El algoritmo de Spotify o por qué no pasa nada si eres un poco conservador

Los gurús nos instan a que nos transformemos todo el rato. Nos lo repiten tanto porque saben lo difícil que es y lo poco dispuestos que estamos a reinventarnos cada poco tiempo

Foto: Rajoy y Pablo Iglesias en el Congreso (Reuters)
Rajoy y Pablo Iglesias en el Congreso (Reuters)

Si eres suscriptor de Spotify, te habrás fijado en que cada lunes la lista de reproducción 'Descubrimiento semanal' te recomienda un puñado de canciones que, a partir de lo que has estado escuchando recientemente, un algoritmo cree que te pueden gustar. En un principio, los programadores de Spotify querían que esas canciones recomendadas fueran siempre nuevas y desconocidas para el usuario. Pero se les coló un error de programación, de tal modo que también aparecían canciones viejas o escuchadas previamente.

Cuando los responsables de Spotify se dieron cuenta del error, lo solventaron para que, como pretendían, todas las recomendaciones fueran novedades. ¿Sabes qué pasó? El uso de esa función se desplomó. La gente quería que le descubrieran canciones nuevas, sí, pero quería también algunas conocidas, que no le sobresaltaran. Lo explica Derek Thompson en Hit Makers. The Science or Popularity in an Age of Distraction.

Esto es solo una anécdota -aunque los datos son claros-, pero indica de una manera simpática la rara mezcla de conservadurismo y experimentación con la que solemos manejarnos, no solo con nuestros gustos culturales, sino también en nuestras costumbres y en nuestras ideas políticas.

'El poder de los hábitos'
'El poder de los hábitos'

Un libro de hace unos años, 'El poder de los hábitos' (Urano), de Charles Duhigg, un periodista del 'New York Times', explicaba hasta qué punto nuestro cerebro agradece las costumbres fijas, las ideas con las que ya está familiarizado: señalaba que la mayoría de nosotros hace siempre las cosas de la misma forma —por ejemplo, el orden en que vamos al baño, nos lavamos los dientes y nos duchamos suele ser siempre el mismo— porque eso le ahorra a nuestro cerebro un montón de trabajo y así está libre para pensar en otras cosas. En el plano cultural y el político, probablemente, pasa lo mismo: las ideas con las que estamos muy familiarizados, porque hemos pensado y leído mucho sobre ellas, nos permiten estar cómodos y relajados, a diferencia de las que nos parecen estridentes o caprichosas porque aún no las entendemos del todo.

Cambios de opinión

Pero lo cierto es que también cambiamos de opinión muchas veces -también queremos, como en Spotify, unas cuantas canciones nuevas de vez en cuando-. Las razones por las que nuestros gustos y opiniones varían son muchas. A veces, contradecirnos va en nuestro propio interés o es una forma de protegernos: a Donald Trump no le gustaba el sistema electoral estadounidense, pero como gracias a este ganó las elecciones, ahora le parece estupendo. A veces cambiamos de opinión porque sentimos que seremos rechazados socialmente si no lo hacemos: algunos autores, músicos o políticos que estaban bien vistos en nuestro entorno social empiezan a perder prestigio; nuestros amigos o compañeros de trabajo llegan a detestarles y nos da miedo perder nuestro estatus social si no nos sumamos a esa nueva opinión; es los que los sociólogos llaman “efecto bandwagon”, y que en español podría traducirse como “subirse al carro”.

A veces, contradecirnos va en nuestro propio interés o es una forma de protegernosOtras razones pueden ser simplemente de edad y circunstancias personales: muchas veces se da por hecho que con la edad te vuelves más conservador, te interesan menos las proezas sexuales y más la apacible vida doméstica o, como explicaba una investigación que circuló bastante hace algunos años, a partir de cierta edad -la treintena- dejamos de escuchar los grandes éxitos musicales del momento y ya casi solo escuchamos los grupos que nos gustaban de jóvenes, lo cual sería coherente con el caso del algoritmo de Spotify.

Gurús de autoayuda y revolucionarios

Las dos tensiones contradictorias existen. Muchos gurús del capitalismo de autoayuda -en el mundo tecnológico, económico o hasta amoroso- nos dan la lata constantemente con la necesidad de que nos transformemos, abandonemos nuestro viejo yo para abrazar a uno nuevo mucho más molón y adoptemos el cambio permanente como modo de vida. Supongo que si nos lo repiten tanto es porque saben lo difícil que es y lo poco dispuestos que estamos a reinventarnos cada poco tiempo.

Ni siquiera los más conservadores afirman que no quieren cambiar nada (vale, Rajoy puede ser una excepción)

Pero a la vez, en política, las ideas aparentemente nuevas, que prometen un mundo radicalmente distinto, pueden ser muy atractivas, aunque por lo general ese mundo distinto ya existió y lo que nos prometen es volver a él, para bien o para mal. Ni siquiera los más conservadores afirman que no quieren cambiar nada, que quieren que todo se quede como está (vale, Rajoy puede ser una excepción).

Que todo cambie para que nada lo haga

Estar vivo pasa por una mezcla entre el asombro ante lo nuevo y el placer de sentirse en casa con lo viejo, que probablemente con la edad se va decantando por lo segundo (aunque reconozcamos lo chic que es volverte radical con cuarenta). Eso no significa que seamos conservadores en sentido político, sino que lo somos en términos personales: estamos dispuestos a aceptar que el mundo cambie, en cierto modo hasta somos partidarios de que cambie, pero no queremos que eso interfiera con nuestras costumbres más arraigadas, o con las voces, las ideas y las cosas en general que nos hacen sentir en casa. Puedo ir con gusto a una galería de arte moderno o a un restaurante de vanguardia de vez en cuando, pero sigo prefiriendo el renacimiento italiano y uno de mis mayores logros culturales desde que publiqué un libro ha sido dominar la fritura de garbanzos con chorizo de puchero. Además, todo lo que en algún momento pareció disruptivo, acaba siendo, si es bueno, aburridamente conocido y tranquilizador.

Clásicos y modernos

Venerar a los clásicos para resistirse a los cambios culturales o políticos es, al mismo tiempo, comprensible y ridículoMuchas veces, los sabios de avanzada edad recriminan a los jóvenes enfrascarse en novedades huecas y olvidarse de que el conocimiento profundo de la vida estaba ya en los clásicos, a los que creen que se ignora y ya nadie lee. Esto encierra una bonita paradoja. Si uno lee a Séneca, a Cicerón o a Marco Aurelio, el Quijote o Balzac, todos clásicos indiscutibles, lo que encuentra en sus libros es… el reconocimiento de que el mundo cambia sin parar, que las novedades son constantes y abrumadoras, que los viejos no entienden a los jóvenes y que los jóvenes desprecian un poco a los viejos y quieren fundar su propio mundo. Esa es exactamente la ley del mundo: un raro equilibrio entre lo nuevo y lo viejo.

Venerar a los clásicos para resistirse a los cambios culturales o políticos es, al mismo tiempo, comprensible y ridículo. La única constante del mundo es que este cambia continuamente y que es un poco absurdo resistirte a esos cambios. Quizá lo más sensato sea asumir que lo nuevo no puede no llegar y trabajar un poco porque esa novedad no destruya del todo el mundo que consideras bueno o, al menos, el que consideras tuyo.

Viva la contradicción

Hace décadas, el sociólogo estadounidense Daniel Bell se definió ideológicamente como “liberal en política, socialista en economía (eso equivalía, en esa época, a socialdemócrata) y conservador en cultura”. Para las etiquetas que hoy son dominantes, puede parecer una definición muy rara, quizá incluso contradictoria. Lo fue para mí durante mucho tiempo: ¿cómo demonios uno iba a tener predisposiciones ideológicas tan dispares, que aunaban la querencia por el progreso y la libertad, con una limitación de los riesgos económicos y, al mismo tiempo, una cierta conciencia de que te gustaban muchas cosas que pertenecen al pasado, o simplemente a tu pasado? Hoy no se me ocurre una definición que me describa mejor. Quizá a cualquier algoritmo le resultaría fácil descubrirlo.

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