Desconfíe de los intelectuales (aunque seguramente ya lo hace)

Dos libros de Mark Lilla analizan el auge y caída de los intelectuales de referencia

Foto: Hillary Clinton en un college de Brooklyn (Reuters)
Hillary Clinton en un college de Brooklyn (Reuters)

Es probable que el nombre de Mark Lilla no les diga mucho. Y sin embargo, muchas veces tengo la sensación de que es el intelectual que mejor entiende nuestra época, porque es el que mejor entiende el pasado. Es un pensador liberal estadounidense que da clases en la Universidad de Columbia, escribe sobre complejos asuntos de ideas políticas e historia en la muy refinada' The New York Review of Books', y muy de vez en cuando sobre la política del momento en 'The New York Times'. Ahí escribió quizá el artículo más controvertido sobre la derrota de Hillary Clinton en las últimas elecciones estadounidenses, 'El fin del progresismo identitario', una crítica a la izquierda contemporánea, que según él se ha obsesionado con cuestiones de identidad racial o sexual y se ha olvidado de problemas más generales como “la clase, la guerra, la economía y el bien común”. Era una crítica matizada, pero dura, a la izquierda pija y académica. Después de la inmensa polémica desatada por el artículo, Lilla volvió a desaparecer del debate público más enconado.

Los dos libros más importantes de Lilla, que pasado mañana reedita la editorial Debate en España, tratan asuntos que pueden parecer un poco lejanos del día a día político de la actualidad, pero que están en el centro de nuestra política y de nuestra vida intelectual de fondo.

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En el primero, 'Pensadores temerarios', Lilla repasa las biografías de un puñado de intelectuales que, a lo largo del siglo XX, se sintieron atraídos por la política y acabaron apoyando a regímenes totalitarios, fascinados por sus líderes. Y considera que esto es siempre una tentación para la gente de letras: enamorarse en exceso de figuras carismáticas, llenas de furia y sed de justicia, que prometen solventar todos los problemas del pueblo aniquilando (física o políticamente) a sus adversarios, que para ellos son una especie de no-pueblo. El intelectual, dice Lilla, siempre tiene escondido en su interior a un mesiánico, y si las circunstancias le dan pie, puede acabar poseído por él y vender su alma a la política del odio.

En el segundo libro, 'La mente naufragada', Lilla hace un retrato de los intelectuales que ven con pánico la modernidad, ese mundo complejo en el que vivimos, lleno de opiniones, intereses y formas de vida siempre en conflicto, siempre en competición. Los reaccionarios suelen creer que en algún momento del pasado la sociedad se dejó llevar por el fraude de la democracia burguesa (actualmente, diríamos que por el neoliberalismo), y que la única solución para los problemas de desarraigo y alienación que sufrimos es regresar al pasado, a un mundo más puro y menos complejo. En este mundo, todo volvería a encajar con los designios del dios o de la ideología que haya elegido el reaccionario, puesto que los hay de derechas, de izquierdas, religiosos y ateos, como muestra el retrato devastador que Lilla hace de Alain Badiou, uno de los referentes de la nueva izquierda dura. Lilla pone énfasis en que el reaccionario no es igual que el conservador: este último puede tener miedo de los cambios y recomendar prudencia, pero el primero es de todo menos prudente y quiere, ya, deshacer lo hecho, con violencia si es necesario.

Los intelectuales parecen una clase, o un oficio, particularmente tendente al narcisismoAhora, la figura del intelectual está de capa caída. Su capacidad de influencia fue mucho mayor en otros tiempos, y en bastantes casos, aunque ahora parezca mentira, eran una especie de sacerdotes laicos. Quizá esa decadencia no sea una mala noticia. En el mejor de los casos, el intelectual puede ser un ideólogo puro, honestamente empeñado en propagar las ideas que considera que conforman el bien. Sin embargo, raramente es solo eso y suele estar motivado por su ambición personal, sus odios o el profundo desconocimiento que, en realidad, tiene de aquellos que dice defender. Nadie, en ninguna profesión, es ajeno a todo eso, por supuesto, pero los intelectuales parecen una clase, o un oficio, particularmente tendente al narcisismo.

En general, no saben mucho de política en términos técnicos. Al menos en su versión más tradicional, la que dominó en el siglo XX -piensen en Ortega y Gasset, Jean-Paul Sartre o Noam Chomsky-, los intelectuales no eran economistas, ingenieros o científicos, sino gente de letras que creía que en política era más importante el liderazgo moral o dialéctico que los conocimientos específicos para desarrollar políticas determinadas. Su tarea, tal como ellos la veían, consistía en gran medida en identificar el bien y el mal, y en tratar de convencer a la gente de que siguiera su idea del bien. Además, eran maestros en la utilización de los medios de masas, que en el siglo XX incluían las novelas, el cine y el teatro, géneros que hoy influyen mucho menos.

Diría que hoy quedan un puñado de intelectuales influyentes, pero tienden a ser mayores, crecidos aún en los años sesenta o, en el caso español, durante la Transición, la gran época de los intelectuales. La verdad es que no se me ocurre ningún intelectual de mi generación. Por supuesto, hay muchos hombres y mujeres de cuarenta años listos, llenos de ideas políticas y con ganas de abrir caminos en el campo del pensamiento y en su aplicación en la política. Pero ninguno conocido entre amplias capas de la sociedad y con capacidad verdadera de formar la opinión, no digo de mayorías, sino siquiera de minorías importantes.

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Todo se ha fragmentado y hoy el papel del intelectual influyente lo desempeñan periodistas, estrellas de las redes y celebridades (y consultores y asesores políticos que prefieren no ser muy conocidos). Es una pérdida en ciertos aspectos, pero no en otros.

Los instintos totalitarios y reaccionarios que explica maravillosamente Lilla siguen existiendo y no desaparecerán jamás. Y el narcisismo intelectual seguirá siendo un peligro real. Dele a alguien el poder de escribir y hablar en público, y el riesgo de que crea que conoce las soluciones a todos los problemas del mundo estará ahí. Sigue habiendo locos peligrosos a izquierda y derecha (y también alguno en el centro) que abogan por absurdos potencialmente peligrosos.

Pero no veo a mucha gente de mi edad que escriba en periódicos, hable en radios o siquiera participe en nuevos medios más informales defendiendo posturas totalitarias y arrastrando a las masas tras de sí. Más bien, se llevan el aplauso de otros aspirantes a intelectual que pujan en la subasta de las nuevas ideas populares o buscan unas cuantas decenas de miles de seguidores en Twitter, a los que confundirán con la sociedad en general. Pero nada más. Esto no es porque no tengan ganas ni ideas, claro, sino porque las razones de los intelectuales cada vez son menos escuchadas. Para bien, como explica Lilla, y también para mal.

El erizo y el zorro

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