Blanco y la conspiración: recurso de perdedores

El ministro de Fomento y vicesecretario general del PSOE, José Blanco, abanderó ayer la defensa del Gobierno ante la granizada política y económica que le está

El ministro de Fomento y vicesecretario general del PSOE, José Blanco, abanderó ayer la defensa del Gobierno ante la granizada política y económica que le está cayendo encima. Dejémoslo en defensa, que no es poco, aunque la idea era pasar al contraataque. Por eso no se le ha ocurrido otra cosa que denunciar una conspiración contra España.

 

Mal asunto. Como síntoma no puede ser peor para la causa política de Zapatero. La teoría de la conspiración siempre fue el asidero natural de los perdedores. O de los fracasados. Y si el más versátil de los ministros de Zapatero echa mano del viejo recurso (de la conjura judeo-masónica a los autores intelectuales del 11-M, que habitan entre nosotros), es que ya se está interiorizando el hundimiento como algo irreversible.

 

La teoría de la conspiración, como la manía persecutoria, el caldo de cerebro o los delirios de grandeza, produce monstruos. Blanco nos dejó ayer una de esas criaturas. Dice que España está siendo víctima de los especuladores, verdaderos causantes de la crisis de 2008, cuyas turbias maniobras se desatan en venganza por las tesis reguladoras de Zapatero. No perdonan que, al igual que Obama, quiera poner orden en los mercados y regular el funcionamiento de sus agentes para impedir que sigan haciendo de las suyas.

 

Según Blanco, toda esta actividad cortoplacista que demoniza a Zapatero y ataca la marca España, se ha agudizado ahora precisamente porque ven que “estamos saliendo de la crisis” y no pueden soportarlo. O sea, que nos tienen envidia. Un andaluz de los de Machado (Manuel) diría que eso es salirse por peteneras. Nunca mejor traída esta muletilla castiza. Castiza y terminal, si tenemos en cuenta el mal fario que acompaña a la petenera. Y por eso digo que recurrir a la teoría de la conspiración equivale a reforzar los argumentos de quienes cantan el principio del fin del segundo reinado socialista.

 

De los especuladores que huelen la carnaza española se puede deducir que son unos carroñeros. O magos del corto plazo, como han dicho Elena Salgado y José Manuel Campa, que ayer estuvieron haciendo bolos en Londres, a los inversores y analistas de la City. Se puede teorizar incluso sobre la posibilidad de que, efectivamente, ciertos poderes financieros quieran darle patadas al euro en el trasero de España. Pero nadie medianamente serio podrá endosar a los tiburones de la Bolsa ni a los analistas del Financial Times el masivo desembalse de dinero público que nos ha dejado a merced de los pescadores en río revuelto. O los resultados, más bien pobres, de las distintas medidas que ha ido tomando el Gobierno para reanimar la economía y fomentar el empleo sin desbordar demasiado la disciplina fiscal de la Unión Europea, cuando seguimos en recesión con insoportables tasas de paro y un alarmante déficit público.

 

En toda conspiración que se precie habita el enemigo exterior, cuyo perímetro siempre es incierto. Difícil de identificar y, por tanto, fácil de inventar. Luego está el enemigo interior, el PP,  en su condición de recambio. Puede hacer una de estas tres cosas: presentar una moción de censura, cooperar con el Gobierno en la saluda de la crisis o seguir recreándose en la diaria descripción de nuestros males. Parece que ha optado por lo tercero, más cerca de la soflama que del razonamiento, como base del discurso político y mediático de su parroquia. O sea, que andamos entre Málaga y Malagón.

Al Grano
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