Carta a los neosacerdotes: por qué no somos quién para darles lecciones a los demás

A vueltas con el liberallismo y la tolerancia en las sociedades abiertas

Foto: John Stuart Mill
John Stuart Mill

Por alguna razón extraña, la palabra “liberalismo” suele asociarse en España a una ideología de carácter económico basada en la noción de que la actividad del sector privado es más eficiente que la del sector público. Eso es, como mínimo, una descripción muy parcial. El liberalismo, al menos como lo entiendo yo, tiene que ver, además de con ideas económicas o de ordenamiento político, con una determinada concepción de la vida, que puede que tenga sus raíces en filosofías muy profundas o simplemente en un rasgo del carácter de las personas. Seguramente es una mezcla. Intentaré explicarlo para acabar hablando de nuestro clima cultural.

Para un liberal (insisto, tal como lo entiendo yo, no pretendo ser restrictivo con el significado de esta palabra tan discutida), hay un hecho ineludible: las sociedades son plurales. En todo grupo humano -y más si es democrático y relativamente rico- hay muchas opiniones políticas, intereses contrapuestos y formas de vida y concepciones de la existencia dispares. A casi todos, liberales o no, nos parece mal que se encarcele o mate a la gente cuyas conductas nos molestan, por lo que tenemos que encontrar la manera de convivir juntos y, si no solventar nuestras discrepancias, al menos ordenarlas y encapsularlas para que nuestra convivencia sea más o menos aceptable. Quien mejor ha explicado esto es Isaiah Berlin, quizá el mayor defensor del pluralismo liberal; el mes que viene, Página Indómita publicará una selección de su obra con el título de “El poder de las ideas. Ensayos escogidos”.

A casi todos, liberales o no, nos parece mal que se encarcele o mate a la gente cuyas conductas nos molestanEso no es una forma de relativismo, puesto que no todas las opciones son válidas, y tampoco es una forma de pasividad: naturalmente, debemos luchar, en la medida en que tengamos ganas de hacerlo, para propagar las ideas que nos parecen correctas y tratar de convencer a los demás de ellas. Pero sí es la asunción de una especie de condena: que el mundo nunca será exactamente como nosotros querríamos que fuera porque hay gente que legítimamente tiene otras visiones de él, que si no son delictivas, tienen el mismo derecho a existir que las nuestras. Estamos condenados a pactar o, incluso, a mostrar una cierta indiferencia hacia las opiniones de los demás si no queremos que la vida sea un infierno.

A partir de aquí, por supuesto, lo difícil es definir qué debería ser delictivo y qué no. Pero cuando se trata de libertad de expresión, de cultura o de formas de vida que no dañan a los demás, que es de lo que quiero hablarles más abajo, es mejor que haya una libertad que pueda ser percibida como excesiva que una que sea demasiado restrictiva, aunque nunca encontraremos el punto exacto que satisfaga a todos (por las razones antes mencionadas).

En la vida real, esto es más caótico que en la teoría. El debate político y cultural, aún en sociedades más o menos liberales, siempre es muy bronco, y además hay un hecho ineludible: si asumimos el pluralismo, debemos aceptar que este debe desarrollarse con igualdad de condiciones entre todas las posturas. Por eso, para algunos liberales es una función más del Estado la lucha contra la pobreza, la desigualdad y la marginación de las minorías: es decir, que corrija el hecho innegable de que algunos nacemos en situaciones de privilegio respecto a otros.

Es mejor que haya una libertad que pueda ser percibida como excesiva que una que sea demasiado restrictivaEn este sentido, los críticos del liberalismo dirán que este tiene un carácter un poco ficticio. Y tienen razón, porque todas las ideas acerca de cómo debería ser la vida tienen elementos arbitrarios, o por lo menos subjetivos. Pero por resumirlo: intentemos que la igualdad de oportunidades sea lo más real posible (y recaudemos impuestos y gastémoslos para lograrlo), y después, dejemos la mayor libertad posible para que la gente viva su vida.


Esta es la norma en los países desarrollados, aunque en el plano económico no ha funcionado todo lo bien que debería, y en el día a día es un remedio solo tolerable, pero en todo caso el mejor que se nos ha ocurrido. Sin embargo, en las cuestiones de opinión política, forma de vida y preferencias culturales, algo está yendo mal.

Tolerancia y neorreligión

Nuestra sociedad es, en cierta medida, muy tolerante. Incluso muchos conservadores han aceptado cuestiones como el ateísmo, la homosexualidad o el cosmopolitismo, no porque les gusten, sino porque han asumido que son un fruto ineludible de la pluralidad y que luchar contra ellos sería una pérdida de tiempo contraproducente.

Pero, al mismo tiempo, vivimos una época neorreligiosa, en el sentido de que estamos asumiendo que todos tenemos derecho a meternos en la vida de los demás y decirles cómo deberían vivir, qué es lo correcto o por qué no ese están comportando como debieran: es decir, que los demás tienen derecho a corregirnos aunque no les dañemos. Esto es especialmente cierto en cuestiones culturales en un sentido amplio (algo han tenido que ver internet y las redes sociales): últimamente, los periódicos y las conversaciones públicas nos explican de manera constante qué debemos comer, qué no, cómo y cuántas veces al día. O que nos indiquen cómo debe ser nuestra vida sexual: cuánto y qué está bien y qué es un error garrafal. O dictaminan qué preferencias culturales -qué libros, qué música o qué películas- nos benefician y cuáles nos hacen daño, a nosotros y de rebote a los demás.

Incluso muchos conservadores han aceptado cuestiones como el ateísmo, la homosexualidad o el cosmopolitismoSi decía antes que el liberalismo se basa en la pluralidad y la igualdad, también se basa en el acceso igualitario a la información. Todo el mundo debería ser capaz de acceder a la información que le permita escoger libremente, y con igualdad de condiciones, cómo desea vivir (y con ello, por supuesto, qué come, qué ropa se pone, cómo folla o qué consume en sus ratos de ocio). Los medios de comunicación, el gobierno, la industria editorial o la Wikipedia deberían servir para ayudarles (ayudarnos) a ello. No es fácil, y de hecho no lo hemos conseguido. Las redes sociales difícilmente lo harán, como explica el reciente libro de Eli Pariser “Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos” (Taurus).

Pero ahora, esta función necesariamente compleja y contradictoria es muchas veces un mecanismo según el cual los neosacerdotes -algunos a la derecha del liberalismo, otros a su izquierda- meten la cabeza por la puerta de tu casa y te dicen que lo haces todo mal y que debes reconvertirte. No es ya que consideren que los libros que te gustan son malos, que la música que escuchas te pudre el cerebro o que beber zumo de naranja conduce a la obesidad. Eso puede ser la base de una conversación sana y no tiene nada de malo. Sino que te reconvienen con un dedo índice amenazador por no ser todo lo bueno que ellos creen que deberías ser. Y cómo eres un poco antisocial por hacerlo así.

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Por supuesto, esto es fruto de no entender el pluralismo (o de no creer en él). Es decir, que salvados algunos límites -el código penal y una forma general de ética de difícil fijación-, no somos quién para darles lecciones a los demás. John Stuart Mill, el padre de esta forma de entender el liberalismo (les recomiendo mucho su 'Sobre la libertad', en Acantilado), afirmaba que el estado y la sociedad no pueden meterse en las decisiones personales que no afectan a los demás: uno debe poder hacerse daño a sí mismo si así lo decide y cuenta con información para tomar esa decisión. (Aunque es cierto que hay excepciones y zonas grises: yo, por ejemplo, me alegro de que se prohíba que un adulto se venda como esclavo a otro, aunque lo haga libremente, y me parece bien que el estado nos obligue a ponernos el cinturón en el coche. Es una contradicción.)

Pero sea como sea, la dinámica cultural actual va en un sentido restrictivo. No es el debate informado que a veces se idealiza en el Ágora griega o los cafés ilustrados. Seguramente nunca fue, ni mucho menos, ideal. Pero la crítica cultural, imprescindible en democracia, está adoptando una vez más la forma de una teología light con la que podemos y debemos aleccionar a los demás cuando sus decisiones particulares no cuadran con lo que los neosacerdotes consideran la moralidad pública deseable. Quizá eso no acabe con la democracia liberal. Pero sin duda está haciendo que el debate que constituye su esencia sea una lata, en la que la práctica división entre lo privado y lo público queda en nada. Cuando todo es político, nada es político. Y, al final, quienes ganan las conversaciones no son los más expertos -en educación, en alimentación, en sexo, en gustos literarios o en cualquier otra expresión de una concepción cultural determinada- ni los que quieren una discusión franca, sino quienes tienen más tiempo disponible para dar la tabarra.

El erizo y el zorro

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