"Yo sé lo que me ha costado". Nadal, como icono de París

El concepto 'histórico' se queda corto ante la figura de Rafa Nadal y su décimo Roland Garros. Este mito del deporte suma 15 Grand Slams y se acerca a los 18 de Roger Federer

Foto: Rafa Nadal y 10 años dominando Roland Garros. (Reuters)
Rafa Nadal y 10 años dominando Roland Garros. (Reuters)

“Yo sé lo que me ha costado”. Una frase sencilla en la boca de una persona satisfecha. Minutos después de levantar su décimo título de Roland Garros, de recuperar el trono en el torneo más especial de su carrera, Rafael Nadal accedió a sus correspondientes compromisos de prensa con una sonrisa en la cara. Era el rostro de un hombre exigente consigo mismo y consciente de la hazaña firmada. Alguien que lleva la historia del deporte en las manos y que sigue elevando su techo personal. Culminar una obra de tal magnitud, que se escapa a la conciencia del hombre corriente, representa la visión de alguien especial. Cuesta llamar histórico a algo sin precedente, la etiqueta debería ser algo más amplia.

El 15º Grand Slam de Nadal, ya segundo en solitario en la clasificación histórica (dejó atrás los 14 cetros de Pete Sampras, y volvió a estrechar distancias con los 18 de Roger Federer) subraya su lugar en el deporte mundial como una de las figuras más certeras de siempre. Sirve, también, para remarcar la capacidad de aguante en uno de los competidores más completos que ha visto el deporte moderno. Tres años después, y tras superar múltiples grietas físicas, el español volvió a tomar uno de los templos de su disciplina, a competir sin error con la copa de París en juego (nueve títulos en nueve finales) y a acentuar su regreso a la cima del deporte, saliendo de Francia con una renta sideral (casi 3.000 puntos) como número uno del año. Recién atravesada la barrera de la treintena, también, con media vida empleada en el circuito y múltiples grietas físicas, demostró su capacidad para seguir buscando con hambre sus objetivos.

“He hecho un Roland Garros perfecto”

“He hecho un Roland Garros perfecto”, llegó a asegurar al cerrar su torneo. La sensación del trabajo bien hecho en las manos de un hombre muy exigente es como el agua en el desierto: algo poco frecuente, difícil de encontrar y valioso en cada momento. Y Nadal, siempre con la necesidad de mejora en los labios pero convencido de llamar a las cosas por su nombre, no tuvo reparos en calificar de tal forma su paso por París. No es para menos. Su camino en la capital francesa no deja lugar a dudas: ha coronado Roland Garros cediendo 35 juegos, algo que tan solo Bjorn Borg en 1978 (32 juegos cedidos) ha superado en la historia de los Grand Slams disputados a cinco mangas. El mallorquín ha apartado rivales con una suficiencia de impresión, sin llegar a conocer el equilibrio en ninguno de sus encuentros.

Rafa Nadal, celebrando su décimo título. (EFE)
Rafa Nadal, celebrando su décimo título. (EFE)

Más que el triunfo, es la sensación de autoridad demostrada. Ganar uno de los torneos más importantes del circuito estando dos escalones por encima del resto. Una actitud notable en la superficie que más insistencia requiere en el circuito. La victoria en París es una imposición deportiva clara, pero fundamentalmente la reafirmación de un estado de ánimo. Un Nadal de piernas alegres, de derecha viva, de agresividad constante. Capaz de imponer respeto desde el primer juego en todos los partidos y de apuntar a la victoria como único destino posible. El español —que recibió una réplica de la copa a tamaño real (tal era la hazaña firmada), justificó la estatua que el torneo planea en su nombre (un detalle dirigido a jugadores de otra época) y vio desplegada unas banderolas que cubrieron toda la tribuna de la Philippe Chatrier (algo sin precedente)— siguió separando su figura del resto de competidores sobre tierra batida, trascendiendo a la categoría de icono tras romper cualquier molde imaginable en Roland Garros.

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Nadal ya pertenece a la categoría de mitos del deporte, su nombre es sinónimo de la disciplina que practica y lo más reseñable de todo es que los mayores objetivos puede que estén todavía por escribir.

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