Últimas noticias de la ciudad podrida

Las novelas de Escenas de Sara Mesa, Esther García y Juan Vilá ofrecen una visión apocalíptica de las ciudades, de su gente y de sus rutinas diarias

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Ciudades que se queman lentamente, incendios que devastan la tierra desde abajo sin dejar que las llamas asomen entre sus ranuras, drogas, solitarios parques de atracciones, jardines de guillotinas, perros, pijos, muertos, deshabitadas moles arquitectónicas, el anuncio de una fiesta, cárceles, bodas de novio engominado, fosos, pozos, comadrejas que escarban en los cubos de basura, el geriátrico New Life. Pudriciones. Gente que se mira de reojo y gente que ridículamente hace footing. Escenas del apocalipsis y de las razones de la violencia. Diagnósticos del miedo, la desconfianza, la estupidez. Tres novelas: Un incendio invisible (Fundación José Manuel Lara) de Sara Mesa; Mamut (Malpaso) de Esther García Llovet; y El sí de los perros (Piel de zapa) de Juan Vilá.

Sara Mesa es una de las escritoras más prometedoras de nuestro panorama literario. Fue finalista del premio Herralde con una excéntrica novela de internado, Cuatro por cuatro (Anagrama), y ganadora del premio Málaga en 2011 con Un incendio invisible, lanovela que hoy recuperamos en Biblioteca Pública. A Mesa le gustan las parábolas, la claustrofobia, recorrer con dedo las cicatrices del territorio, las superficies pequeñas sobre las que se ejerce la mayor presión, las comunidades artificiales –internados, geriátricos-, los tubos de ensayo y los experimentos sociológicos, la literatura como campo de pruebas, la prosa urbanística.

Sara Mesa pensaba en 'El astillero' de Onetti al escribir 'Un incendio invisible': en la inutilidad de las acciones en una comunidad sin esperanzaToca la trompeta del apocalipsis sin énfasis:esa tranquilidad pone al lector los pelillos de punta. En Un incendio invisible, Mesa crea un espacio mítico, Vado, que es pasto de una corrosión reconocible:un lugar inexistente pero que podría existir aquí al lado o cruzando el océano. Me acuerdo de Detroit en el excelente documental de Malik Bendjelloul sobre el fantasmagórico cantante Sixto Rodríguez, Searching for sugar man (2012).

El futuro es absurdo

La autora crea una toponimia verosímil donde los nombres familiares se combinan con esas nomenclaturas anglosajonas que son marca del nuevo imperio. Vado es una ciudad devastada. Los coches dejan de aparcar en los centros comerciales, las viviendas se desalojan y los humanos están siendo sustituidos por una fauna de abandonados animales domésticos y criaturas salvajes: especies menos depredadoras que la de los que huyen de esa ciudad-residuo. Una ciudad que sufre una epidemia como en La peste (Edhasa) de Camus.

La construcción del espacio, sobria e intensa, es ejemplar: el lector puede ver los grandes edificios abandonados, los absurdos porteros en bloques de oficinas fantasmagóricas y también puede oler la basura que lo impregna todo. Sentimos el temor de que la falta de alimentos sea inminente. La incertidumbre de la estructura arquitectónica que tiembla se subraya con unaforma eficaz de pautar el tiempo de la narración. La piel de los personajes, su condición moral, se permeabiliza a la devastación del entorno. Parece que Vado fuese moridero, cementerio de elefantes, una de esas playas a las que acuden las ballenas para quedarse varadas y morir.

El óxido cubre el territorio y ensucia los dedos de personajes que enloquecen al mismo ritmo que una ciudad que les devuelve el reflejo amplificado del absurdo de sus vidas. La necesidad de mantener un sentido de la propia existencia a través del trabajo marca a Ariché, enfermera del geriátrico; a la de la mujer del kimono que dirige el Madison Lenox, un hotel según ella lleno de clientes, pese a que los lectores asistan a su derrumbamiento; incluso el experto en migraciones utiliza el círculo vicioso de sus importantísimas actividades laborales como mecanismo de supervivencia. Creo que la autora pensaba en El astillero de Onetti al escribir Un incendio invisible: en la inutilidad de las acciones en una comunidad sin esperanza.

La novela es una metáfora que ilumina las zonas oscuras de nuestro tiempo, un libro que no hace concesiones y cuya lectura resulta saludablemente incómoda. Los personajes son tratados con poca compasión: la Clueca, esa anciana que ve el rostro de Dios en el plato de sopa; el hombre que vive con un maniquí de plástico; los funcionarios de las absurdas oficinas que se van creando para resolver los problemas acuciantes que acarrea la putrefacción de Vado; la monitora de gimnasia de New Life; la rubia que roba maletas en el tren; Catalino Hernández, el jardinero borracho que odia mucho; y sobre todo Tejada, el hombre del labio leporino, nuevo director de New Life, que funciona como antipático foco de Un incendio invisible, un hombre que tal vez huye de algo aunque sepa que no se puede huir a ninguna parte porque en el vórtice del Apocalipsis es imposible la expiación

Entre la implacabilidad de una prosa que diseña un mundo terrible, Mesa nos ofrece el atisbo de ternura que inspiran los seres vulnerables: casi la única niña de Vado arrastra una maletita llena de basura y baja al puerto para cuidar de Tifón, un galgo moribundo. Nunca le perdonaré a Sara Mesa la inquietud que, mientras leía, me estaba generando el destino de ese perro.Un detalle más de la destreza de una narradora fuera de lo común.

Pastillas hipnóticas

Uno de los protagonistas de Mamut, la nueva novela de Esther García Llovet, se llama Junot. En este mundo posmoderno en el que todas las cosas suceden como mínimo dos veces, yo leo “Junot” y en la cabeza me nace un frankenstein, que conjuga las fisonomías del escritor Junot Díaz y de aquel Philippe Junot que sedujo a una muy joven -y tocapelotas- Carolina de Mónaco. Es lo que tiene la elección del nombre tanto en la literatura como en la carne y el hueso: la cadena de asociaciones marea.

'Mamut' habla de las cuentas y de los niños perdidos. De cómo las alucinaciones –también las culturales- interfieren en nuestro concepto de la realidadEstas cosas Esther García Llovet se las sabe muy bien. Por activa o por pasiva. El escritor Junot Díaz, según la Wikipedia, es “dominico estadounidense”, y ese territorio ecléctico, de frontera, a lo Bolaño, de toponimias y paisajes que se solapan, de sucesos que podrían ocurrir en todas partes y en ninguna, caracteriza las narraciones de esta escritora de culto. Además de Mamut, García Llovet ha publicado otros tres libros. Y los tres son raros de una rareza muy recomendable: Coda (Lengua de trapo); Submáquina (Salto de página) y Las crudas (Ediciones del viento).

García Llovet es una escritora en torno a la que pueden surgir sociedades secretas y clubes. Genera adicción quizá como las pastillas de las que toma el título este texto hipnótico. Y escribo “hipnótico” porque cuando leo a García Llovet no sé si me importa lo que pasa o lo que va a pasar y, sin embargo, me quedo prendida al primer plano de la boca de personajes. Los diálogos son económicos y cinematográficos. A mí, que soy cinéfila, me encanta ese tipo de interacción. Tan verdadera y tan falsa como la de Joanne Crawford y Sterling Hayden en Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954). Junot interroga a Martina sobre el paradero de “sus dos kilos”. Ella responde:

-Sabes que si lo hubiera visto te lo diría.

-¿Lo sé?

Martina enciende un cigarrillo con una cerilla y sonríe por primera vez.

-¿Lo sé?

-Estás muy delgado. Estás sucio.

-Tú también estás sucia.

Economía. Sequedad. Sobreentendidos. Elipsis. La prosa cinematográfica a la que se alude cuando se intenta explicar las obras de García Llovet. En esta novela, probablemente terminal, con un toque apocalíptico de fantasía futurista en la que coinciden mañana y ayer, el tiempo es tan ambiguo como esos espacios que evocan los inquietantes escenarios artificiales de las películas de Fritz Lang. O de David Lynch. O de Leo Carax en Holy Motors. Al final, creo que Mamut habla de las cuentas y de los niños perdidos. De cómo las alucinaciones –también las culturales- interfieren en nuestro concepto de la realidad. De la necesidad y la obsesión por esa interferencia. Viajar. Volar. Para irse o para quedarse pegado al suelo. Puede que Mamut hable también de la desconfianza. No importa. No sé. Decídanlo. Léanlo: es fascinante.

La violencia revolucionaria

El sí de los perros es la segunda novela de Juan Vilá. Leer su libro anterior, m, era como deslizarse a través del agujero del árbol que lleva a Alicia a su país de las pesadillas. Realidades que se superponen y teoría de supercuerdas para ofrecer un diagnóstico despiadado de nuestro presente, sus hipocresías y sus contradicciones. Individuos que no saben si están dentro o fuera. Corazones fragmentarios. Debilidad en un contexto que exigiría una fuerza y una determinación titánicas.

En El sí de los perros, Vilá tira de la misma hebra que en m. Pero lo hace aún mejor porque estiliza un imaginario que ya estaba eficazmente activo en m: el amor por los códigos metafóricos de la Física, las amantes dobles, el crimen, la realidad y la ficción. El sí de los perros se aleja de cualquier convencionalismo tanto formal como ideológico. Su estilo es su rabia y su rabia tiene la consistencia de los aguafuertes: los goyescos sueños de la razón que producen monstruos se alían con el intertexto del título (El sí de las niñas- Cátedra, Castalia, Alianza, Bruño…- del afrancesadísimo Moratín) para hacer de Vilá uno de esos escritores dieciochescos que a mí me gustan tanto.

Vilá escribe una novela sobre nuestra cobardía. Sobre nuestras renuncias ideológicas y sentimentales, y nuestra incapacidad física para ejercer una violencia que tal vez sí sea necesaria para cambiar el mundo. No sé si Vilá pasa por encima de Gandhi, pero apisona a esas mayorías silenciosas en las que se escuda el poder para cometer sus tropelías. Todo comienza con un bodorrio de pijos. También hay un agujero. Dos niños. Una instantánea inusual de la guerra civil y de la revolución francesa. Hasta ahí puedo leer.

La realidad supera la ficción y también los poemas

La realidad de la crisis supera a todas las ficciones apocalípticas y se convierte en antología de poemas editada por Bartleby con prólogo de uno de nuestros poetas mayores, Antonio Gamoneda: En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis. El valor testimonial de la palabra poética y la posibilidad de que la poesía sea un arma cargada de futuro constituyen el leitmotiv de un libro por el que desfilan Julia Uceda, Jaime Siles, Fanny Rubio, Manuel Vilas, Manuel Rico, Juan Carlos Mestre, Jorge Riechmann, Almudena Guzmán, Guadalupe Grandes, Noni Benegas, Rosana Acquaroni, Felipe Benítez Reyes o Felipe Alcaraz, que también acaba de publicar Serpentario, tercer y último volumen de su trilogía Los días de la gran crisis (Almuzara)…

Más de cien poetas unidos bajo el lema del prólogo: “España está dolorosamente sumergida en una que dicen “crisis económica”. ¿”Crisis económica”? La verdad es otra; potencialmente, existen los mismos bienes y recursos, la misma fuerza de trabajo; en resumen, la misma economía real que en tiempos que no se consideraron “críticos”. Pero la economía real ha sido falsificada, convertida en dinámica especulativa”. El autor del “Blues del amo” sabe muy bien lo que dice.

Biblioteca Pública

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