Templarios: mitos y leyendas

Me gustaría resaltar aquí alguno de los mitos comúnmente repetidos sobre los caballeros del Temple y que no presentan base histórica
Foto: Numerosos mitos han rodeado durante siglos la Orden del Temple.
Numerosos mitos han rodeado durante siglos la Orden del Temple.

El recientemente fallecido y llorado Umberto Eco se preguntaba en su célebre novela 'El Péndulo de Foucault', por boca de uno de sus personajes: “¿Qué es un lunático?”. Él mismo se respondía: “Alguien que al entrar en una cafetería presenta mirada esquiva, se sienta nerviosamente, y antes de los cinco minutos de conversación ha sacado el tema de los templarios”.

Dado que este autor introduce el tema con tanta premura en esta columna, y también que le ha dedicado años de estudio a la Orden del Temple, posiblemente merezca el selenita atributo señalado por Eco. Con todo, me gustaría resaltar aquí alguno de los mitos comúnmente repetidos sobre los templarios y que no presentan base histórica:

Primero: los templarios no llegaron a América. La “idea” procede del que el Temple poseyera una encomienda de envergadura en la base naval de La Rochelle, lo cual no indica nada. De hecho se aprovechaba dicha base para exportar el vino producido por las encomiendas del sur de la actual Francia hacia Inglaterra, motivo mucho más realista. No hay ninguna prueba documental de que así fuera. La capacidad de navegación de las naves de los siglos XII y XIII era muy limitada, más apta para el cabotaje, no para atravesar océanos.

Segundo: los templarios no cargaban en batalla siguiendo a un estandarte blanco con la cruz “patada” roja, sino siguiendo el estandarte de combate llamado “Beauçant”, blanco y negro, colores a su vez empleados por la Orden Hospitalaria. A su vez, aunque el manto que cubría a los caballeros era blanco con la cruz roja, la inmensa mayoría de las tropas templarias estaba constituida por “sargentos”, escuderos y peones de infantería, que empleaba una túnica negra con una cruz roja y que mantenían un importante poder político en la elección del maestre.

Los caballeros de la Orden de Malta en la iglesia de la Vera Cruz de Segovia. (EFE)
Los caballeros de la Orden de Malta en la iglesia de la Vera Cruz de Segovia. (EFE)

Tercero: la Orden Templaria no es más antigua que la Hospitalaria, actual Orden de Malta. Esta última se constituyó unos veinte años antes que la del Temple. Sí es cierto que la Orden Templaria es la más antigua orden militar, ya que en sus inicios la hospitalaria solo tenía una función asistencial, que transformó hacia un carácter militar unos 10-15 años después de la fundación del Temple.

Cuarto: los templarios no idearon el gótico. La mayoría de las iglesias templarias conservadas no presentan esta naturaleza. El gótico comenzó a mediados del siglo XII en Francia, posiblemente amparado por el abad Suger, que apoyó al Temple, pero nunca fue templario.

Quinto: aunque el sello de la Orden muestre a dos caballeros montando un mismo corcel no es cierto que los templarios tuvieran que compartir monturas a causa de su inicial pobreza. La regla del Temple establecía que cada caballero podía emplear hasta cuatro caballos, algo necesario para una carga de caballería, en la que se hacía preciso cambiar de montura continuamente para darles descanso. El sello es simplemente un símbolo de la armonía que debía regir entre los caballeros.

Sexto: la segoviana iglesia de la Vera Cruz no es templaria, a pesar de la leyenda y de los grafitis (entre ellos uno de Cánovas del Castillo). Los documentos parecen indicar que en su origen esta iglesia (hoy en manos de la Orden de Malta) perteneció a la Orden del Santo Sepulcro. Además, cuando el Rey de Castilla emplaza a los templarios de sus reinos para ser juzgados en Salamanca (en la época de la disolución de la orden) cita una a una las posesiones templarias en Castilla. La Vera Cruz no aparece.

Posiblemente el tesoro del Temple fue capturado por el Rey Felipe IV cuando ordenó la detención de los templarios, y utilizado para fortalecer la moneda

Séptimo: el tesoro de los templarios posiblemente no existe. La leyenda de que una flota templaria abandonó el día antes París con el tesoro no es más que un mito sin base. De hecho todo parece indicar que el arresto masivo de templarios que tuvo lugar en Octubre de 1307 fue una operación policial exitosa en cuanto a la sorpresa. Muchos buscadores se han afanado en encontrar el pecunio basándose en “evidencias” similares a las que cómicamente aporta Dan Brown, lo que explica el escaso éxito de tanto excavador. Posiblemente el tesoro del Temple fue capturado por el Rey Felipe IV cuando ordenó la detención de los templarios, y utilizado para fortalecer la moneda francesa de por entonces (la libra tornesa), extremadamente debilitada tras un progresivo ejercicio de acuñación de moneda “falsa” (en realidad con bajo contenido de plata) ordenada por el rey para financiar así sus guerras. La fuerte apreciación de la libra tornesa durante 1308 podría ser la mejor muestra de en qué fue empleado el tesoro.

Umberto Eco, tras publicar 'El péndulo de Foucault' en 1988 (foto: Sergio Gaudenti /Corbis)
Umberto Eco, tras publicar 'El péndulo de Foucault' en 1988 (foto: Sergio Gaudenti /Corbis)

Octavo: el último maestre del Temple, Jacques de Molay, no profirió en la hoguera a la que fue condenado en 1314 una maldición directa hacia el Papa o hacia el rey de Francia que les conminara a la muerte en menos de un año. Es cierto que ambos murieron el mismo año, y que los tres hijos de Felipe IV también fallecerían progresivamente hasta extinguir la dinastía de los Capeto (iniciando el mito de “los reyes malditos”). Sin embargo, no hay testimonios directos sobre dicha maldición (la leyenda aparece unas decenas de años más tarde). Según informa un testigo directo, el maestre se limitó a proclamar la inocencia de la orden, la suya propia, y a afirmar que Dios vengaría su muerte, sin proyectar dicha “venganza” sobre un nombre en particular ni emplazando la muerte a un plazo fijo.

'El péndulo de Foucault' es una enorme y genial sátira contra los fabuladores de la historia. En esta novela aprendí que aunque Shakespeare y Cervantes murieron en un 23 de abril de 1616, en realidad uno murió unos días antes que el otro, debido a que Inglaterra empleaba el calendario juliano, y España el gregoriano. Ese “error de cálculo” lleva en la novela a los pseudotemplarios franceses e ingleses a equivocarse de fecha, lo que acelera la sucesión de eventos tragicómicos entre tanta sátira hacia las teorías de la conspiración. Con todo, los mitos han perdurado hasta ahora, y lo seguirán haciendo, como no puede ser de otra forma, para instituciones marcadas por tan trágico final.

En realidad no hacen falta los mitos. La propia historia (la de verdad) de los templarios ya es lo suficientemente cautivadora para merecer cierta lunática atención.

El Observatorio del IE

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