¿Son inevitables los ciclos económicos?

Probablemente estén ustedes cansados ya del ciclo actual que dura unos años y en el que últimamente no ganamos para sustos. Y si tienen una cierta
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    Probablemente estén ustedes cansados ya del ciclo actual que dura unos años y en el que últimamente no ganamos para sustos. Y si tienen una cierta edad, es posible que hayan vivido más de un ciclo recesivo, por lo que a lo mejor les sorprende la siguiente afirmación: la economía no tiene por qué ser necesariamente cíclica. Si entendemos esto, es posible que descubramos las claves, no sólo para acabar con la crisis actual de una vez por todas, sino para no volver a vivir episodios de este tipo nunca más.

     

    En efecto, mientras que los amantes del intervencionismo, desde Marx y Keynes a Krugman, tratan de convencernos de que las crisis son fenómenos consustanciales al capitalismo y, por tanto, consecuencia de la actividad empresarial, del laissez-faire y de la falta de regulación que deben ser “corregidas” por el estado, otros economistas como Mises o Hayek nos enseñaron hace ya tiempo que los ciclos económicos no son inherentes a la economía de mercado.

     

    Y es que, en el fondo, los ciclos se originan porque los gobernantes y los economistas que les proporcionan las bases teóricas a sus políticas, sean de corte intervencionista keynesiano o liberales monetaristas a la Friedman, suelen ignorar dos ideas económicas estrechamente relacionadas. La primera, que los tipos de interés no son un instrumento de política monetaria sino un fenómeno de mercado que refleja la valoración, siempre subjetiva, que realizamos los individuos de los bienes presentes con respecto a los bienes futuros. Y la segunda, que ahorro e inversión son las dos caras de una misma moneda: no puedo invertir ni un euro más de lo que ahorro. En una economía sólo hay disponible para invertir la parte de las rentas que los individuos han renunciado a consumir hoy para consumirla en un futuro.

     

    Los tipos de interés son un fenómeno de mercado

     

    Permítanme profundizar un poco más en estas dos ideas.

     

    Por un lado, el tipo de interés es el resultado de un proceso de mercado equivalente a aquél por el que se determinan los precios de los demás bienes y servicios. Un proceso por el que los ahorradores, que prefieren gastar su dinero en el futuro a hacerlo hoy, se lo ofrecen a los inversores, que lo necesitan ahora, a cambio de una tasa de interés que acuerdan voluntariamente.

     

    Así, en una economía no intervenida, los tipos de interés bajan cuando ahorramos más de lo que solíamos hacerlo. Dicho de forma simple: hay más demanda de plazos fijos y por lo tanto su “precio” tenderá a subir-bajan los intereses. De este modo, el mercado envía una señal nítida a los empresarios: hay más ahorro disponible para invertir. Esto se refleja en un aumento del valor actual neto de los proyectos de inversión, que pasan a ser rentables al reducirse la tasa a la que los empresarios descuentan los flujos de caja previstos.

     

    Por lo tanto, cualquier manipulación de los tipos de interés, y la intervención de los bancos centrales lo es, distorsiona el proceso de toma de decisiones de los agentes, al igual que ocurre con el precio de cualquier producto. Y estos casos siempre concluyen con consecuencias no deseadas y generalmente opuestas a las perseguidas.

     

    Ahorro e inversión son las dos caras de la misma moneda 

     

    Por otro lado, con la excepción de la porción mínima que se atesora —se guarda en el calcetín—, el ahorro generado en la economía, tiende a ser canalizado a través del sistema financiero —los mercados— hacia los proyectos de inversión que acometen los emprendedores y que, a la postre, son los que generan el ansiado crecimiento económico.

     

    Lo que consumimos, por definición, no lo podemos ahorrar. Y lo que no se ahorra no se puede invertir. Porque de donde no hay, no hay. Ni se va a dar el milagro keynesiano de convertir piedras en pan ni la falsa amenaza de una invasión alienígena nos va a sacar de la crisis. Es el ahorro individual y no el consumo, como pretenden convencernos los seguidores de Keynes, lo que hace que una economía crezca de manera saludable. La creencia contraria es la que hace que nos encontremos como nos encontramos y no terminemos de levantar cabeza.

     

    Sin embargo, todos los ciclos que terminan con una profunda recesión se caracterizan porque arrancan con una fase de euforia —de exuberancia irracional según Greenspan— en la que se inician más proyectos de inversión que ahorro existe para suministrar los recursos necesarios para concluirlos con éxito. Este error se produce porque nos trastocan la importante brújula que suponen los tipos de interés en una economía libre y no intervenida.

     

    Pero no se puede estar en misa y repicando. No podemos estar ahorrando y consumiendo a la vez. Aunque tardemos años o décadas, tarde o temprano descubrimos el error —o el engaño— y entonces se produce la debacle. En algún momento nos damos cuenta de que hay proyectos que en la vida tendrán la rentabilidad esperada y que hay otros que ni siquiera se podrán acabar —y con ellos, créditos que nunca se devolverán. Y entonces la expansión se frena en seco y nos estampamos todos contra el parabrisas de la realidad.

     

    A partir de ahí ya conocemos la historia: crisis financiera con rescates y quiebras de bancos a la que le sigue la crisis de la llamada economía real e intentos públicos por todos los medios de frenar la crisis, tanto con planes de estímulo monetario —como los sucesivos quantitative easings de Bernanke o las inyecciones de liquidez del BCE— como con planes de estímulo fiscal —como nuestro PlanE para hacer rotondas o el Stimulus Package de Obama—, que han terminado drenando la propia solvencia del sector público y, lo que es peor, asfixiando cualquier tímido brote verde del sector privado.

     

    Por tanto, la depresión es consecuencia, esta sí inevitable, de la intervención del estado en el mercado del dinero y del crédito y la única medida para evitarla —y salir de la crisis— es renunciar a ella. Si existiera valentía política y visión a largo plazo, podrían acabarse con los ciclos económicos tal y como los conocemos hoy.

    Monetae Mutatione
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