Un hospital literario para enfermedades contagiosas

Repaso a las obras de Recaredo Veredas, 'Actos imperdonables'; Joseph Roth, 'El anticristo'; y Luisgé Martín, 'Todos los crímenes se cometen por amor'

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La enfermedad en la literatura es a menudo la punta del iceberg de una pudrición íntima, de una miseria moral, que aflora para hacerse llaga en el cuerpo, tos, erupción cutánea o tuberculosis aniquiladora. Los lectores reconocemos la evolución de la dolencia en las propias carnes del mismo modo que el hipocondríaco cuando comprueba cómo sus síntomas coinciden con los de una enfermedad mortal. La angustia se reconcentra dentro de nuestros corazones y padecemos el miedo en silencio. Como las hemorroides en los anuncios: en la vida no catódica, a veces, la almorrana puede ser tema de conversación.

Laico o etílicamente confesional

En los buenos libros cada retortijón moral expresa la relación causa-efecto que une al individuo con su comunidad: lo psicológico con lo sociológico. La historia con la Historia. A diferente escala eso sucede con las recomendaciones de hoy: Actos imperdonables de Recaredo Veredas en la colección de Narrativa de Bartleby; El anticristo de Joseph Roth, con prólogo de Ignacio Vidal-Folch y traducción de José Luis Gil Aristu, en Polifonías de Capitán Swing; y Todos los crímenes se cometen por amor de Luisgé Martín en Salto de Página.

Cuando escribo “a diferente escala”, me refiero al hecho de que Veredas y Martín trabajan la materia moral desde la óptica del relato: las acciones –imperdonables o no- de sus personajes funcionan como micro-reflejo de la complejidad del mundo. Por su parte, Roth adopta el tono del predicador, habla en voz alta y con grandes palabras, traza un espacio de horrores. Al lector sólo le queda reconocer –no necesariamente asumir- en su vivencia o en su interpretación de la Historia contemporánea, los temores de Roth, sus vaticinios y diagnósticos. Otra gran diferencia es que las voces de Actos imperdonables y de Todos los crímenes se comenten por amor son laicas, aunque hablen de pecados, mientras que la de Joseph Roth es etílicamente confesional.

Actos imperdonables

'Actos Imperdonables', de Recaredo Veredas (Narrativa Bartleby)
'Actos Imperdonables', de Recaredo Veredas (Narrativa Bartleby)
Estos relatos son un ejemplo de literatura morbosa en el sentido estricto de la palabra: enfermedad, regodeo en los síntomas, dolores, tratamientos, muerte. Los cuentos abordan vínculos familiares, amistosos y laborales, diferencias de clase que resultan tremebundas en El regreso de los dinosaurios: el dolor de un moribundo sirve para mercadear y la carne de nuestra carne constituye un valor de cambio. En Sabor a ternera, quizá el relato más tremendista, el canibalismo es metonimia de la diferencia social –peces grandes que se comen a peces pequeños-… El problema surge cuando el canibalismo deja de funcionar como figura retórica y se hace literal en el plano de una realidad grotesca. Lo grotesco y lo patético son dos adjetivos que le sientan bien a los relatos de Veredas.

La figura del advenedizo también es representativa en esta lectura inmisericorde – escribir es una de las mil formas de leer- de una realidad patológicamente jerarquizada, cuya violencia se manifiesta en todo tipo de enfermedades del espíritu. Culpa, mezquindad, amor insuficiente, envidia, pereza, falta de talento u orfandad se somatizan hasta materializarse en ese cáncer que acabará matándonos a todos. En La maldición la mala conciencia actúa como una de esas enfermedades auto-inmunes que va destrozándonos desde el interior del cuerpo. Nos rebelamos contra nosotros mismos hasta aniquilarnos tal vez porque habitamos un mundo competitivo y hostil –en guerra como en La temperatura de la luz- que nos empuja al padecimiento y la muerte prematura. La muerte en vida. En este sentido, Veredas ambienta muchas de sus narraciones en el contexto profesional de jueces y abogados: la competitividad y el límite corredizo entre el bien y el mal, entre las buenas acciones y los actos imperdonables, como el nudo de la soga del ahorcado, crean una atmósfera malsana.

Alumbrar la mueca

Merecen una mención especial tres cuentos: en El apaño el miedo a la enfermedad conduce a un hombre a someterse a un trasplante de hígado que no necesita. La recta intención habla, con intensidad y desnudez, del incómodo asunto de la eutanasia y quizá también de esos pájaros que no son capaces de sobrevivir a la muerte de la pareja. Es obligado recordar que el título de este relato coincide con el de esa colección de nouvelles con que Andrés Barba se dio a conocer: en ellas, la reminiscencia religiosa del título adquiere su auténtico significado en contacto con la reflexión sobre la corporeidad. Recuerdo aún con estremecimiento las mortificaciones de la muchacha anoréxica que protagonizaba Debilitamiento. La precisión de la punzada. Por último, me ha gustado mucho La mujer en la isla, relato poético y onírico pero no cursi, sobre la muerte de un anciano en su cama del asilo.

Recaredo Veredas retrata seres despreciables y a la vez dignos de piedad. Seres atenazados por el miedo. Nos alumbra en esos momentos en los que somos pasto de la hipocondría o acabamos de recibir un diagnóstico después del que no queda esperanza. Alumbra la mueca. Las poses menos favorecidas. El rostro demacrado de una dama sin maquillar.

Joseph Roth estaba loco

'El Anticristo', de Joseph Roth (Capitán Swing)
'El Anticristo', de Joseph Roth (Capitán Swing)
Joseph Roth estaba loco. Ésa es mi primera impresión después de haber leído El Anticristo. La sensorialidad de Roth es la de un enfermo de epilepsia poseído por el aura. El clima de paranoia impregna cada página y cada página es una imprecación. Roth nos advierte de la llegada del Anticristo con ese rigor fanático y esa coherencia indestructible de los locos. Con la lógica blindada del delirio perfecto. Roth dice que estamos rodeados. Porque el Anticristo se manifiesta en la tierra roja de la URSS, pero también en el país de los rascacielos: en ese paisaje de pozos petrolíferos que me ha recordado Oil! de Upton Sinclair y la cara de loco de Daniel Day Lewis en la adaptación cinematográfica de Paul Thomas Anderson titulada en España Pozos de ambición. La crítica al dinero, al oro y las monedas, a la deshumanización como efecto del capitalismo remite al universo conceptual de Ezra Pound (también Capitán Swing publicó no hace mucho su curiosísima Guía de la kultura) y a una de las novelas más salvajes que pueden leerse sobre esta cuestión: A cool million: Desmontando a Lemuel Pitkin de Nathanael West. Lemuel va perdiendo trozos de su cuerpo con cada una de sus tentativas de supervivencia en el país de las oportunidades. Gallo Nero publicó este libro de comicidad agria, dolorosa.

El Anticristo habita en Hollywood

El Anticristo también se manifiesta en la cruz gamada. Y en Hollywood que es el imperio de las sombras y la muerte. Se manifiesta en la rabia de los antisemitas y en el seno del judaísmo. Entre los justos y los injustos. Entre los patriotas y los nacionalistas. Entre los ateos y  entre los que toman el nombre de Dios en vano. Se manifiesta en tantos lugares y con tantos rostros que es como si un Roth, víctima del delirium tremens, se sintiese rodeado por esas cucarachas nocturnas que trepan a la cama y recorren las sábanas. El estilo de Roth resulta de la síntesis del cielo y del suelo, de la mezcla de la reflexión iluminada y el detalle prosaico. Como cuando describe la condición de los “extras”, sombras de las sombras, y se detiene en la circunstancia de que los extras son pobres que no tienen donde pernoctar.

Anticipaciones

El diagnóstico de Joseph Roth, uno de los escritores centroeuropeos más relevantes de la primera mitad del siglo XX, es aterrador. Pero lo más aterrador es que el autor de La leyenda del santo bebedor –adaptada al cine en 1988 por Ermanno Olmi con Rutger Hauer como protagonista- y de La marcha Radetzky, el Roth iluminado, tenía algo de razón. Ciertas premoniciones suyas se cumplieron: la mujer del escritor fue víctima de la “eutanasia” que los nazis llevaron a cabo con los enfermos mentales. Fue lúcido en su denuncia de la violencia y de la muerte como espectáculo. De la soledad en el mundo de las telecomunicaciones: a él le asustaban las mentiras que pueden decirse por teléfono al no ver la cara del interlocutor. Imagínense si hubiera llegado a convivir con los hikikomori.

Roth practica un humanismo irracionalista a través de un modo híbrido del ensayo en el que se combinan el registro del sermón, la subjetividad autobiográfica, cartas, relatos y parábolas. Como la de las campanas que sirvieron para hacer cañones que volvieron a ser campanas.

La imaginación calenturienta

'Todos los crímenes se cometen por amor', de Luisgé Martín (Salto de Página)
'Todos los crímenes se cometen por amor', de Luisgé Martín (Salto de Página)
Dos –o tres- atributos definen a Luisgé Martín como cuentista: su imaginación calenturienta; su conocimiento de las fuentes, del origen aleccionador del apólogo; y su capacidad para escribir sus relatos con palabras como venérea, salacidad, coligió o desafueros. Sin despeinarse. Y sin que el lector las sienta como retórica atirantada. La prosa de Martín es limpia y precisa, y tiene un tono que a veces es vintage, sensual, cruelmente cómico... Esto es especialmente significativo en algunos de los relatos que componen Todos los crímenes se cometen por amor. Les aconsejo que no pierdan de vista la eficacia de los cierres de estas historias que Martín ha ido recopilando a partir de 2002, fecha en la que publicó El alma del erizo (Alfaguara).

Desde sus orígenes como cuentista (Los oscuros, Alfaguara, 1990) y también en novelas sobresalientes como La mujer de sombra (Anagrama, 2012) Martín ha recorrido el territorio, sórdido y vulgar, de la naturaleza humana: el contraste entre instinto y civilización, la educación, la culpa, la venganza, el tabú, las pasiones prohibidas, lo lábil del significado de la palabra enfermedad aplicada a las conductas eróticas y a casi todas las conductas, la saciedad y las represiones, lo cruel o esos delicados hilos de las casualidades encadenadas y los efectos mariposa que a veces pesan como piedra de granito. Aunque, como el autor relata en Los dientes del azar, siempre estamos a tiempo de restarles gravedad y peso a los azares de la vida. De desviar cauces. Ese sentido de responsabilidad profunda entre la aparente levedad de los relatos, ese oponer nuestra arcangélica imagen contra nuestros Mr.Hyde al otro lado del azogue, es el leitmotiv que recorre una parte fundamental de este proyecto literario.

La prosa de Martin, a ratos suena a Bach, pero encierra a Rachmaninov. La palabra justa encauza un privilegiado instinto fabulador donde los lectores reconocemos el eco de los grandes cuentistas latinoamericanos -Borges y Cortázar sobre todo-, pero también la inteligencia de Hans Christian Andersen, la instructiva imaginación de Las mil y una noches, la procacidad de los libertinos dieciochescos, El conde Lucanor, el Libro del Buen amor y las fantasías futuristas de un H.G. Wells: para mí ha sido especialmente placentera la lectura de “El libertino invisible”. Pero no puedo dejar de mencionar el eficaz melodrama de Que calle para siempre y la locura del burdel ferroviario, protagonizado por la puta Doris Velasco, en Los años más felices. Me lo he pasado pipa.   

Biblioteca Pública
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