mentiras sobre la polémica obra

El Diccionario Biográfico suspende en Historia: un 4 por la vida de Vicente Rojo

El historiador Ángel Viñas desmonta las mentiras y omisiones del texto del DBE, realizado por un sacerdote que se codea con los Falangistas

Foto: Vicente rojo lluch,jefe del estado mayor del ejército republicano durante la guerra civil española
Vicente rojo lluch,jefe del estado mayor del ejército republicano durante la guerra civil española

El Diccionario Biográfico Español ha recibido numerosas críticas de los contemporaneistas españoles. Muchas de sus entradas sobre personajes que se refieren a la República, guerra civil y dictadura son extremadamente sesgadas, carecen de rigor, abundan en errores fácticos y suelen presentarlos bajo radiantes colores, para los franquistas, o negros los antifranquistas.

La entrada del general Vicente Rojo está en consonancia con la curiosa tendencia del comité de “expertos” de la RAH de dejar algunas figuras militares al cuidado de aficionados, procedimiento oscurecido por la acumulación, con frecuencia sin ton ni son, de abundantes referencias bibliográficas.

Mr Google nos descubre que el autor de la del general Rojo es un sacerdote e historiador extremeño. Ángel David Martín Rubio enarbola en su blog la enseña con el aguilucho y da acogida a un himno a Cristo Rey (sin ambiciones gongorinas). Se codea con Falange Española y de las JONS. Entre sus libros figura una síntesis “definitiva” de la persecución “roja”. También apuntala la tesis de una Extremadura bajo dominación soviética, suponemos que protegida por varias brigadas aerotransportadas desde los Urales.

La entrada abarca cuatro páginas de texto y media de obras y bibliografía. En la Facultad de Geografía e Historia de la Complutense y en un trabajo de tercero le habría dado, como mucho, un 4. Es una mezcla de pellizquitos de cura (ya que no de monja), abundante en episodios marginales y en silencio sobre lo históricamente relevante.

Vicente rojo con manuel azaña.
Vicente rojo con manuel azaña.
Martín Rubio se abstiene de dar referencias contextualizadas. Incluso para los temas que más expectación han causado. El comandante Vicente Rojo, afirma, habría estado vinculado a la UME antes de la sublevación militar: “así lo atestigua la ficha que, en unión de la suya propia, fue retirada por el general Miaja del archivo de dicha organización (…) El propio Largo Caballero confirma en sus memorias esta pertenencia que otros han puesto en cuestión”.

Puntualicemos. En sus malevolentes “Notas históricas sobre la guerra de España” (pp. 3549s), que hay que coger con varias toneladas de sal, Largo Caballero escribió que, según le contó el ministro de la Gobernación Ángel Galarza hacia el 5 o el 7 de mayo de 1937, en el fichero de la UME figuraba “Miaja Menar (sic) (José). General de Brigada, EM, disponible forzoso, y Rojo Jus (sic) (Vicente), capitán de Infantería, disponible, Escuela G. (sic) de Guerra” 

Difícilmente hubiese retirado Miaja su ficha y la de Rojo si Galarza las leyó. ¿A quién hay que otorgar credibilidad? En la misma página, Largo acusó a Rojo de estar afiliado al Partido Comunista. Nunca fue asi. Largo se equivocó.  ¿Qué  garantías ofrece la primera afirmación?. Galarza, allá por los “sucesos de mayo”, estaba ocupado, según otros documentos que merecen tanta credibilidad como la ficha y sus errores, en hacer desaparecer físicamente a algunos de quienes conocían sus sucios trapicheos (Miguel Íñiguez Campos abordará este negro episodio en su tesis doctoral en elaboración).

Los historiadores franquistas tuvieron dificultades en aceptar que un militar pudiera ser religioso y mantener no obstante su lealtad a la República y al juramento de fidelidad que le había prestadoEl archivo terminó llegando al presidente de la República. No hay constancia de que Azaña hiciese jamás la menor referencia a tal supuesta afiliación.  El pellizquito ilustra la forma de proceder de nuestro autor.

Cabe defender la tesis de que los historiadores franquistas tuvieran dificultades en aceptar que un militar pudiera ser religioso, incluso de tendencias conservadoras, y mantener no obstante su lealtad a la República y al juramento de fidelidad que le había prestado. Quienes se sublevaron (con pretextos espurios y en gran parte inventados) ignoraron los imperativos del honor militar.

Nuestro autor desconoce que Rojo quiso entrar en el Partido Comunista. No porque fuese “marxista” sino porque se había dado cuenta de que los comunistas constituían el núcleo de la resistencia republicana en un Ejército de naturaleza política y en el que “el hombre español” luchaba por mantener la democracia.

Prieto y Negrín se lo prohibieron. Tampoco pierde una palabra Martín Rubio sobre las desavenencias crecientes que opusieron a Rojo contra el primero, que había pasado de preconizar la fusión entre el PSOE y el PCE a abominar del comisariado político creado por Largo. Prefiere acentuar (es más simple) aspectos marginales como el intento de Rojo de inducir a la rendición a los defensores del Alcázar de Toledo.

Tampoco se le ocurre indagar en lo que hubo detrás del primer nombramiento de Rojo como jefe del Estado Mayor en la primavera de 1937. Leer a Azaña es ilustrativo pero Martín Rubio, claro, ni lo menciona en su bibliografía. Prefiere echarse en los acogedores brazos del renegado comunista Enrique Castro Delgado.  

Nuestro estimado sacerdote es muy libre de tener inquina a los comunistas. Esclarecer el papel del PCE en la guerra civil no es un tema que pueda atraerle demasiado. Otros lo han hecho por él. También es libre de no citar a la literatura especializada ni, vade retro, leerla. Por ignorar, ignora la evidencia documental que muestra que el consejero militar jefe soviético se opuso a la maniobra sobre el Ebro lo cual llevó a Rojo a presentar su dimisión ante Negrín. No la aceptó.

El lector del DBE buscará en vano un análisis de la defensiva elástica (Cardona) de Rojo. Eso sería para nota. Sorprende, con todo, que no identifique sus supuestos. Son conocidos: la distancia entre planteamientos estratégicos y movimientos tácticos, la permanente inferioridad material del Ejército Popular, el relativamente bajo nivel profesional de sus hombres y sus cuadros (lógico en un ejército que se hacía en la lucha), la escasa atención prestada a la información sobre el enemigo, etc. No solo falló Rojo. También falló Cordón a quien se debe, incidentalmente, el plan que desembocó en la ofensiva contra Zaragoza y que se atascó en Belchite.

Es falso, rotundamente falso, que en el verano de 1938 la ayuda soviética hubiese permitido a los republicanos gozar de una cierta superioridad de cara al Ebro. Stalin había empezado a recortar los suministros bélicos a la República en noviembre de 1937 (¡la mejor forma de asegurarse ese régimen prosoviético sobre el que siguen fantaseando ayer y hoy ciertos autores!) y los mantuvo a un nivel anormalmente bajo hasta un año después.

España recibe el archivo del brigadista emil vedin
España recibe el archivo del brigadista emil vedin
Es algo que en la época conocieron los franquistas, supieron los británicos, rastrearon los franceses y sufrieron los republicanos. A Martín Rubio se le ha “olvidado”. Nada hubiera podido contrarrestar la amplia apertura de los arsenales nazis y fascistas a Franco y el cierre a la República de los de las democracias.

La actividad de Rojo en el colapso de Cataluña y su propuesta a Negrín de rendir las armas pueden seguirse en la obra de Josep Sánchez Cervelló (tampoco citada). Podría complementarse con las memorias de Cordón (tampoco citadas). Si, además, hubiese acudido a las fuentes primarias podría, quizá, haber divisado que Negrín nunca se comprometió a hacerle caso.  Su política iba por otros derroteros. Por ignorar, Martín Rubio ignora lo que supuso el golpe de Casado, amamantado por el Cuartel General franquista y que contaba, todo lo hace pensar, con un asset muy próximo a Rojo, su íntimo amigo el general Manuel Matallana.

Tras los errores, la omisión. Ni una palabra sobre el vergonzoso consejo de guerra que se montó a Rojo a los pocos años de regresar a España. La humillación que le infligió el inmarcesible Caudillo la continúan, lógicamente, Martín Rubio y la nunca suficientemente alabada RAH. Tales para cual.

Mejor es que Martín Rubio siga contando las víctimas de la vesania roja y que continúe explicando los pormenores de la dominación soviética sobre España de la que, a Dios gracias, Franco y sus cohortes nos libraron. Eso sería mantenerse en la buena línea de las estupideces de la Carta Colectiva e ilustrar las querencias profundas  de la jerarquía católica de nuestros días. 

 

*Ángel Viñas es uno de los coautores de Los mitos del 18 de julio (Crítica), coordinado por Francisco Sánchez Pérez, y autor de Las armas y el oro, de publicación en septiembre (Pasado&Presente).

Tribuna de expertos

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