El nacionalismo adelanta la Diada al 6 de febrero

Un eventual éxito de crítica y público convertiría la movilización en lanzadera de una convocatoria anticipada del prometido referéndum, prevista en principio para septiembre

Foto: Mas y Junqueras, junto con otros miembros del Govern, acompañan a declarar a Forcadell ante el TSJC. (EFE)
Mas y Junqueras, junto con otros miembros del Govern, acompañan a declarar a Forcadell ante el TSJC. (EFE)

El Govern, partidos independentistas y sus asociaciones civiles preparan una Diada express para el lunes 6 de febrero. Este día comienza en el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña el juicio contra el expresidente de la Generalitat, Artur Mas, la exvicepresidenta Ortega y la exconsejera Rigau por delitos de desobediencia y prevaricación supuestamente cometidos en la consulta ilegal del 9 de noviembre de 2014.

Un eventual éxito de crítica y público convertiría la movilización en lanzadera de una convocatoria anticipada del prometido referéndum, prevista en principio para septiembre. Hablamos de convocatoria, que es el compromiso de Carles Puigdemont. No de celebración, que está prohibida por falta de cobertura legal. Puede ser un matiz decisivo ante los acontecimientos venideros cuando parece inútil esperar un desenlace pactado.

Estos días se ha convertido en un lugar común que la Generalitat quiere acortar el camino hacia la independencia. También puede ser un atajo hacia la frustración y la melancolía de quienes aún creen de buena fe que los planes independentistas desbordarían los mandatos de la razón, el sentido común, la ley, los votos, la historia y la comunidad internacional.

Como se ve, nada nuevo en la agotadora dialéctica de unos y otros respecto a la principal amenaza que planea desde hace cinco años sobre la estabilidad

Esperan los valedores del desafío independentista al Estado que el arropamiento popular a Mas, Ortega y Rigau –candidatos a la inhabilitación–, se refuerce con la reciente operación policial contra la corrupción en su partido, Convergencia Democrática de Cataluña, ahora blanqueado con otro nombre, al grito de “¡Se nos persigue por nuestras ideas!”. Otra vez el agravio como nutriente del sueño identitario.

Y al otro lado de la barricada confía el Gobierno de la Nación, institucionalmente llamado a afrontar el desafío en nombre de la ley, en que la operación policial ordenada por un juez de El Vendrell (donaciones privadas a CDC a cambio de contratos públicos), refuerce la idea de que, en contra de la doctrina oficial de la desconexión, quien roba a Cataluña no es España sino los propios partidos nacionalistas.

Esperan los valedores del desafío independentista que el arropamiento popular se refuerce con la reciente operación al grito de “¡Se nos persigue!"

Como se ve, nada nuevo en la agotadora dialéctica de unos y otros respecto a la principal amenaza que planea desde hace cinco años sobre la estabilidad del Estado. Si acaso, una subida de la temperatura que puede precipitar el desenlace. Y la sensación de estar cada vez más lejos de una salida pactada y cada vez más cerca del choque de trenes.

En estas circunstancias, los independentistas no se apean. Siguen en el “referéndum o referéndum” y renuevan su discurso por boca de Artur Mas: “Hemos perdido el miedo al Estado”. También Moncloa renueva el suyo a partir del dogma de la soberanía nacional única e indivisible. Lo que afecta a todos lo deciden todos. Lo nuevo se acoge a la razón de proporcionalidad. A saber: si la Generalitat va a más en la amenaza, el Gobierno irá a más en la respuesta.

Carece de sentido esperar que media Cataluña sediciosa y sin avales internacionales pueda imponerle una independencia de hecho a otra media

Es el juego de miradas entre los valedores del reto separatista, en nombre de la Cataluña como unidad de destino en lo universal, y el Gobierno de la Nación, en nombre de la ley. Juego de miradas, digo, pues todo lo demás queda velado, a la espera del siguiente movimiento. Lo cual crea un insoportable clima especulativo sobre posibles atajos en un asunto cada vez más absurdo, a veces dramático, a veces cómico, con un padre fundador de la virtual república catalana que explica el truco antes de perpetrarlo. O un separatista confeso (Homs, Mas, Forcadell….) que defiende la legalidad de sus actuaciones mientras trabaja para reventar esa misma legalidad.

Así las cosas, solo queda parafrasear a Fidel Castro (1999, ante los mandatarios que le aconsejaban volver al redil) y seguir afrontando el desvarío independentista “con la sonrisa de la Gioconda y la paciencia de Job”. Porque no lleva a ninguna parte, salvo al caos. O, en el mejor de los casos, a las cuartas elecciones autonómicas en siete años (con segunda urna furtiva o no sobre la independencia). Y porque carece de sentido esperar que media Cataluña sediciosa y sin avales internacionales pueda imponerle una independencia de hecho a otra media de proverbial aversión a la inseguridad jurídica.

Al Grano

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