La Francia negra de Le Pen no es un invento: el país que inventó la derecha moderna

La derrota de Le Pen en las elecciones presidenciales francesas fue un gran alivio para muchos. Pero la sorpresa ante la mera existencia del Frente Nacional

Foto: Cartel de Le Pen. (Reuters)
Cartel de Le Pen. (Reuters)

La derrota de Le Pen en las elecciones presidenciales francesas fue un gran alivio para muchos. Pero la sorpresa ante la mera existencia del Frente Nacional y su fuerte tirón entre jóvenes, obreros e intelectuales es difícilmente comprensible. Las causas de que un 35 por ciento de los franceses votara por esa opción, por supuesto, son muy complejas, y la crisis ha influido en el resultado. Pero las ideas de Le Pen han estado presentes en Francia, de formas distintas, desde la Revolución Francesa y, en su expresión moderna, desde principios del siglo XX. Y nunca han andado muy lejos del poder.

Si en España no somos muy conscientes de esta tradición es, en parte, porque fue la generación de nuestros padres quien nos contó qué era y qué representaba Francia. Para ellos, que vivían en la asfixiante dictadura franquista, Francia era sin duda un espacio de libertad. En los tiempos de su juventud, los años sesenta, había razones más que sobradas para creer que era una especie de paraíso progresista: los jóvenes divertidos y radicales se rebelaban contra los viejos aburridos y autoritarios, la literatura y el cine mostraban un vanguardismo y una sofisticación difíciles de reproducir aquí y, además, el sexo era un asunto mucho mejor resuelto: no solo porque allí uno pudiera ver porno, sino porque la seducción, el cuerpo y el placer eran cosas que discutían hasta los filósofos más serios y que de alguna forma parecían llegar a las actitudes reales. Francia era sexy como una canción de Gainsboroug, como un fotograma con Brigitte Bardot y como un libro de Sartre conseguido de estranjis en una librería española.

Esto, sin embargo, era solo una parte de la historia. Es indudable que esa Francia existía y era real -y en muchos sentidos mayoritaria-, pero también estaba la otra, la que nuestros padres no vieron o no nos contaron.

De Chateaubriand a Maurras

En Francia se inventó el reaccionarismo: fue un movimiento cultural aristocrático y contrario a toda forma de progreso que nació inmediatamente después de la Revolución Francesa. Su mejor expresión quizá sean el 'El genio del cristianismo' y las 'Memorias de ultratumba', de Chateaubriand. Pero por no irnos tan lejos, quedémonos con Maurras.

Maurras era un excéntrico peligroso, pero su posición política no fue marginal en la primera mitad del siglo XX

Charles Maurras fue uno de los grandes escritores de su época (nació en 1868) y se le recuerda por fundar el reaccionarismo moderno (con toques de tradicionalismo autoritario). Él consideraba que había dos Francias, como recordaba hace unos días el periodista Simon Kuper en el Financial Times. Una era la Francia real, que era rural y en la que la gente estaba arraigada a la tierra, y la otra era simplemente la Francia legal, que era urbana y estaba dirigida por unas élites internacionalistas y liberales. Consideraba a los judíos una amenaza contra la Francia real y, en 1940, “celebró la expulsión de esa ‘Francia legal’ por el gobierno de Vichy, apoyado por los nazis, con su eslogan tradicionalista de ‘trabajo, familia, patria’”. Maurras era un excéntrico peligroso, pero su posición política no fue marginal en la primera mitad del siglo XX.

Charles Maurras
Charles Maurras

Francia fue invadida por los nazis y, efectivamente, tuvo un gobierno colaboracionista con ellos. Ser invadido es una desgracia y aunque esa colaboración fuera una deshonra, quizá no haya que juzgar a la gente por sus actos en un momento de derrota. Pero lo que sí es cierto es que la resistencia contra el nazismo fue mucho menor de lo que el mito posterior quiso mostrar. De hecho, ese mito de que los civiles franceses presentaron una resistencia heroica, que fue reconocido y promovido por el general De Gaulle -este sí un verdadero héroe de la resistencia-, estaba destinado a cohesionar a un país con la moral, la autoestima y la economía hundidas después de ser salvado por los aliados, y no a honrar la verdad.

Después, claro, estuvo la guerra de Argelia, iniciada en la segunda mitad de los años cincuenta. En esa época, la gestión de la descolonización fue difícil para todos los países europeos, pero Francia actuó con una torpeza y una crueldad asombrosas (igualmente asombroso era el grado de violencia de quien se le oponía). Hasta que De Gaulle volvió a la presidencia en 1958 y acabó, aunque de una manera poco admirable, con esa vergonzosa guerra. (El éxito de Jean-Marie Le Pen al frente del Frente Nacional a partir de 1972 fue debido en parte al resentimiento de algunos excombatientes y colonos franceses en Algeria, que se sintieron traicionados por el fin de la guerra. Hace unos días, un diplomático francés me contó que, en estas elecciones, el voto de los residentes franceses en España fue mayoritariamente para Macron, excepto en el Levante, donde viven muchos franceses que llegaron en los sesenta tras salir de Argelia; allí, el voto por Marie Le Pen fue mayoritario.)

Católicos rocosos y elitismo

De Gaulle, presidente de Francia durante las revueltas de 1968, era un hombre muy autoritario. Aunque parezca mentira, había nacido en el siglo XIX, y conservaba la dureza y el autoritarismo de un militar de su edad. Era un nacionalista, estaba obsesionado con recuperar la grandeur francesa y detestaba a los anglosajones con todas sus fuerzas. Sin duda, fue un demócrata, y quizá hasta un buen gobernante. Su idea de Francia conectaba sin duda con la modernización europeísta, pero no era del todo ajena al pensamiento de Maurras.

En los casi sesenta años de la Quinta República Francesa, Francia solo ha tenido presidentes de izquierda durante dieciocho años

En los casi sesenta años transcurrido desde que De Gaulle fundó la Quinta República Francesa, el sistema político actual, Francia solo ha tenido presidentes de izquierda durante dieciocho años. Su modelo ha sido admirablemente democrático, laico y culturalmente progresista, pero con frecuencia desde fuera no hemos querido o sabido ver la rocosidad de sus católicos (su resistencia al matrimonio homosexual aprobado por Hollande fue más intensa que la de los católicos españoles bajo el gobierno de Zapatero), el increíble elitismo de su administración y la riqueza capitalista concentrada en las manos de unas familias casi aristocráticas, por no hablar de esta latente tradición autoritaria. Como decía, Jean-Marie Le Pen fue una fuerza central en la política francesa durante más de treina años, y también pasó a la segunda vuelta de unas presidenciales en 2002, cuando no había crisis económica, el euro no había provocado todavía los problemas que ahora conocemos y la socialdemocracia no estaba en una crisis como la actual.

El auge y el acercamiento al poder de Marine Le Pen este año, pues, no ha sido algo nuevo fruto solo de la crisis, sino una continuación lógica de una tradición política y cultural muy fuertemente arraigada en Francia.

De más está decir que Francia es un país maravilloso, uno de los lugares más civilizados, cultos y refinados del mundo. Todos los países tienen su historia negra, y no está un español como para presumir de su siglo XX ni hacer comparaciones orgullosas. Lo que quiero decir es que vivimos en unos marcos mentales que nos hacen pensar que lo que sucede en nuestros tiempos es solo propio de nuestros tiempos y nuestras circunstancias, cuando en realidad casi siempre tiene larguísimas conexiones con ideas y acontecimientos del pasado que decidimos dejar a un lado porque no encajan con nuestros prejuicios o simplemente ignoramos.

Los maîtres à penser españoles de la edad de nuestros padres se olvidaron de contarnos ese lado oscuro de Francia. Estaban demasiado fascinados con los grandes libros, las grandes canciones, las grandes películas y el gran sexo, que fue lo que mayoritariamente conocieron de la Francia de su juventud. Pero luego todo han sido sustos. Y hasta Brigitte Bardot se ha vuelto un poco racista.

El erizo y el zorro

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