La senda del pasado y los retos del futuro para la socialdemocracia europea

Si la socialdemocracia en España y en Europa tiene hoy un sentido, que es lo mismo que decir que tiene un futuro, será sobre los cimientos de aquel edificio construido tras la II Guerra Mundial

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En una afirmación poco conocida, el canciller Bismarck declaró en 1889, tras la aprobación por el Parlamento alemán de la ley que establecía el primer sistema público de pensiones en un país europeo, que el auténtico objetivo de aquella reforma no era otro que “expulsar a estos monstruos de la vida política”. Aquellos monstruos no eran otros que los socialdemócratas alemanes, el SPD, que durante los años anteriores había desencadenado una gran movilización contra el trabajo infantil y en favor del establecimiento de seguros obligatorios contra los accidentes de trabajo y la pobreza en la jubilación.

La historia no dio la razón al canciller alemán. Es verdad que su iniciativa terminaría configurando una de las señas de identidad de la historia europea a lo largo del siglo XX: el impulso de la cohesión social a través de sistemas de bienestar, la protección de los derechos y libertades de sus ciudadanos y el acceso a bienes públicos fundamentales, como la educación, la sanidad, el apoyo a la vivienda, la cobertura del desempleo, o la regulación de derechos en el trabajo, hasta límites que casi nadie creía posibles en aquellos tiempos. Y sin embargo, el objetivo confeso de reducir la creciente fuerza de la socialdemocracia alemana haciendo realidad una de sus grandes reivindicaciones resultó un inmenso fracaso. A lo largo del medio siglo que transcurrió desde entonces hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial prácticamente todos los países europeos tuvieron en algún momento gobiernos socialdemócratas. Bismarck no vivió para contemplar que uno de los más duraderos fue precisamente el Gobierno socialdemócrata del Estado Libre de Prusia, que solo finalizó tras su disolución por el Gobierno de Von Papen meses antes del ascenso al poder de Hitler y el hundimiento de la República de Weimar.

El camino que llevó a la expansión general del Estado de bienestar en Europa estuvo plagado de dolor y guerra. Al fin y al cabo, el Informe Beveridge, la Conferencia de Bretton Woods o el Plan Marshall pueden también ser contemplados como el reconocimiento de los tremendos errores que llevaron a una Segunda Guerra Mundial, apenas dos décadas después de que finalizara la primera. Cómo no recordar entre ellos, la incomprensión de los gobiernos europeos durante el periodo de entreguerras de que el mundo había cambiado y que era inútil tratar de volver al patrón oro en medio de sociedades que ya no aceptaban que fueran los salarios y las condiciones de vida las que se ajustaran a las caprichosas e injustas exigencias del mantenimiento de un régimen de tipos de cambio fijo –como el que se derivaba de dicho patrón oro–; la insistencia en que las mejores respuestas a la crisis y la depresión eran un presupuesto equilibrado y una política monetaria estricta; la absurda convicción de que el Estado poco o nada podía hacer para que las economías retornasen a la senda de la recuperación (un error que, salvo por la política llevada a cabo en Suecia a partir de 1932, también compartió la izquierda socialdemócrata y laborista de la época); y, finalmente la expansión del proteccionismo que sucedió a la quiebra definitiva del patrón oro durante la década de los años treinta.

La etapa dorada que sucedió a la Segunda Guerra abrió un nueva época. Por primera vez en la historia, un continente entero, decenas y decenas de millones de personas podían disfrutar plenamente, en medio de un contexto general de progreso económico y técnico, de bienes públicos esenciales, educación y sanidad universales, pensiones, acceso a la vivienda, o sistemas de apoyo al desempleo que hacían posible el ejercicio de la ciudadanía en un marco de libertades cívicas.

Lo que vino a continuación durante el último cuarto del siglo pasado fue una etapa de cuestionamiento intenso de aquellos logros. Los argumentos no eran, ni son, solo económicos (nuestras sociedades, se decía y se dice, no pueden seguir financiando la expansión de los costes del bienestar social), sino que también apelaban a la excepcionalidad histórica: la era socialdemócrata solo fue posible en unas condiciones específicas difícilmente reproducibles como lo eran la experiencia del fascismo, el temor a la Gran Depresión, la aversión al comunismo (más intensa a medida que se conocían los horrores del estalinismo) y el gran auge económico que Europa y buena parte del mundo experimentó tras la Segunda Guerra Mundial.

Aunque España se incorporó tardíamente a esta etapa, a través de un camino no menos doloroso que el del resto de Europa, hoy es una sociedad plenamente integrada en ella. Hay medio siglo de distancia entre la creación en Gran Bretaña del primer sistema de protección de los desempleados en 1911 y el establecido en España a comienzos de la década de los años sesenta del pasado siglo. Pero desde la restauración democrática nuestra economía, y también nuestros niveles de cohesión y bienestar social, han protagonizado un proceso de convergencia intenso con los demás países europeos. Todavía estamos a una distancia apreciable de los más adelantados, pero no debemos renunciar a la idea de seguir avanzando social y económicamente. Fue la democracia, la apertura a Europa, el fin de nuestro aislamiento político y económico y también, por qué no decirlo, más de dos décadas de gobiernos socialistas los que contribuyeron a dar forma a esta nueva etapa. Ya sabemos que hay quien contempla esta parte de nuestra historia como un periodo, un régimen se dice, a cancelar. Pero, contemplada a la luz de nuestro pasado, más vale recordarla con simpatía porque, con toda seguridad, es de lo mejor de nuestra historia común.

Europa, y con ella también los partidos socialistas y socialdemócratas, se encuentra hoy en una encrucijada trascendental. Es también una encrucijada española. Pero en realidad es la misma. Su recorrido está vinculado porque su origen es el mismo. Hay elementos específicos, cómo no. Pero lo importante está en las consecuencias sociales y políticas de la crisis económica.

Como en la Europa de entreguerras, las políticas aplicadas son insuficientes, cuando no contraindicadas. Esa insistencia en la austeridad a toda costa aplicada de forma generalizada en el continente amenaza con acabar condenando a una generación entera en los países más afectados por el desempleo. Para cuando España y buena parte de Europa recupere los niveles de empleo previos a la crisis habrá millones de personas que solo hayan conocido el desempleo y la precariedad laboral durante buena parte de su vida activa. Una política monetaria que ha tenido que esperar casi cinco años en medio de lo peor de la crisis y la expansión de desempleo, para reaccionar con contundencia a la amenaza de ruptura del euro. Una política fiscal que, habiendo recorrido durante las últimas décadas en todos los países desarrollados un camino hacia la injusticia y la evasión masiva, es hoy la gran ausente en el ámbito de una Unión Europea que sigue sin poder desarrollar instrumentos propios para combatir la crisis y adelantar la recuperación. Una moneda única que solo podrá subsistir si de verdad Europa avanza en su integración económica y política, en lugar de insistir en la apertura de enormes fosas de fragmentación y de aversión entre los europeos. Y unas instituciones europeas incapaces de liderar una nueva fase en la construcción europea y enfrentarse de forma abierta a las poderosas fuerzas que hoy están detrás del cuestionamiento del proyecto europeo.

Si la socialdemocracia en España y en Europa tiene hoy un sentido, que es lo mismo que decir que tiene un futuro, será sobre los cimientos de aquel edificio construido tras la Segunda Guerra Mundial. Es un obra vieja, sí, pero todavía sólida. Tras más de tres décadas de ataques intensos sigue en pie. Al fin y al cabo, mantener un equilibrio adecuado entre Estado y globalización, impulsar una era de bienestar y de igualdad social en un marco de crecimiento económico desconocido hasta entonces y saber que esto solo puede hacerse concediendo un papel esencial a la política fiscal no solo fueron rasgos de fortaleza e inteligencia en un siglo, el pasado, turbulento y dramático, sino que constituyen, hoy, piezas imprescindibles para reconstruir Europa tras la crisis.

* Valeriano Gómez, economista y exministro de Trabajo.

* Santos M. Ruesga, catedrático de Economía Aplicada. Universidad Autónoma de Madrid.

Tribuna

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