La verdadera lección de la crisis que Podemos olvida

Nacho Álvarez es presto a la hora de responsabilizar al mercado de todos los males de la crisis, pero renuente a exponer que el intervencionismo monetario de los estados envenena

Foto: Vista del Banco de España y la calle Alcalá. (Shutterstock)
Vista del Banco de España y la calle Alcalá. (Shutterstock)

La semana pasada, el secretario de Economía de Podemos, Nacho Álvarez, publicó en estas páginas un artículo donde se hacía eco del reciente informe del Banco de España sobre la crisis financiera. De acuerdo con Álvarez, el regulador no ha reflejado en su informe cinco lecciones muy importantes que, en cualquier caso, todos deberíamos extraer de la depresión: primera, la crisis todavía no ha terminado; segunda, no solo las cajas fueron víctimas del fiasco burbujístico, también los bancos; tercera, los mecanismos de supervisión no fueron eficaces; cuarta, las ayudas estatales también fueron recibidas por entidades privadas, y quinta, el sistema financiero español ha sido el que más rápidamente se ha concentrado de toda Europa.

Se olvida mencionar el secretario de Economía de Podemos aquella lección que debería haberse convertido en clave tras el estallido de la crisis económica, a pesar de que el Banco de España tampoco le otorga en su informe la importancia que debiera: a saber, las fortísimas distorsiones financieras y productivas que genera la política monetaria expansiva de los bancos centrales. Álvarez es presto a la hora de responsabilizar al mercado de todos los males de la crisis (a la “laxitud de la regulación”), pero renuente a la hora de exponer cómo el intervencionismo monetario de los estados envenena, corrompe y distorsiona el funcionamiento del mercado.

Al respecto, incluso el Banco de España, a regañadientes y en contra de su propio sesgo ontológico, se ha visto forzado a reconocer que la laxitud monetaria que impulsaron los bancos centrales occidentales a partir de 2001 alimentó la burbuja de endeudamiento, y esta, a su vez, la burbuja de activos:

El avance de la economía mundial se vio puntualmente afectado por la crisis de las empresas tecnológicas y por los atentados terroristas de Estados Unidos, en 2001. Sin embargo, las principales economías avanzadas respondieron a dichas tensiones con políticas monetarias expansivas, que propiciaron, en parte, una continuación del ciclo financiero alcista, con crecimientos continuados del crédito y del precio de algunos activos, incluyendo, en un buen número de economías avanzadas, el de los bienes inmobiliarios.

En otras palabras, entre 2002 y 2005, los bancos centrales rebajaron hasta mínimos históricos sus tipos de interés de intervención para así abaratar el coste de refinanciación a corto plazo de las entidades financieras en el mercado interbancario. Merced a esta provisión privilegiada de liquidez a la banca, esta pudo expandir —a su vez abaratadamente— su oferta de crédito a largo plazo hacia el ladrillo, incentivando el consabido sobreendeudamiento de familias y empresas que, inevitablemente, fue acompañado de la consecuente inflación de los activos inmobiliarios y de la concentración de factores productivos en la industria de la construcción y en el resto de actividades complementarias.

Cada banco debería ser responsable de la gestión de su propio riesgo de liquidez y ninguno debería detentar el poder para socializarlo entre ciudadanos

Fueron los bancos centrales occidentales quienes sentaron las bases de los desequilibrios económicos que asolaron la economía mundial a partir de 2002. Blanquear su responsabilidad únicamente sirve para ocultar los tres grandes vicios que aquejan a nuestro sistema financiero y que lo condenan a experimentar recurrentes ciclos de auges y depresiones. Primer vicio: los privilegios estructurales de los que disfruta la banca privada merced a su acceso irrestricto a la financiación que le proporciona el banco central para protegerla frente a todo riesgo de iliquidez. El segundo, derivado del anterior: dado que el banco central protege a la banca privada del riesgo de iliquidez, esta se siente incentivada a endeudarse a corto plazo y prestar a largo plazo (transformación de plazos), esto es, se siente incentivada a invertir a un plazo mucho más largo que aquel al que sus financiadores están dispuestos a ahorrar (descoordinación entre ahorro e inversión). Y tercer vicio: una vez los políticos toman conciencia de que pueden manipular los mercados financieros a través de la palanca de la política monetaria, se habitúan a hacerlo de manera regular para influir sobre el resultado electoral (ciclo económico-político).

El paso indispensable para avanzar hacia un sistema financiero mucho más sano sería erradicar todos estos injustificables privilegios de los que a día de hoy disfruta la banca privada y que son la causa profunda de los pingües beneficios que habitualmente cosecha. Cada banco debería ser responsable de la gestión de su propio riesgo de liquidez —manteniendo una cierta coherencia entre la liquidez de sus fuentes de financiación y la liquidez de sus inversiones— y, en consecuencia, ningún banco debería detentar el poder para socializar, a través del recurso al banco central, ese riesgo de liquidez entre los restantes ciudadanos.

Nos quieren ocultar la auténtica lección que deberíamos haber extraído de esta crisis, a saber, que debemos separar radicalmente Estado y banca

Paradójicamente, el mayor y más indecente de los parasitismos que ejerce la banca privada sobre el conjunto de la población —y que, para más inri, se halla en el corazón mismo de esta reciente crisis económica— ha sido completamente olvidado por Podemos. Incluso en un momento en el que el Banco de España —un banco central nacional corresponsable de la catástrofe comunitaria— empieza a entonar el mea culpa, los de Podemos prefieren contemplar el dedo antes que elevar la vista hasta la Luna. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que un partido tan presuntamente opuesto a las oligarquías económico-financieras desvíe la atención desde el principal foco de latrocinio y de descoordinación económica actualmente existente en nuestra banca?

Pues porque, en el fondo, Podemos sabe que Estado y banca se necesitan mutuamente para medrar a costa del resto de la sociedad. La banca logra del Estado un conjunto de privilegios jurídicos que le permiten socializar sus riesgos y sus potenciales pérdidas entre los ciudadanos; el Estado logra de la banca un torrente de financiación barata que le permite sufragar un volumen de gasto apalancado muy superior al que podría impulsar en su ausencia. Un perverso maridaje del que ambos salen ganando y del que la población resulta perdedora neta. De ahí que los de Pablo Iglesias se mantengan silentes ante la verdadera mordida con la que nos castiga la banca: porque nos quieren ocultar la auténtica lección que deberíamos haber extraído de esta crisis, a saber, que debemos separar radicalmente Estado y banca.

Laissez faire

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