Nadal, decepcionado, no se permite oportunidades perdidas

Tras concentrar la temporada de hierba exclusivamente sobre Wimbledon, Rafa Nadal sale de Londres con una tarea inacabada: "No es el resultado que buscaba aquí"

“Estaba preparado para grandes cosas”. La sensación de Rafael Nadal al ser eliminado en los octavos de final de Wimbledon fue la de haber dejado marchar un tren. El español, destacado número uno en la clasificación de 2017, reciente campeón de Roland Garros y presente en el ecuador de Londres sin haber cedido un set, abandonó el All England Club rumiando el sabor de una oportunidad perdida. Una sensación bien distinta a la de sus últimas visitas a la capital británica, salpicadas de decepción ante la impotencia de un físico castigado para rendir en hierba.

Esta vez era diferente. Por primera vez en tiempo reciente la situación era bien distinta. El Nadal que irrumpió a toda mecha entre el césped, el jugador que vino marcando diferencias en unas pistas más rotas que de costumbre, por la sequedad del ambiente según los entendidos en aquello de cuidar el suelo, infundía respeto y no sensación de oportunidad a su paso.

Un Nadal contra sus miedos

Este torneo era un Nadal contra sus miedos. Contra el suelo que ha puesto límite a su cuerpo en años previos. Contra una superficie que multiplica rivales cuando apenas despereza el juego. Contra un tramo del curso que ha anulado la capacidad de respuesta del más batallador durante largo tiempo. Este torneo era la oportunidad de recuperar un privilegio reservado para el Nadal en mayor apogeo: sentirse capaz de todo en cualquier tipo de suelo.

El de Manacor fue el mayor crítico consigo mismo, señalando al inicio del partido como una razón de peso para el desenlace. Indecisiones al abrir del encuentro (no firmó un solo error en el primer set, síntoma de la contención con que salió al césped) pronto le colocaron ante una situación límite. La dinámica de Muller, un jugador formidable sobre césped, hizo el resto, arrojando un Nadal penitente preso de su propio saludo al partido.

“He mantenido siempre una actitud para ganar el partido”. Dentro del hundimiento, con la mano de la derrota todavía caliente en el hombro, Nadal levantó una llama de advertencia. Cuando era sencillo bajar los brazos, cuando dos mangas de desventaja ante un maestro de la hierba como Muller eran sinónimo de sentencia (nadie remontó jamás un resultado tal ante el luxemburgués), Nadal mostró las armas que pueden lanzarlo de nuevo a la cumbre del deporte (quedó, no olvidemos, a dos partidos de hacerlo).

23 'aces' de Nadal nunca vistos

El servicio del mallorquín se reivindicó como un sólido sostén, plantando cara durante cinco horas a uno de los rivales más dotados en el arte del primer tiro. El balear, que firmó la cifra de 'aces' más grande de toda su carrera (23) en un encuentro y una cifra descomunal en ataque (77 golpes ganadores por 17 errores no forzados), mostró unos mimbres amplios para marcar el ritmo del partido. Nadal cedió en Wimbledon buscando la victoria en línea recta, con la sensación de haber podido vencer en su tropiezo. Con el hambre suficiente para recuperarse incluso en hierba, su escenario más esquivo en los últimos años.

Tras concentrar la temporada de hierba exclusivamente sobre Wimbledon, Nadal sale de Londres con una tarea inacabada. “No es el resultado que buscaba aquí”, reconoció el mallorquín, cuyo curso mayúsculo ya exige notas elevadas en cada prueba. El rendimiento no se plasmó en el marcador, pero la sensación de jugador irredento, de competidor hasta el límite, casi hasta un punto de locura, volvió a hacerse presente en Londres. El español, que ha pedido cinco sets en sus dos derrotas de Grand Slam en 2017, que ha exprimido a los rivales para sacarlo de los torneos, se aplicó otra capa de respeto pese a caer en la capital británica.

Hay maneras de terminar una competición. Cuando uno afronta la presencia de un rival se puede ganar o no ganar. En este último caso, es posible perder o caer derrotado. Y Nadal escogió la primera opción, visible de manera evidente a ojos de todos. La salida de Wimbledon de Rafael Nadal, arropado por vítores desde la primera fila hasta la tribuna más lejana, resumió el carácter de un competidor noble, capaz de respetar la cortesía de esperar al rival antes de fundirse con el túnel del vestuario.

Ahora, con la mirada ya alejada de Londres para Nadal, un abanico de oportunidades en la hierba de Wimbledon. Con la opción de que Roger Federer levante el 19º Grand Slam y vuelva a abrir la brecha en la clasificación histórica de campeones de grandes. Con el guante tendido para Novak Djokovic, campeón en dos de los últimos tres años en Londres, que ve desaparecer a uno de los mayores candidatos a la copa. O con el horizonte interesante que observa Andy Murray, rey vigente en el All England, sin rivales 'Top 5' ya en un hipotético camino hasta la final.

Sea cual sea el caso, una evidencia en Londres: incluso en la derrota, Nadal vuelve a ser un reto mayúsculo.

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