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El Confidencial

Eduardo Mendoza, el hombre que dejó de escribir bien para vivir mejor

El autor de 'La verdad sobre el caso Savolta' ha dado al último tramo de su trayectoria un marcado acento humorístico, lejos de la trascendencia de los grandes temas

Eduardo Mendoza, el hombre que dejó de escribir bien para vivir mejor
30.11.201616:58 H.

Una ley no escrita dice que, en cualquier artículo sobre el premio Cervantes, hay que citar esa ley no escrita según la cual el galardón recae un año en un autor de América Latina y otro en un autor español. Para ser una ley no escrita, su propósito se cumple con un rigor admirable, muy superior al de muchas leyes pétreamente talladas.

Pero en el premio Cervantes hay más de una ley no escrita. Al menos hay una segunda legislación tácita; y dice así: no premiar mujeres.

Sonaban nombres para el premio de este año (Muñoz Molina, Savater... los de siempre, en fin), y ninguno era de mujer. Puestos a la alternancia mecánica del premiar, ¿por qué no premiar un año a un hombre y otro a una mujer? ¿En qué mejora el mundo el hecho de reconocer hoy a un español y mañana a un mexicano? Y más: ¿acaso España vale tanto literariamente como toda América Latina junta?

Mendoza

Uno de los de siempre era Eduardo Mendoza. Y para él ha ido la visita guiada por la Universidad de Alcalá de Henares la próxima primavera; y los 125.000 euros.

Lo bueno de este autor es que todos hemos leído al menos un libro suyo, ya sea 'La verdad sobre el caso Savolta' (incomprensiblemente retitulada hace años como 'Los soldados de Cataluña') en el Bachillerato, ya sea 'Sin noticias de Gurb' en la universidad. Noten por favor el nivel de nuestra universidad, ya solo recordando qué leíamos allí de Mendoza.

Mendoza es responsable de una las frases más decentes que le habré oído nunca a un escritor: "Yo ya sé que no voy a cambiar la historia de la literatura"

Eduardo Mendoza es un catalán londinense, un elegante congénito; educado, bonachón, fiel a su bigote y responsable de una las frases más decentes que le habré oído nunca a un escritor: "Yo ya sé que no voy a cambiar la historia de la literatura".

La pronunció hace algunos años en una entrevista, y venía a dar la razón —interpreto— a aquel concepto que acuñara Cyril Connolly en los años cuarenta del siglo XX: la menopausia del escritor. Era aquello que un autor podía empezar con grandes ambiciones, con la aspiración atolondrada de hacerle sombra al mismísimo Shakespeare, pero que siempre llegaba un momento en el que tenía que reconocer que su talento no daba para más.

Mendoza empezó tan fuerte como puede uno aún comprobar releyendo 'La verdad sobre el caso Savolta' (me niego a deponer este título precioso en favor de uno tan mílite y confundidor como 'Los soldados de Cataluña'), especie de 'Ciudadano Kane' condal, escrito además en un español deslumbrante. La novela dio comienzo tanto a la llamada Nueva Narrativa —recuperar al lector después del delirio experimental de los años sesenta— como a una suerte de literaturización épica de Barcelona, quizá la ciudad mejor escrita de nuestro país (Marsé, más doméstico; Casavella, en la línea de Mendonza, después).

Pero, sospechando Mendoza que en España de escribir bien se vive muy mal, empezó también enseguida a ganar dinero con sus ficciones

Pero, sospechando Mendoza que en España de escribir bien se vive muy mal, empezó también enseguida a ganar dinero con sus ficciones. Tres años después de 'La verdad sobre el caso Savolta', presentó 'El misterio de la cripta embrujada': una —digamos— chorrada. Pero una chorrada que casi era lo más original que se le ocurrió a nadie hacer en aquel momento: parodiar la novela negra hasta convertirla en vehículo de sátira social. Son innumerables los autores que luego le copiaron la fórmula (recordemos el éxito de 'Lo mejor que le puede pasar a un cruasán', de Pablo Tusset), pero sigue habiendo uno que le ha imitado con especial descaro: el propio Eduardo Mendoza.

'El laberinto de las aceitunas', 'La aventura del tocador de señoras', 'El enredo de...', 'El secreto de...', nuestro autor casi ha agotado ya para los títulos de sus burlas todo el diccionario de clichés de la literatura de quiosco. Es más, en el siglo XXI no ha hecho otra cosa que novela de humor, sea por entregas ('El último trayecto de Horacio Dos'), sea por el premio Planeta ('Riña de gatos').

Tampoco le han dado el Cervantes por apuntar alto con 'La verdad sobre el caso Savolta' e ir cayendo con dignidad en esa humorada de hoy, un poco rutinaria

Yo le leí hasta 'El enredo de la bolsa y la vida', que no es poco leerle, un divertidísimo sainete sobre secuestros de alcance europeo desactivados por una banda de 'frikis' que se confabulaban en un restaurante llamado Se vende perro. Lo pasé en grande.

Es obvio que a Mendoza no le han dado el Cervantes por la ocurrencia de Se vende perro, ni por ser generalmente muy divertido; pero creo que tampoco se lo han dado por apuntar alto con 'La verdad sobre el caso Savolta' e ir cayendo con dignidad en esa humorada de hoy, un poco rutinaria. Se lo han dado porque ya le tocaba.

El que resiste gana, repiten algunos; yo creo que el que tiene que ganar gana, que es muy distinto.