¿Se ha vuelto loca la crítica con el bodrio 'Me llamo Lucy Barton'?

Casi una veintena de críticos recibe como una obra maestra la última y espeluznante novela de Elisabeth Strout; buscamos los motivos de esta desconcertante unanimidad

Foto: Elizabeth Strout.
Elizabeth Strout.

Hay un riguroso término literario, acuñado quizá por el estructuralismo ruso en 1923, que define a la perfección la última novela de Elisabeth Strout: basura.

Ya avisamos por aquí de que la llamada novela literaria, no sólo estaba siendo disminuida mediante la brillante estrategia de concederle una denominación reiterativa, sino también contaminada por novelas baratas que reclaman para sí ese linaje mayor y milenario que le es propio.

Lo que no anticipábamos era que la crítica en pleno, llegado el día, fuera a señalar como buena literatura un best seller de pordiosería, letal hasta para el lector más atolondrado y contentadizo.

Que si The New Yorker, que si Elvira Lindo, ¡que si Rodrigo Fresán!, que si Fernando Aramburu... Hasta diecisiete elogios o blurbs escoltan la segunda edición de 'Me llamo Lucy Barton' (Duomo, 2016), que compré en una librería para disculpa posterior de mi maldad.

Sólo puede quedar uno

'Me llamo Lucy Barton'
'Me llamo Lucy Barton'

Debe avisarse siempre que uno no lee para que no le guste, como hacen ciertos blogs idiotizados por el maná de los comentarios; uno lee porque espera disfrutar. 'Me llamo Lucy Barto'n me la habían recomendado un par de veces, y su autora además fue la responsable, adaptación mediante, de esa entrañaba serie llamada 'Olive Kitteridge', así que nada podía salir mal.

Sin embargo, desde las primeras páginas de la novela, uno transitaba ya estupefacto por la evidente lividez del estilo, por prosas mal calzadas, amén de por una ideología como de abuela en el baile de comunión de su nieta. Llegado el punto en el que la hija de la protagonista dibuja un “vestido de princesa”, tuve que hacer un alto para reponer confianza en las solapas del libro, empapadas de alabanzas.

Desde las primeras páginas, uno transitaba ya estupefacto por la lividez del estilo y por una ideología como de abuela en la comunión de su nieta

“Una pequeña obra maestra”, decía José María Guelbenzu; “Pura vida. Deja un poso importante (sic) en cualquier lector”, afirmaban desde La Vanguardia; “Esta exquisita novela provoca una oleada de emociones”, prometían desde The New York Times Review of Books.

Como ven, la cosa está entre The New York Times Review of Books y yo. Sólo puede quedar uno.

Hospital

'Me llamo Lucy Barton' es el recuerdo puesto por escrito de las nueve semanas que una mujer pasó ingresada en un hospital. Eran los años 80, el Sida entraba macabramente en escena y Nueva York vivía una eclosión cultural. Lucy Barton habla con voz propia al lector, y también a su madre, que ha venido a verla desde no recuerdo dónde, en avión.

La madre entretiene la convalecencia de Lucy con evocaciones de vidas del pasado, mayormente de mujeres de la edad de su hija, mujeres que describe, justo es reconocerlo, con envidiable ojo: “Ni siquiera en la flor de la juventud era gran cosa” (p. 62), dice de una; “Tú eres más guapa que su mujer” (p. 85), dice de otra; “-Es guapa -dije. /-Yo no creo que sea guapa -replicó mi madre” (p.103), debaten -provocándonos de paso una oleada de emociones- respecto a otra pobre fea.

En este libro los personajes "se enamoran". Nunca tienen un día tonto y, no sé, follan o se toman una copa: no, se enamoran y, luego, van viendo

Las mujeres en 'Me llamo Lucy Barto'n son analizadas hasta los últimos pliegues del alma, resultando de ello una variedad alucinante de tipos de mujeres: guapas y no guapas.

Las guapas, por centrarnos, se casan bien. La palabra “matrimonio” aparece más veces en esta novela -ambientada, reitero, en los años 80- que en 'Orgullo y prejuicio' (1813). También sucede en este libro que los personajes “se enamoran”. Nunca tienen un día tonto y, no sé, follan o se toman una copa: no, se enamoran y, luego, van viendo.

Feminismos

Encontré esta novela en un estante de la librería Traficantes de sueños en Madrid, estante vecino de otro porticado por un enorme cartel que decía FEMINISMOS, todo lo cual me viene ahora a la cabeza como una broma de mal gusto.

'Me llamo Lucy Barton' hunde la condición femenina en su sustrato más profundo, gracias a la pala del matrimonio y a la tuneladora del enamoramiento, y alcanza a muñir escenas que uno no sabe cuántos años de cárcel deberían suponer. Veamos este ejemplo de “sensibilidad psicológica exquisita”, según L´Express:

“A la mujer de mi marido le encanta cocinar. Quiero decir, de mi exmarido. A su mujer le encanta cocinar.” (p.189) Así acaba un capítulo.  

Y en el capítulo siguiente leemos: “El marido que tengo ahora (…) se conforma con cualquier cosa que yo prepare para comer.”

'Lucy Barton' hunde la condición femenina en su sustrato más profundo, gracias a la pala del matrimonio y a la tuneladora del enamoramiento

¿Lo pillan? A lo mejor es demasiado sutil. A ver: ¡a su nuevo marido le puede poner de cenar hasta pizza con piña! Cualquier mujer entiende que seguir cocinando para los hombres, aunque con la posibilidad de hacerlo mal, es un gran avance. Es, prácticamente, amor.

“¿Cómo lo hace?”, se pregunta Carlos Zanón en su 'blurb', “¿Cómo consigue generar este desasosiego con un libro tan directo al tiempo que elusivo?” Muy fácil, Carlos, la clave -aparte de que las novelas infames siempre desasosieguen- está en repetir las cosas dos veces (“le encanta cocinar”), como hacen las personas que no tienen argumentos o, en este caso, talento alguno. Veamos otro ejemplo:

“Una habitación de hotel es un sitio solitario. Dios mío, qué solitario es.” (p. 184)

¿No te recorre, Carlos, no os recorre, Elvira, Fernando y Jose María, valedores patrios de este bodrio, un placentero escalofrío al ver por fin desvelado el secreto de los hoteles; a saber, que son solitarios y que, Dios mío, qué solitarios son?

Borrador de best seller

'Me llamo Lucy Barton' es el borrador de un best seller, o un best seller muy mal hecho. Su imperfección salta a la vista con solo hojearlo: capítulos de diez páginas mezclados con capítulos de tan sólo cuatro frases, amén de otros divididos caprichosamente por espacios en blanco o asteriscos.  Su ánimo comercial lo delata el destinatario del producto: mujeres mayores (son las que más leen) a las que, según la autora, ya les parece un aventura tropical poder cocinar mal a sus maridos.

Por si fuera poco escarnio, Lucy Barton quiere ser escritora. Podemos intuir qué escritora va a ser según el estructuralismo ruso ya sólo con la única frase de su obra literaria que Elisabeth Strout cuela entre las páginas de 'Me llamo Lucy Barton': “La mujer llevaba un vestido ordinario.”

Mala Fama

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