Otra tierra prometida

La reciente cumbre del G20 ha vuelto a convertirse, una vez más, en ese privilegiado escaparate desde el que seguir vendiendo confianza. Si el año pasado

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    La reciente cumbre del G20 ha vuelto a convertirse, una vez más, en ese privilegiado escaparate desde el que seguir vendiendo confianza. Si el año pasado por estas fechas el G8 trataba de despacharnos un nuevo mundo feliz trufado de verdor y febriles papelillos, en esta ocasión, enfrentar de nuevo la cruda realidad sin pérdidas adicionales de credibilidad precisaba cocinar un mensaje de unidad en la desunión. La evidente divergencia entre actitudes y aptitudes, más allá de la tradicional photo opportunity e insufrible declaración final, terminaron por forzar un acuerdo vago e impreciso sobre la base del absoluto desacuerdo. Y tan contentos. 

     

    De las profundas diferencias puestas de manifiesto entre los big players, cabría destacar en primer lugar el aparente fracaso de la Administración USA en lograr su triple objetivo: obtener apoyo incondicional a la siniestra trilogía de tipos cero, estímulos, y deuda; acallar las invocaciones de Rusia y China para socavar el papel del dólar como divisa líder de reserva internacional; y concitar interés por la green economy como tabla de salvación e inédito gancho emocional para la redistribución de riqueza hacia países emergentes. Bluf. La búsqueda de cómplices que secunden a Bernanke & Co en su empeño de proporcionar otra ronda expansiva, de ésas que siempre terminan pagando contribuyentes y ahorradores, ha topado con la rotunda negativa del eje europeo, abonado sin remedio a una inaplazable austeridad fiscal, incluyendo, ahora sí, a Reino Unido. El vínculo transatlántico, en descubierto. El humo del fuego periférico, aventado desde la propia City y amenazando con volverse en contra, aconsejaba poner las barbas en remojo sin demora, sobre todo después de comprobar lo rápido que pasa el tiempo, y cuán peligrosa resultó la efímera estrategia sureña del ya lo pensaré mañana.

     

    Por su parte, el anuncio chino previo a la cumbre respecto a la flotación del yuan, sin especificar en qué medida ni cuándo, conseguía liberar tensiones y evitaba convertirlo en frente común y chivo expiatorio sobre el que cargar las tintas. Además, el compromiso de relajar la presión en contra del exorbitante privilegio del dólar, atemperando las iniciativas en favor de una superdivisa que comprenda también al rublo, y las protestas salariales internas, de particular relevancia en subcontratas norteamericanas, parecen haber sido determinantes en la obtención de una inmediata recompensa. Sin embargo, la estrategia rusa de acudir a Toronto con el ambiente ya caldeado no ha pasado inadvertida, en especial a la hora de valorar esas curiosas casualidades que ocurren bajo la diplomacia de hamburguesa, con souvenirs de la guerra fría oportunamente servidos entre jugosos panecillos. Una cuestión que tiene más miga geopolítica de lo que pudiera parecer, a tenor de un eje geoestratégico que sigue desplazándose hacia el este en medio de una creciente inestabilidad, favoreciendo que los distintos acercamientos y disensiones de los principales actores devengan cada vez más explícitos, y la política de gestos ceda el paso a la de hechos consumados.

     

    En todo caso, las vanas esperanzas puestas en China como motor del crecimiento global, pese a representar sólo el 6% de la economía mundial, fueron al parecer acreedoras de singular atención. Aunque las autoridades del gigante asiático están tratando de enfilar pista para un soft landing, antes de que presiones inflacionistas y salariales terminen por matar la gallina de los huevos de oro, el G20 estaría encantado de que se convirtiese en el epicentro del próximo boom, según dicen, sostenible y sin burbujas. No obstante, la enajenación mental inmobiliaria ya en marcha y la profunda metamorfosis social que lleva aparejada, unidas a una sobreinversión en infraestructuras, exceso de capacidad, y creciente degradación medioambiental, cercenan cualquier perspectiva optimista de un aterrizaje suave. La pregunta del millón sigue siendo si un menor crecimiento será aún suficiente para no poner en peligro empleo, posición fiscal, y estabilidad social, con todo lo que ello supondría, habida cuenta que la reciente apreciación del yuan y la promesa de una mayor flexibilidad futura atenúan los apremios cambiarios, redirigiendo el interés hacia el plano comercial y arancelario, con el aumento del proteccionismo como telón de fondo.

     

    Pero es la súbita manía europea por la austeridad la que provoca una mayor controversia. El argumento básico es que, tratándose de recortes presupuestarios relativamente modestos, en torno al 1% del PIB esperado de la Eurozona en 2011, 0’2% del PIB mundial, quedarían descartados como culpables de devolvernos a una recesión a la que estaríamos abocados de todas formas, aunque ello no impedirá que al final sean señalados como su causa primordial. El desvanecimiento del espejismo económico actual aumentará el gap fiscal y el riesgo de default, cuya versión light vía inflación convertiría a la monetización en el recurso de primera instancia de la política monetaria, dado que, para entonces, la progresiva dificultad de recobrar el control de las finanzas públicas se habrá tornado en incapacidad permanente. En estos términos, los partidarios de la línea keynesiana, abanderados en torno a Krugman, tildan de paranoicos a quienes proclaman las serias implicaciones inflacionistas de la brecha fiscal, agrupados alrededor de Weber. Así, los krugmanitas cantan las excelencias de los continuos estímulos, prometiendo una tierra de leche y miel a los gobiernos que se avengan a políticas expansivas, mientras auguran el averno de la depresión deflacionista a aquellos locos que, pudiendo aún colocar su deuda, promuevan una consolidación presupuestaria que dificulte o paralice la recuperación.  

     

    Los weberianos, a su vez divididos en reticentes, abonados a la austeridad bien a su pesar, y voluntarios, convencidos abiertamente de sus bondades, aducen en cambio que son las políticas inflacionistas de los krugmanitas las que nos han traído hasta aquí, y que cuanto antes se detengan, mejor. Ambas posturas sólo coinciden en considerar que el dolor generado por sus respectivos recetarios resultará inferior que el del contrario, pero en todo caso supondrán sacrificios y sufrimiento intensos, incluyendo enormes costes políticos, capaces de romper la paz social e inclinar la balanza en función de criterios ajenos al sentido de Estado. ¿Solución? Obedecer los 10 mandamientos propuestos para conciliar ajustes fiscales, estabilidad financiera, y crecimiento económico. Un ejercicio de funambulismo que, a estas alturas, resulta difícil creer que pueda obrar milagros, pues la conversión a ese virtuosismo tampoco garantiza el camino hacia la nueva tierra prometida, si es que existe tal y como se vende...

     

    PS: Disfruten del merecido descanso...

     

    El Teatro del Dinero
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