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@Agustín Marco .-Con más de quince años de experiencia profesional, Agustín Marco recoge en A corazón Abierto las múltiples lecciones aprendidas en el proceloso mundo de la búsqueda de la información diferencial y el análisis crítico de la realidad financiera y empresarial española. Un espacio para la reflexión independiente, valiente y provocadora que acudirá a su cita con los lectores todos los sábados.
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Agustín Marco 06/10/2012 06:00h
A principios de año, un directivo de BBVA comentó en un encuentro privado que el segundo banco español trataba a todos los clientes por igual, ya fuera un ciudadano normal al que no le llegaba la nómina para pagar la hipoteca o a un gran empresario cotizado en el Ibex 35. Aseveraba que no había doble vara de medir para rebatir el argumento del periodista de que la entidad había dado numerosas patadas hacia delante a créditos concedidos a los Sacyr, FCC y ACS de turno, compañías al borde del abismo por su excesivo endeudamiento.
Los hechos le han dado la razón. A Francisco González (FG) no le ha temblado el pulso lo más mínimo en los últimos meses, quizás porque el ministro de Economía, Luis de Guindos, le ha convencido de que tenía que enderezarlo tras haber participado como financiador cómplice de numerosas batallitas empresariales con poco sentido y con miles de millones en juego.
Uno de esos hechos acaeció como saben en las Navidades del pasado año cuando FG obligó a Eshter Koplowitz a vender su joya de la corona, la Torre Picasso, a toda prisa, por debajo del precio que pretendía la dueña de FCC. No tenía otra opción. O me pagas o me quedo con el inmueble, le vino a decir el banquero a la constructora, a la que FG le amargó el turrón. La desinversión del edificio, valorado en los tiempos buenos en 800 millones y en los malos en apenas 400, es uno de esos cuadros que escenifican el cambio de postura del acreedor frente al deudor. Se acabó la fiesta.
El más reciente sucedió a principios de julio. Paco González llamó a capítulo a Florentino Pérez. El presidente del Real Madrid recorrió los escasos 200 metros que separan el Santiago Bernabéu y la torre negra de Azka, donde BBVA tiene su cuartel general en Madrid. La visita a la planta 26 no era de cortesía. No era otra reunión cualquiera entre dos pesos pesados de la empresa española para analizar la situación y cómo ayudarse mutuamente.
No. La cita tenía como único objetivo hacerle saber al jefe de ACS que, o ponía más garantías en un crédito con garantías de Iberdrola renovado apenas hacía cinco meses, o le tenía que ejecutar. Pese a la crudeza del mensaje, la conversación fue en términos correctos, nada de alteraciones. El gallego le explicó que a él le apretaba el Banco de España y que su obligación era velar por la salud del balance de BBVA. Lo tuyo con lo mío es un riesgo sistémico. Le dio tiempo al contratista para resolver el entuerto, cuya solución fue ese triple mortal con Société Générale por el que vendió el 8% de la eléctrica. El enjambre financiero es de tal calibre que ni la CNMV se enteró en su día de en qué consistía ni ahora lo sabe Deloitte, el auditor de ACS, el mismo que se atrevió con Bankia, pero todavía no con Florentino.
De aquí a finales de año, se barruntan nuevos episodios similares. A muchas empresas no les llega la camisa al cuello pese a haber admitido con tres años de retraso que tienen un tumor maligno y haber comenzado a aplicarse quimioterapia en forma de venta de activos, reconocimiento de pérdidas ingentes y suspensiones de dividendos. Medidas que esquilman aún más las depauperadas cuentas privadas de los presidentes de esas empresas, también apalancados hasta el decir basta. FG no da un favor más. Tampoco Emilio Botín y menos aún José Ignacio Goirigolzarri desde Bankia. Y qué decir de Ángel Ron, presidente de un Popular que se parece más bien a una constructora cualquiera que al banco que en su día era la envidia de Europa.
Como en ACS o en FCC, los accionistas van a pagar la borrachera crediticia de Ron, que desde que llegó a la presidencia del consejo de administración ha ampliado la base de capital -el número de acciones en circulación- en más de un 100%, con la consiguiente dilución para el tenedor de los títulos. A muchos parece habérseles olvidado que, en octubre de 2009, Popular hizo dos ampliaciones por un total de 1.000 millones, representativas del 5,2% del capital, a 7 euros por acción. Tres años después, el banco requiere 2.500 millones más, cifra que supone el 75% del capital y que se taponará con otra ampliación a menos de un 1 euro por título.
Es evidente que, aunque el negocio operativo del banco sigue siendo una joyita para cualquiera, y dando por bueno que el árbitro Oliver Wyman se ha pasado con la sanción, la gestión del balance del Popular, con tanto crédito a constructor y banquero famosete, no ha sido correcta. Demasiado Ron en un consejo que ha puesto a una gran entidad la borde del abismo.
Yosi Truzman
FACTOR TRUZMAN