El martirio de San Maradona

Este sábado, cuando el árbitro pite el comienzo del decisivo partido contra Perú, millones de argentinos habrán agotado su cupo de rogativas y promesas. Pero Secundino

Este sábado, cuando el árbitro pite el comienzo del decisivo partido contra Perú, millones de argentinos habrán agotado su cupo de rogativas y promesas. Pero Secundino Morález, que en el otoño de 2004 viajó desde su Salta natal hasta Buenos Aires para poner una vela a San Cayetano y rogarle al santo patrón de los trabajadores por una mejoría en la salud de Diego Maradona, en coma inducido desde hacía una semana, le jura a sus siete hijos que esta vez sólo le rezará al santo desde su casa, que bastante tiene ya con su reuma y las gaitas del desempleo.

Héctor Campomar, Hernán Amez, Alejandro Verón y Federico Canepa, hinchas de Newell’ s Old Boys y  fundadores de la Iglesia Maradoniana, un movimiento que agrupa a millones de seguidores de D10s por todo el mundo, reconocen en voz muy bajita que las acciones teológicas de Diego Armando últimamente descendieron un peldaño. La culpa la tiene el propio Maradona, según cuentan los tertulianos de una modesta confitería cerca del Parque Avellaneda. Diego atentó contra el primero de sus Diez Mandamientos maradonianos: “La pelota no se mancha”. Ni se mancha ni se pincha. Pero los elegidos por el seleccionador más famoso del mundo para defender la camiseta albiceleste hicieron trizas la pelota ante Chile, Bolivia y, sobre todo, ante aquellos paraguayos, que “parecían huevones” pero corrían como diablos.

Maradona, que fue campeón del mundo liderando un equipo de obreros y cuatro años más tarde estuvo en un tris de revalidar el título y se lo impidió el lacerante arbitraje del mexicano (aunque nacido en Uruguay) Edgardo Codesal, ya no juega: dirige. Cuando jugaba, Vivaldi, Mozart y la ‘Negra’ Mercedes Sosa, le hacían los coros al Diego. No importaba que el Tata Brown, que jugó en el Murcia, disparase melones de acero, que el Cabezón Ruggeri caminara con retranca y martillo o que Olarticoechea, Giusti, Valdano, Batista, Burruchaga, Enrique y compañía recorrieran dos millones de kilómetros. Por allí andaba Diego, volaba Diego, creaba Diego, ganaba Diego, soñaba Diego, el D10s de los argentinos: San Maradona.

Pero ahora dirige, no a un equipo cualquiera, sino a la selección Argentina, la madre de todas las madres de los argentinos. Las llaves de la albiceleste se las entregó Julio Grondona, el eterno, que se plegó a las presiones, aunque consiguió meter una diabólica cuña: Bilardo. Maradona accedió, pues siempre tuvo apego por el Narigón, que dio la cara por él en algunos viajes que D10s solía realizar a los infiernos.

Con su equipo de técnicos (Mancuso, Lehme, el preparador físico Fernando Signorini), Maradona encaró los partidos y Argentina comenzó un baile de pies cambiados. Las derrotas y pobres actuaciones se amontonaron sobre la mesa y los argentinos comenzaron a tener mala digestión. Diego dio la impresión de montar un caballo ciego y sus decisiones terminaron de bajarlo de los altares. Con su pelea con Román Riquelme pisó los juanetes de la afición de Boca (la mitad más uno de los argentinos es hincha xeneize); al criticar el césped del estadio Monumental y llevándose a la selección a Rosario, puso en posición de carga a toda la caballería de River Plate. Un virtuoso del balón como él le dio por fusilar al fútbol: los quince minutos finales del Paraguay-Argentina sacó a Martín Palermo (35 años) y al central Rolando Schiavi (36 años) para arreglar el desastre.

A la Argentina le quedan dos cartuchos para evitar la tragedia. El primero, esta madrugada, en la cancha de River, frente a Perú. Después, barquita a Uruguay, que esperará a su rival de la otra orilla del río de La Plata con el alma afilada y el corazón en la boca. Los charrúas se la juegan también en este último partido.

Perú extravió hace tiempo los billetes mundialistas y no tiene nada que perder. La albiceleste es infinitamente superior al rival, pero Leo Messi es mister Hyde y parece que cada vez que actúa con la camiseta de su país lleva piedras en los calzones. Puede que Maradona haga debutar al Pipa Higuaín. Perú juega sin presión y, dicen, con la mochila llena de dólares.

En Argentina nadie quiere pensar que la selección no acudirá el verano próximo a la cita de Sudáfrica. Sólo hubo una vez para el desastre, una única ausencia mundialista: en México-70. Aquel tiempo fue duro, el índice de suicidios se disparó y nadie lo puede recordar sin que se le ponga el pelo duro como la escarpia. Toca apretar los dientes, apelar al orgullo y rezar a San Cayetano para que venga el fútbol de Messi. Maradona cierra los puños y se apresta a vivir otro de sus días duros. Mirará al cielo y esperará que caiga la moneda. Del triunfo o del martirio.

 

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