Cultura y capitalismo: último parte de guerra

Los ilustrados creían que la cultura liberaría a los hombres no sólo de la estupidez, sino también de las injusticias sociales

Foto: Bob Marley
Bob Marley

La cultura, al menos desde la Ilustración, ha tenido un papel aspiracional en la vida de la gente. Los ilustrados creían que si los individuos seguían sometiéndose a monarquías tiránicas, aceptando las rígidas creencias religiosas que les eran impuestas y asumiendo roles sociales subalternos y esclavistas era porque carecían del conocimiento necesario para darse cuenta de que todo eso era una gran mentira. Lo aceptaban, por decirlo con un término anacrónico, porque eran incultos. En cuanto supieran, dejarían de aceptar el sometimiento, se harían dueños de su destino y prosperarían.

El acceso a la cultura, pues, tenía algo de instrumental. No se trataba solo de admirar la belleza, conocer las creencias y los gustos de los demás o ser testimonio del ingenio de los artistas. Se trataba además de coger todo eso y utilizarlo en beneficio propio, para liberarse no solo de la estupidez -que la tradición no había considerado en sí mala porque era propia de las clases bajas, aunque era intolerable cuando se daba en las altas- sino de las injusticias sociales. Saber era una fase previa e ineludible a tomar las riendas de la propia vida.

Ramón González FérrizRamón González Férriz

Era una idea hermosa y discutible. Mucha gente culta no prospera y muchos sabios son, simplemente, malas personas y se comportan como tiranos. Pero al mismo tiempo era una idea poderosa que, como tantas otras de la Ilustración, caló. Varios siglos después de Voltaire o Diderot, en la España de la segunda mitad del siglo XX, muchas familias que acababan de incorporarse a la clase media consideraban prioritario que en casa hubiera libros, enciclopedias, diccionarios y en general acceso a la cultura para los hijos. Quizá eran cosas a las que los padres no habían tenido demasiado acceso, pero las creían imprescindibles para que los hijos se hicieran hombres y mujeres de provecho y prosperaran. Ese fue mi caso y el de la mayoría de quienes hoy me rodean, nietos de la clase baja, hijos de la clase media, que tuvimos la suerte de que nuestros padres creyeran en esa idea ilustrada -quizá sin saber que lo hacían- y nos legaran ese don.

Para la izquierda la cultura debería revolucionarse, dejar de ser un mecanismo de ascenso social y pasar a representar a las clases bajas

Es un don que ahora está en entredicho. El debate cultural de hoy en día, me parece, tiende a ser una contienda entre esta idea ilustrada -defendida tradicionalmente por la izquierda de tradición republicana- y la idea de que la cultura es en buena medida una forma de propaganda que las clases dominantes utilizan para tratar de dominar el imaginario de las clases bajas, e impedirles así una verdadera emancipación -es la tradición de una izquierda marxista-. Es decir, este último bando considera que en realidad la Ilustración no tuvo lugar, o al menos no como los ilustrados -a fin de cuentas, burgueses- han querido explicar. No es que no esté a favor de que la gente sea culta, ni mucho menos, simplemente sospecha de la cultura tal como es y cree que debería revolucionarse para dejar de ser aspiracional -es decir, ser un mecanismo de ascenso social- y pasar a representar a las clases bajas y reforzar su orgullo de pertenecer a ellas.

Cultura e ingresos

No es una postura absurda. Es probable que los gustos culturales de los individuos tengan una cierta correlación con sus ingresos o con los de sus padres. No he encontrado datos al respecto que me parezcan fiables pero intuitivamente creo que es así. Los grupos de amigos y las parejas suelen tener raíces familiares y gustos culturales semejantes y su variación ideológica suele ser pequeña. Y eso quizá pueda explicarse por los ingresos y la cultura recibida. A fin de cuentas, el mejor indicador para saber si un niño irá a la universidad es saber si sus padres tienen un título universitario. Si es así, casi no hay dudas de que llegará a cursar estudios superiores.

Es una idea inquietante. Y aunque puede que tenga un origen marxista -quizá quien mejor la sintetizó fue el sociólogo francés Pierre Bourdieu hace unas décadas, y en España la ha explicado admirablemente César Rendueles en textos como este-, las ciencias cognitivas están apuntando a que es cierta. La cultura, ese campo de la libertad en el que tradicionalmente uno aspiraba a conseguir la autonomía intelectual y un cierto prestigio social, quizá no sea más que una perpetuación de prejuicios o aspiraciones de dominación.

El hecho de que muchos de los partidarios de esta idea sean de clase media hace que su propuesta sea paternalista y menos creíble

Por supuesto, existe una continuación a este argumento. Si la cultura ha sido un elemento de propaganda del estatus quo, la cultura que ahora emana de las clases populares, y la que lo hará cuando según la lógica marxista estas alcancen irremediablemente el poder, debería ser una cultura que glorifique su ideología y la haga hegemónica. Algo parecido a esto explicó con inteligencia Íñigo Errejón en un discurso de campaña que relató Peio H. Riaño. El hecho de que muchos de los partidarios de esta idea sean de clase media y formación elitista hace que esta propuesta sea un poco paternalista y menos creíble. Los revolucionarios, de Lenin en 1917 en Rusia al 68 en Francia, Alemania o Italia, han tendido a ser de clase media y a creer que pueden hablar en nombre de la clase baja. Pero no la hace descartable.

Tampoco buena. Es tan absurdo pensar que se puede despolitizar la cultura como creer que escuchar a Bach es participar en la construcción de la hegemonía burguesa protestante, o que escuchar a Bob Marley un acto revolucionario por la libertad de los pueblos oprimidos. Aunque sea doloroso para quienes nos dedicamos a esto, si en algún momento la cultura fue tan importante como creían ilustrados y marxistas por igual, hoy lo es menos. Sobreinterpretar lo que las novelas, las obras de teatro o las películas pueden seguir haciendo por la conciencia ideológica de la clase obrera es seguramente un acto de optimismo. Y pensar que las que triunfan ahora lo hacen por una especie de consenso neoliberal es infravalorar la voracidad de la industria cultural, a la que la ideología suele importarle poco.

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