Apoplitorismofobia (o miedo irracional a la deflación)

Seguramente, bien de niños, bien de mayores para sus hijos, sobrinos o nietos, han hinchado más de un globo de los de colores que se cuelgan en las fiestas

Seguramente, bien de niños, bien de mayores para sus hijos, sobrinos o nietos, han hinchado ustedes más de un globo de los de colores que se cuelgan en las fiestas infantiles. Si, además, les tocó alguno que venía pinchado por defecto de fábrica, notarían al soplar que este empezaba aumentando de volumen para, en seguida, detener su crecimiento y volver a desinflarse –salvo que hayan seguido soplando y se hayan desmayado por hipoxia–.

Si se hubieran empeñado en hincharlo a toda costa utilizando un compresor neumático, lo más seguro es que el globo sí que habría crecido rápidamente para terminar estallando. Pues bien, algo parecido es lo que están intentando los bancos centrales y sus políticas inflacionistas con la actualmente pinchada economía.

Este es el caso de la decisión del BCE, anunciada por Mario Draghi la semana pasada, de reducir los tipos de interés de referencia del 0,5% al 0,25%, acercando la política monetaria de la Eurozona, siquiera en parte, a la locura inflacionista desatada de otros bancos centrales como la Fed, el BoJ o el BoE. Mucho se ha comentado sobre los motivos de esta medida que pocos esperaban que se tomara tan pronto –se preveía hacia final de año– y poco queda por añadir. Permítanme que me remita al resumen que hacía McCoy en El Confidencial de los tres grandes argumentos para la rebaja de tipos: (I) responder a la amenaza de deflación, (II) evitar una apreciación del euro frente al resto de divisas, y (III) como balón de oxígeno a parte del sistema financiero.

Sea uno u otro motivo o, lo más probable, una combinación de todos ellos, lo cierto es que desde que estallara la burbuja allá por 2008, nuestros líderes económicos así como los teóricos, tanto keynesianos como monetaristas, que les proporcionan el soporte intelectual a sus políticas, adolecen del mal que el economista de la escuela austriaca, Marc Thorton, acuñó con el término apoplitorismofobia. El que lo padece sufre un miedo irracional a la deflación y, más concretamente, a los efectos que sobre la economía pueda tener un descenso del nivel general de precios –concepto, por cierto, sumamente abstracto e inexistente fuera de los simplificados modelos macroeconómicos–. Es decir, pánico a que el globo pinchado se deshinche.

Hay que concederles que el temor, en parte, es fundado. Ya hemos comentado en más de una ocasión que la economía está actualmente sometida a tensiones deflacionistas: (a) liquidación de las malas inversiones de la época de falso esplendor, (b) desapalancamiento a marchas forzadas de familias y empresas, (c) incremento de la morosidad, y (d) restricción severa del crédito para reconstruir los balances bancarios.

Incluso podría admitirse una quinta fuerza deflacionista, aunque a mi juicio de menor intensidad, consistente en (e) la retirada de la circulación de efectivo por los agentes económicos para atesorarlo fuera del circuito financiero –que es una forma refinada de referirse al dinero en el calcetín–. El globo está, en efecto, pinchado.

Pero permítanme recordarles, como también he tenido ocasión de compartir con ustedes antes, que este no es sino el proceso natural de depuración de los excesos cometidos durante la expansión previa del crédito que, de no verse cortocircuitado sistemáticamente por la intervención política, debería concluir, vía el ajuste a la baja de los precios relativos, en una reordenación de la estructura de capital y una reasignación de los recursos productivos liberados que permita de nuevo el crecimiento sano y sostenible y, con él, la creación de empleo.

Un proceso deflacionario que, por tanto, tiene su origen en la inflación monetaria de la fase anterior del ciclo económico inducido políticamente. Para el economista David Howden, "el fenómeno que atemoriza tanto a banqueros centrales del mundo y contra el que han acordado luchar con todo su poder es una creación de sus propias manos". Porque, como estableció Murray Rothbard en su manual de economía, citado por el mismo autor, "la inflación es el acontecimiento principal y el propósito esencial de la intervención monetaria. No puede haber deflación sin que se haya producido una inflación en algún periodo previo de tiempo".

Sin embargo, la corriente dominante de pensamiento económico, obviando el hecho de que este proceso tiene su origen en su propia manipulación de la economía y apoyándose en una errónea interpretación de los acontecimientos de la Gran Depresión de los años 30 –como la de Milton Friedman y Anna Schwartz–, siente pavor ante cualquier episodio deflacionario pues, en su razonamiento defectuoso, tiende a sobrevalorar patológicamente las consecuencias del descenso generalizado de los precios.

Su lógica es muy simple y aparentemente atractiva. Ante una reducción generalizada de los precios, los agentes económicos alimentan la expectativa de que estos seguirán bajando, aplazando sus decisiones de compra pensando en hacer sus adquisiciones más adelante de forma más barata.

Entrando en un circuito de realimentación positiva, este descenso de la demanda tiende a acentuar la caída de precios, reforzando, a su vez, las expectativas deflacionistas de la población. Las menores ventas provocan una pérdida de rentabilidad de los productores, que despiden masivamente, agudizando la reducción del consumo, metiendo a la economía en un círculo vicioso y, por tanto, sumiéndola en una depresión.

Obsesionados con su visión del consumo como motor de la economía, y obviando con sus modelos formales, característicos de su concepción mecanicista de la economía, algunas de las leyes elementales de la acción humana –como la ley de la preferencia temporal, que predice que el consumo no se puede postergar indefinidamente–, los apoplitorismófobos, con perdón, inflacionistas por definición y amantes del intervencionismo político y de las trampas al solitario, proponen romper este círculo vicioso inoculando dinero de nueva creación en el sistema para lograr artificialmente el ansiado crecimiento. Creen que la solución es seguir soplando hasta que el agujero del globo se cierre solo.

De ahí sus esfuerzos en expandir el crédito con tipos casi cero y dando barra libre de liquidez a la banca –BCE–, o directamente en 'imprimir' para comprar activos financieros –Fed, BoJ–. La cuestión es que, tal y como dejó dicho Ortega y Gasset, los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía. Y ahí tienen a Japón y sus dos décadas perdidas. Aún siguen intentando alcanzar la prosperidad mediante la devaluación, cuando todo lo que están consiguiendo es empobrecer una sociedad próspera.

Pero el mayor riesgo está en cómo puede terminar este experimento monetario de tipos de interés cero, acumulación de deuda y expansión desenfrenada del balance de los bancos centrales. Como apunta Daniel Lacalle en su nuevo libro que ha visto la luz esta misma semana, "es enormemente peligroso crecer la masa monetaria un 38% para crecer un 2,5%".

Es decir, podemos tirarnos, como los japoneses, décadas soplando para apenas mantener el mismo volumen. Pero como, empeñados en que crezca de tamaño, nos pasemos con el compresor, es posible que la presión del aire, la delgadez del látex expandido y el aumento de diámetro del agujero por efecto de la expansión terminen por hacer explotar el globo y el experimento acabe siendo ser un drama.

(1)  Murray N. Rothbard, El hombre, la economía y el estado, Unidad Editorial.

(2)  Daniel Lacalle, Viaje a la libertad económica, Deusto.

Monetae Mutatione
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
26 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios