El Médico Imaginario y el Enfermo a Palos

El Rey Sol vive en la pompa de Versalles rodeado de una aristocracia rendida y deslumbrada. En torno a él se ha hecho una increíble unidad

El Rey Sol vive en la pompa de Versalles rodeado de una aristocracia rendida y deslumbrada. En torno a él se ha hecho una increíble unidad de gusto y de espíritu: artistas, intelectuales, nobleza y alta burguesía coinciden en todo con el monarca. Tiempos de esplendor para farsas y comedias bufas que retrataban sobre el escenario toda suerte de cortesanos corruptos, noblecitos provincianos, aduladores y mentecatos. Retruécanos de satírico realismo al dibujar intereses creados, vicios del discernimiento e intrigas desventuradas. El ridículo como castigo de un esperpento continuo que, aún hoy, viene representándose sin necesidad de acudir a corral alguno, pues basta con asomarse al balcón de la vida cotidiana ataviado de espectadora indiferencia.

 

Así, mientras a este lado del Atlántico se aguarda, con impaciencia y singular escarnio, la conjunción de astros ante el ansiado acontecimiento planetario; a orillas del Potomac, el personaje del año saborea entre bastidores sus vanos aplausos de crítica y público. Quelle troupe. Quizá, tanta estimación propia y ajena sea la causa de esa disonancia cognitiva, confusa y revisionista, de la que suele hacerse gala, para mayor inri, a la hora de (re)diagnosticar padecimientos cuya etiología, además de evidente, deja escaso margen a la interpretación. Un despropósito sólo explicable por la necesidad de curarse en salud, hilando un subterfugio convincente para cuando toque evaluar sus propios remedios de galeno fatuo, a modo de ataque preventivo en su particular War on Depression. Aunque resulte habitual, incluso comprensible, la adaptación del discurso, atendiendo bien al auditorio, bien a la mano que mece la cuna, nada justifica tamaña tergiversación de la realidad, ni siquiera el necio corporativismo al servicio de una supuesta lealtad institucional adulterada y mal entendida.

 

Y es que provoca, cuando menos, estupefacción comprobar que la culpa, ahora y siempre, es del chachachá. Contingencias geoestratégicas, contexto macro, y la sacrosanta Regla de Taylor como manidas coartadas para una política monetaria acomodaticia; al tiempo que se cargan las tintas sobre la exhuberancia irracional ladrillera en torno a la hipótesis de la superabundancia del ahorro y flujos de capitales desde países emergentes, fallos regulatorios, innovaciones financieras, y exotismos hipotecarios. Pese a los temerarios tipos de interés reales negativos, se porfía sin sonrojo que los vínculos entre política monetaria y burbuja inmobiliaria en la última década son débiles. Menudo disparate. Tal vez necesitase aumentar sus dioptrías, o directamente ampliar el garaje para poder aparcar, además del helicóptero, el platillo volante. Tampoco estaría de más un garbeo ilustrativo para darse cuenta que en todos sitios cuecen habas.

 

Incluso desde la afinidad del inner circle se argumentaba que la política monetaria afecta al mercado inmobiliario a través de, al menos, seis canales: directamente a través de las consecuencias inmediatas en el coste del capital, las expectativas de los futuros movimientos de precios, y la oferta de vivienda; e indirectamente, mediante los efectos riqueza, del balance y crédito sobre el gasto de los consumidores, y los correspondientes sobre la demanda de vivienda. Y si acaso quedase alguna duda: una política monetaria expansiva en forma de tipos de interés más bajos estimulará la demanda de vivienda, lo que hará subir sus precios, aumentando la riqueza patrimonial, avivando el consumo de los hogares, y la demanda agregada. El efecto riqueza del ciclo vital a través de los precios inmobiliarios es, por tanto, un importante elemento del mecanismo de transmisión monetaria. Blanco y en botella. Sin embargo, el empeño en tipos too low for too long sigue abonando un desastre proporcional a los excesos previos, del que luego nadie deseará hacerse responsable, y cuyas consecuencias terminan pagando, con palos sobre el lomo, los de siempre.

 

En cualquier caso, y habida cuenta la actual complejidad de los desequilibrios globales, resulta imprescindible desentrañar causas y síntomas, afinando el diagnóstico e incorporando a la cataplasma los tres ingredientes principales de las burbujas especulativas: liquidez abundante, boom crediticio & apalancamiento, e ingeniería financiera. Añádase sin mesura una política monetaria asimétrica, condescendiente y pasiva durante su gestación, e insultantemente proactiva en su pinchazo, que contribuye, cual tóxico placebo, a imbuir esas expectativas dogmáticas basadas en que los precios de los activos sólo pueden subir, el riesgo de reversión es mínimo o nulo y, en caso de oírse un crac, se acudirá presto al rescate para evitar que el chiringuito se venga abajo. Señales falsas, riesgo moral, vencimientos estructurados, y a distribuir fantasías fiduciarias, según el habitual recetario de cazar o ser cazado, confiados en que cada minuto nace un primo.

 

El trasfondo, como podrán imaginar, continúa siendo el dilema del dollar standard y su enquistado privilège exorbitant, esa insostenible dinámica de oferta y demanda de divisa de reserva global, inconsistente con el objetivo implícito del mantenimiento de su poder adquisitivo in sécula seculórum. Entre reducir su disponibilidad, restringiendo el crecimiento económico mundial, o una devaluación continua, empobreciendo a sus tenedores y abocando al colapso financiero, parece haberse elegido la segunda opción. Patada a seguir, hasta que dure, y todos detrás en comandita. Ya sólo restan jaculatorias y encomiendas varias, por si fuese posible consensuar algo de cordura y buena voluntad en favor de una transición ordenada, que sigue ganando adeptos, mientras vivimos de prestado. Cuestión de dinero, la trama esencial de un teatro cuya función permanente mantiene en cartel la imperiosa necesidad de volver a acotar su concepto, papel, y honestidad. 

 

Un cuento de nunca acabar en el que las élites regentes marean la perdiz a su antojo, tomando ventaja de esmerada desinformación, mansa credulidad, y las sinergias del efecto Forer. Discursos fingidos, cuestionables e imprecisos, son aceptados como verdaderos, plausibles, en función de la supuesta autoridad de quien los presenta, de un contenido aparentemente caracterizado, favorable al refuerzo de las propias creencias, complaciente con los anhelos. Un hermoso paisaje de lugares comunes por el que sentirse atraído, al que viajar, siquiera por  cómodo mimetismo. Y así va el mundo. Muchos adquieren opinión de doctos, no por lo que efectivamente saben, sino por el concepto que forma de ellos la ignorancia de los demás.

 

 

A mi abuela Társila (24/12/1909 - 15/12/2009). Por tantas cosas...

El Teatro del Dinero
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