa o maniáticamente por el medio ambiente, correr en rebaño, tener un perro o varios (a los cuales, sin embargo, se abandona como miserables al llegar el verano y resultar un engorro), poner a un discapacitado en la empresa (sea o no competente), ver machismo y sexismo por todas partes, lo haya o no”. Es un resumen bastante ajustado porque refleja bien lo que combate: son ideas que se han convertido en culto, excesos a los que hay que devolver al sentido común.

Las columnas de Marías las leía ese centro izquierda que solo podía aparentar progresismo gracias a los asuntos culturales

Esto es llamativo por dos razones. En un sentido, me recuerda a Lenore, que comenzó a combatir aquello a lo que había pertenecido. Marías siempre ha estado ligado a 'El País', Prisa y demás. Y si había un tipo de burguesía que abogaba por el medio ambiente, las bicis, el running, y la vida saludable, que era antitaruina y que insistía en que había que romper el techo de cristal femenino, esa era la que leía el diario de Miguel Yuste. O por decirlo de otra manera, era ese centro izquierda que en lo económico se había vuelto de derechas y al que la única manera que le quedaba para aparentar progresismo eran los asuntos culturales. Quizá es que ahora las cosas estén cambiando y que aquellos temas que les gustaban, como la España plurinacional, se hayan convertido un problema, o quizá sea por otro motivo, pero lo cierto es que Marías está revolviéndose contra las creencias que su entorno lector valoraba.

La burguesía

Más raro aún es que utilice el término "burguesía biempensante", porque en realidad la burguesía contemporánea está más pendiente de los yates, de la alta cocina, del running, de los paddocks y de subir en la escala social (o de no bajar) que de los homosexuales y el cambio climático. También puede ser que combatir a la burguesía quede bien, algo así como pelear contra lo establecido, y funcione a la hora de promoverse como amotinado, lo que siempre otorga una impronta. O puede que lo que se pretenda cuando se dice querer frenar los excesos, como ocurrió con el 'backlash' neoconservador, sea refutar los fundamentos, utilizando de palanca lo extremo para negar el todo.

Marías critica, otros critican a Marías, otros salen a defenderle, otros critican aún más a quienes le defienden y así. Pero todos hablan de lo mismo

Pero francamente, las motivaciones de esta derecha cultural me importan poco. Creo que lo más relevante es el proceso que pone en marcha, en el que unos y otros se refuerzan. Si a Marías le parece mal que Gloria Fuertes sea homenajeada porque sus méritos literarios no son suficientes, y sospecha que se la reivindica por feminismo, pues vale. Es la opinión de Marías y a mí me da igual. Sin embargo, hay una serie de gente que le concede autoridad al refutarle y que acaban construyendo un escenario en el que los dos polos se complementan. Marías critica, otros critican a Marías, otros salen a defenderle, otros critican aún más a quienes le defienden y así.

Dinero y poder

El resultado es un debate intenso en redes que a uno le recuerda a esa España franquista en la que las actitudes, las formas de vestir, el comportamiento en la iglesia y las cosas que se decían en el bar servían para que todo el pueblo se entretuviera mientras las fuerzas vivas controlaban la vida política y económica. Estas discusiones, que se quedan en las redes, y que a veces van más allá cuando los periodistas se sienten concernidos, tienen una utilidad similar. Sin ir más lejos, el domingo pasado, mientras comentábamos el artículo de Marías, pasaban cosas. Por ejemplo, Italia rescató a sus bancos. O, por decirlo de otra manera, el mayor banco de Italia se quedó con los activos buenos de dos entidades, mientras de los malos se hizo cargo el erario público. Suena bien, ¿no? Le quitan el negocio a otro, te lo dan a ti y te quedas con la parte buena mientras el Estado corre con los gastos de la parte mala. Resulta familiar, porque ha pasado aquí, y de hecho estamos pagando la factura ampliamente. También nos enterábamos, a raíz de una pelea entre miembros del servicio de inteligencia español, de unas cuantas cosas acerca de quiénes y cómo mueven los hilos. De esto va nuestro sistema, de dinero y poder, y en este terreno se mueve lo real.

Si se quiere rebatir a Marías, estupendo; lo que no me parece tan adecuado es llamar lucha política a este cotilleo cultural

Por supuesto, cualquiera puede hablar de lo que le apetezca y si lo que te pone es trolear a Marías, pues estupendo. Lo que no me parece tan adecuado es llamar a este cotilleo cultural lucha política. Es un pasatiempo que sirve para desfogarse pero que deja las cosas como están, especialmente porque nos aprisiona en el marco esperado (ese que no toca los asuntos esenciales del sistema), y porque tampoco genera muchas simpatías fuera de las redes. Sinceramente, las principales preocupaciones de los españoles no tienen mucho que ver con las opiniones de Marías sobre Gloria Fuertes. Y en cuanto a la repercusión política, pues qué decir: no sé hasta qué punto las fuerzas emergentes en Occidente han ganado votantes con los toros, las bicis, el tabaquismo, el running y los micromachismos, pero juraría que esa no ha sido su principal apuesta. En fin, esperaremos qué dice Marías el domingo que viene a ver de qué discutimos.

Tribuna

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