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Islandia, el mito de la utopía financiera al desnudo

Baldur Bjarnason es un islandés que apenas tiene nada que ver con el mundo financiero salvo por lo que respecta a sus finanzas personales y a
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    Baldur Bjarnason es un islandés que apenas tiene nada que ver con el mundo financiero salvo por lo que respecta a sus finanzas personales y a las de su negocio de diseño de páginas web. Se define como un damnificado más de la diáspora de talento joven que acarreó la salvaje crisis financiera que asoló Islandia en 2008-2009. Actualmente vive en Bristol, Reino Unido.

    Harto de la cuestionable creencia generalizada de que “mi nación mandó al carajo a sus acreedores y al FMI, nacionalizó sus bancos, arrestó a sus directivos, condonó deuda a los particulares y disfruta de una economía en crecimiento” -mantra repetido ad nauseam y que dibuja una utopía que apenas perciben sus compatriotas- ni corto ni perezoso tomó teclado y pantalla y se dispuso a desmontar los mitos que en los últimos años han llevado a movimientos como el de Occupy Wall Street a idealizar la isla.

     

    Fruto de su esfuerzo es un post que ha incendiado la web y al que llego a través del imprescindible Naked Capitalism de Yves Smith: "What is actually going on in Iceland (because I´m tired of you people spreading untruths)". Una entrada extensa y bien documentada en la que, dentro de la ironía que preside todo el texto, se hallan algunas perlas auténticamente únicas... y aparentemente reveladoras (como dice el autor, los hechos son los que son, y como los principios, son innegociables. Otra cosa es la interpretación que se puede hacer de los mismos).

    Por ejemplo, como cuando explica, tras acreditar el intenso papel que sigue ejerciendo localmente el Fondo Monetario Internacional (cuyas recomendaciones han sido implantadas en sectores como el bancario hasta el límite de lo razonable), que fue la incompetencia y estupidez gubernamental la que facilitó, de un modo casual, el que finalmente, y pese a todos los empeños porque tal hecho no sucediera, Islandia no pagara a sus acreedores. El repaso que pega a la clase política local, antigua y reciente, es brutal. En todas partes hornean salmones.

    Otro de los momentos épicos de su crítica -en el que más se enciende, de hecho- se produce cuando aborda la cuestión de la falsa condonación de las deudas a los ciudadanos locales.

    De hecho, recuerda, el importe real de los créditos en moneda extranjera dobló con motivo de la crisis debido a la depreciación de la corona. Y si se ha producido su cancelación es porque los tribunales han determinado la ilegalidad de buena parte de ellos pese –matiz importante- a la oposición ante la Justicia de la Administración Central islandesa. Del mismo modo, subraya cómo el ajuste del techo hipotecario -con eliminación del exceso existente hasta la entrada en vigor de la norma- se fijó en el 110% del valor de la vivienda usada como garantía. Por tanto, los que debían más de lo que tenían no mejoraron su situación. Más bien al contrario, ya que las cláusulas anti-inflación impidieron que los islandeses se beneficiaran de su impacto sobre las deudas en los momentos en los que esta se disparó.

    A ver si les suena su conclusión: “de nuevo, los sensatos y los responsables financieramente fueron castigados en Islandia… por tomar las decisiones adecuadas”. En todas partes manan géiseres.

    Baldur censura igualmente que se hable de una nacionalización bancaria cuando stricto sensu nunca acaeció y denuncia que el paso de las principales entidades financieras locales a manos de sus acreedores en tiempo récord –“oh, vaya, quince meses”- haya cercenado de raíz “cualquier posibilidad de una reforma financiera de calado, a la vez que ha supuesto el fin de buena parte de las investigaciones de fraude, evasión fiscal y otros delitos que se estaban llevando a cabo”.

    Tras una descripción dramática –y a mi juicio excesivamente sesgada- de la situación actual del Estado del bienestar islandés y del renovado poder de la banca sobre el parlamento local, se pregunta: “¿por qué se considera a Islandia el paraíso del progreso cuando no es más que el sueño húmedo del thatcherismo?”. Y concluye: “No lo sé. Solo estoy convencido de que les están mintiendo y de que los islandeses son especialistas en autoengañarse. Si no lo fueran, no se hallarían en este lío”. Anden, por tanto, con ojo con los cantos de sirena nórdicos.

    Se agradecen sus comentarios (no sin antes leer el post original, claro está).

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