Pablo Iglesias, Valle-Inclán y los articulistas estrella: cipotudos todos

La trayectoria política de Ramón del Valle-Inclán hace peculiar que sea reivindicado por Pablo Iglesias, que al mismo tiempo aplaude un artículo que ataca a sus herederos literarios

Foto: Pablo Iglesias en el Congreso el 29 de octubre, durante la sesión de investidura de Mariano Rajoy
Pablo Iglesias en el Congreso el 29 de octubre, durante la sesión de investidura de Mariano Rajoy

La ocasión me la brinda Pablo Iglesias, que en la primera sesión del debate de investidura se acordó de un escritor. Dijo: “Hace más de cien años, Ramón María del Valle-Inclán decía (sic) que para entender la situación de crisis de nuestro país había que reflejar a los héroes clásicos en los espejos cóncavos.” Y remataba: “Hoy por desgracia no tenemos ningún Valle-Inclán y sí mucha prosa cipotuda”.

Me apetecía traer a Valle-Inclán a este espacio, y qué mejor momento que ahora, cuando se cumplen 80 años de su muerte y 150 de su nacimiento y ni siquiera lo citan bien en el Congreso de los Diputados.

No fue “hace más de cien años” cuando Valle-Inclán dijo o no dijo lo que Iglesias cree que dijo, sino hace menos; y, más que decirlo, lo escribió con la mano que le quedaba en aquel 1920 en el que 'Luces de bohemia' apareció por entregas en el semanario España.

Esperpento

Los parlamentos a que se refirió Pablo Iglesias desde la tribuna dicen en rigor lo siguiente:

MAX: Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato.

DON LATINO: ¡Estás completamente curda!

MAX: Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

De modo que Valle-Inclán, por boca de Max Estrella, no habla de la “situación de crisis de España”, sino de las características de una poética literaria, la suya, a la que denominó esperpento y que oponía visceralmente a la de los ultraístas.

Valle-Inclán no habla de la “situación de crisis de España”, sino de las características de una poética literaria, el esperpento

Aunque “poética” y “política” coqueteen con la paronomasia, no debería uno confundirlas, como trataré de explicar en este artículo. Si la política se pregunta: ¿qué principios animan mi deseo de cambiar la realidad?, la poética, más humilde, dice a su vez: ¿qué principios animan mi modo de representar la realidad?

Valle-Inclán decidió que la España de su tiempo sólo podía contarse desde la exageración, la animalización y una especie de calderilla sobrante al barroquismo. El espejo cóncavo le servía de imagen explicatoria inmediata, dado que los había en ese callejón de Madrid, el del Gato.

Valle-Inclán retratado por Alfonso
Valle-Inclán retratado por Alfonso


Política y literatura

Propongamos que cuando se cruzan las dos preguntas, y algún escritor considera que su poética (sus libros) pueden cambiar el mundo, triunfa la politización de la literatura, que es básicamente el estadio del gusto en el que vivimos hoy en España. A saber: ningún votante de Podemos lee a Juan Manuel de Prada y ningún votante del PP lee a Marta Sanz.

Estos autores no les dicen lo que ellos quieren que les digan, pues han asumido que la literatura está para darles la razón, igual que el periódico del día. Por eso mismo el periódico del día tampoco entrevista a Juan Manuel de Prada o a Marta Sanz, según el caso y quién lleve la sección de Cultura.

Hasta este punto, la cosa da bastante pena; pero sólo empieza a chirriarme cuando caigo en la cuenta de que el líder del partido más a la izquierda en el arco parlamentario está citando con visible comodidad a un hombre que ya en su tiempo era considerado de “extrema derecha”, un tipo que se declaró carlista durante toda su vida, lo que significaba afinidad total con las reivindicaciones de la iglesia, la nobleza residual y el caciquismo decimonónico.

¿Eso sí se puede hacer?, me pregunto.

Porque según cuenta Manuel Alberca en su imprescindible 'La espada y la palabra', Valle-Inclán era el perfecto señorito (“se cambiaba de traje dos veces al día”). Su familia le costeaba viajes a América y alquileres en Madrid. Los contactos que tenía en la prensa gallega hacían que fuera noticia que él llegara a la ciudad o se marchara de ella. Nunca vivió sin -como mínimo- dos criados. Se instaló en la capital definitivamente gracias a un “momio”, esto es, a un trabajo como funcionario en el que no tenía que hacer absolutamente nada, ni siquiera pisar una oficina (puestos que, obviamente, no se reservaban a cualquier hijo de vecino).

Valle-Inclán era el perfecto señorit, "se cambiaba de traje dos veces al día" y nunca vivió sin -como mínimo- dos criados

Además, la ley del divorcio que trajo la República no debió de hacerle mucha gracia, pues su esposa, bajo el consejo legal de Clara Campoamor, salió victoriosa del juicio y el escritor debió pasarle una pensión considerable. Por añadir alguna pincelada más al autor al que Pablo Iglesias echa de menos (“por desgracia hoy no tenemos ningún Valle-Inclán”), Don Ramón María afirmó en sus últimos años que “fatalmente” la dictadura “de un solo hombre” habría de llegar, lo cual era mucho mejor que “la dictadura de clase”.

Cipotudos todos

Si no lo he entendido mal, la mezcla de política y literatura sólo la desarticula la ignorancia. Si tú no sabes que un autor es de derechas, siendo tú de izquierdas (o viceversa), lo puedes leer y reivindicar. De modo que, como biografías de escritores sólo leemos los escritores, un autor es de derechas o de izquierdas mientras siga vivo; luego pasa a ser de “lo que haga falta”.

Pablo Iglesias se volvió críptico para muchos en la segunda frase que le citamos aquí, la que termina con “...mucha prosa cipotuda”. ¿Esto lo habrá leído en El Jueves o en Mongolia? Miren, voy a tener que ser yo el que se lo diga: lo ha leído en El Español.

El periódico de Pedro J. publicó un divertido artículo de Íñigo F. Lomana en el que atizaba a los mejores columnistas de mi generación por ser demasiado masculinos, casi machirulos. Además, Lomana consideraba que se excedían con la metáfora, que como todos saben, comporta mucha ideología. Lomana no aclaraba qué ideología era esa, pero se daba a entender que una muy mala.

Lucas, Jabois, Bustos o Tallón eran señalados como “viriles y rimbombantes”, pero nadie escribe hoy mejor que ellos en los periódicos

Antonio Lucas, Manuel Jabois, Jorge Bustos o Juan Tallón eran señalados como “viriles y rimbombantes”, cuando cualquiera que los lea se puede dar cuenta de que escriben mejor que nadie hoy en día en los periódicos.

De hecho, la prosa imaginera y devota del tropo que les leemos no tiene otro espejo cóncavo en el que mirarse que el modelo supino que supone Valle-Inclán, que no sé si practicaba las metáforas que le gustan a Íñigo F. Lomana, pero de ellas dejaba la página perdida.

Qué rompecabezas, ¿no? Un líder de izquierdas echa de menos a un carlista cuya prosa ignora que pervive aún en las columnas de algunos periodistas jóvenes que otro periodista joven critica por lucir demasiado paquete y cuyo artículo el líder de izquierdas toma como referencia para su discurso en el Congreso, lugar donde queda claro regularmente que el que más luce paquete de todos es él.

Yo -lo reconozco- no entiendo nada; y menos esto: si tener estilo “delata una ideología”, escribir mal ¿qué delata?

Mala Fama

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