Violaciones y degradación en la casa de los muertos

Desde el acceso al trono de Alejandro I se populariza la mutación de la pena de cárcel por la de la 'muerte civil', que conllevaba el exilio a Siberia para que el reo “fuera iluminado y purificado”

Foto: Prisioneros trabajando en la construcción del Canal Mar Blanco-Báltico. (Wikipedia)
Prisioneros trabajando en la construcción del Canal Mar Blanco-Báltico. (Wikipedia)
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“Igual que para curarnos retiramos a los agentes infecciosos de nuestro cuerpo, la comunidad de ciudadanos debe proceder de igual forma, expulsando a todo elemento dañino”.

Así se expresaba el obispo de Tobolsk y Siberia en 1708, preconfigurando una de las mayores tragedias del siglo XIX: el sistema de exilio forzoso a Siberia que impusieron los zares Romanov, sistema por el que más de un millón y medio de rusos, ucranianos y polacos, culpables e inocentes, pobres y ricos, siervos y libres, fueron deportados a Siberia, forzados a caminar una distancia superior a la que existe entre Madrid y San Petesburgo, en un periodo superior a dos años entre las terribles temperaturas invernales.

Muchos murieron en el camino, de hambre, sífilis, cólera y frío. Miles de mujeres que acudieron voluntariamente a Siberia a acompañar a sus padres y esposos fueron repetidamente violadas y forzadas a vender su cuerpo para obtener protección; salieron libres, llegaron a su destino prostitutas. Los ideales reformistas de obispos y de la alta jerarquía imperial no se cumplieron: el exilio no producía una 'reconversión' de un ladrón sino todo lo contrario: el ladrón que caminaba los miles de kilómetros entre grilletes llegaba en muchas ocasiones convertido en un famélico gánster. Paradójicamente, el exilio masivo de prisioneros 'políticos' provocó la conversión de Siberia en un gigantesco campo de prueba de ideas revolucionarias, ideas que fructificaron en 1917 con la caída del régimen zarista.

El exilio masivo de prisioneros 'políticos' provocó la conversión de Siberia en un campo de prueba de ideas revolucionarias, que fructificaron en 1917

Esta es la síntesis de 'La casa de los muertos' ('House of the Dead'*) el excelente libro publicado recientemente por el historiador Daniel Beer, que ha podido documentarse durante años en los archivos de la policía zarista en diferentes ciudades de Rusia, reviviendo las tragedias de tanto desgraciado condenado o no condenado por los zares a 'poblar' Siberia.

El libro expone cómo desde el acceso al trono de Alejandro I (1801) se populariza la mutación de la pena de cárcel, o incluso la capital, por la de la 'muerte civil', que conllevaba perder absolutamente todos los derechos como ciudadano, así como el exilio a Siberia para que el reo “fuera iluminado y purificado”. El flujo de condenados fue aumentando durante el siglo XIX, según se hacían necesarios más y más trabajadores para las minas zaristas, y pronto eran enviados al exilio no solo criminales, sino prisioneros políticos, siervos de la gleba y el conjunto de sus familias, voluntaria o forzosamente.

Las condiciones de los convoyes eran lamentables. La mortalidad, muy elevada entre el caos burocrático, la falta de alimentación, de protección y de ropa de abrigo elemental. El desequilibrio entre hombres y mujeres en los convoyes (estas últimas alcanzaban proporciones siempre inferiores a una quinta parte) pronto redundó en violencia según los hombres competían por las escasas féminas. Muchas eran violadas por otros prisioneros y por los soldados de escolta, por lo que tenían que vender su cuerpo a un protector para así conseguir mantenerse vivas. A mujeres embarazadas de nueve meses se les denegaba reposo en la marcha, dando a luz en el camino a niños muertos.

Muchas eran violadas por otros prisioneros y por soldados de escolta, por lo que tenían que vender su cuerpo a un protector para mantenerse vivas

Muchas mujeres acudieron al exilio a acompañar a sus maridos a pesar de que la muerte civil suprimía también el lazo matrimonial, pero que en Rusia aún mantenía una connotación de lazo sagrado. El acto de acompañarlos a Siberia suponía también la muerte civil de la mujer, que no podía nunca más volver a la parte europea de Rusia, ni siquiera a reunirse con sus hijos o a velar por sus muertos. En ocasiones, las mujeres eran engañadas por sus maridos exiliados, que las animaban a dejarse 'arrestar' con sus hijos o sin ellos para reunirse con el deportado en un destino “mejor de lo esperado”. En realidad, la mujer que así procedía, si conseguía llegar viva al destino, observaba cómo este era una total desolación, y las mujeres bien eran subastadas como ganado sexual por el cuerpo de oficiales del terrible destino de Sajalín o bien sus 'maridos' las forzaban a prostituirse por el resto de su vida para así generar un ingreso extra.

Suponía también la muerte civil de la mujer, que no podía volver a la parte europea de Rusia, ni siquiera a reunirse con sus hijos o a velar por sus muertos

Las condiciones de los niños no eran mejores, alcanzándose tasas de mortalidad superiores al 50% tan solo en el trayecto en condiciones infernales (niños de 10 años eran forzados a caminar 30 kilómetros diarios), que convivían con todo tipo de abusos y tropelías. Muchas niñas eran vendidas como esclavas sexuales por sus padres convictos de Sajalín, registrándose como consecuencia infecciones documentadas de sífilis en niñas desde los nueve años. Como afirmaba Chejov tras su visita a esta isla, si en la vida el ser humano tiende a alegrarse cuando nace un niño, en Sajalín la llegada de un niño iba acompañada de enormes lamentos, sabedores del terrible destino que los esperaba.

Para cuando estas caravanas de la muerte alcanzaban su destino, los 'elementos dañinos' se habían convertido en una muchedumbre de hambrientos plagados de enfermedades, robos, asesinatos y prostitución. La población autóctona siberiana vio cada vez con peores ojos a este terrible flujo migratorio, y en muchas ocasiones se produjeron episodios de enorme violencia entre unos y otros. La administración zarista, presa de su incompetencia y corrupción, amplificó la tragedia. Así, entre 1820 y 1850, de los 11 gobernadores que tuvo Tobolsk, la ciudad por la que pasaban hacia el exilio los convoyes, cinco fueron depuestos por corrupción.

Fueron incorporándose socialistas, anarquistas y comunistas, y Siberia se convirtió en un campo de ideas antizaristas que se extendió a la zona europea

Entre los exiliados se encontraron desde 1825 elementos políticos, al principio oficiales aristócratas 'decembristas' que intentaron derrocar al zar para imponer una constitución y acabar con la servidumbre. Poco a poco fueron incorporándose otros elementos, como socialistas, anarquistas y comunistas, y Siberia se convirtió en un inmenso campo de ideas antizaristas que pronto se extenderían a la parte europea. Paradójicamente, una idea de un obispo, ejecutada inútilmente por una administración zarista, sembró los elementos revolucionarios que triunfaron en 1917 dando paso a otro de los regímenes más abyectos del siglo XX, y que paradójicamente industrializó el sistema de la deportación, mutando el interés de 'repoblar' por el de “exterminar mediante el trabajo”, objetivo que consiguieron los bolcheviques con un mínimo de 12 millones de muertos en los campos siberianos, infierno expuesto por Solzhenitsyn en 'Archipiélago Gulag'. El número total de víctimas del comunismo soviético si se incluyen las purgas políticas y las hambrunas genocidas provocadas por Stalin asciende a más de 20 millones.

Uno de estos exiliados fue Fedor Dostoievsky, quien el 22 de diciembre de 1849 fue conducido con un grupo de amigos a una explanada nevada como consecuencia de su simpatía por el socialismo de Fourier. Se simuló un fusilamiento, algo que provocó la locura eterna de uno de los compañeros del escritor. La ejecución fue abortada, y el grupo conducido al exilio, experiencia de la que Dostoievsky se basó para escribir 'La casa de los muertos', trágica novela del XIX hoy plasmada en historia por Beer, historia en la que se revive una vez más la abyección del totalitarismo a través de los sufrimientos del ser humano.

*'House of the Dead', Daniel Beer, Knopf, Nueva York, 2017.

El Observatorio del IE

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