Cataluña: tiempo de hacer apuestas

La crisis del Govern, escenificada este viernes en el Paláu de la Generalitat por Puigdemont y Junqueras, como un desdoblado flautista de Hamelín: uno para niños, otro para ratas

Foto: Independentistas catalanes abogan por el Sí al referéndum del 1 de octubre. (Reuters)
Independentistas catalanes abogan por el "Sí al referéndum" del 1 de octubre. (Reuters)

Desbordados los límites de la razón, en Cataluña solo queda margen para alquilar balcones y hacer apuestas sobre lo que puede ocurrir el 1 de octubre de 2017. La convocatoria del referéndum sigue en el limbo. ¿Quién la firmará, a efectos legales? Aún el viernes la pregunta estaba en el aire y se iba al aire, como los suspiros y las lágrimas de Bécquer. “Ya se verá si la firma uno, tres o doce…”, dice Oriol Junqueras.

El vicepresidente del Govern se remitió a esa ley presentada hace unos días en el teatro donde la Guardia Civil, por orden de un juez, ha buscado la huella jurídica del acto. Ley de referéndum, antes transitoriedad, antes desconexión, antes ruptura, y ahora, derecho de autodeterminación. Con “garantías” y “efectos vinculantes”, a la luz del artículo 33: la real gana de quienes firmen lo que en realidad solo es una propuesta en fase declamatoria. Eso sí, a la espera de los valientes dispuestos a sacrificarse por la causa frente a las organizadas tropas del derecho nacional, el derecho internacional, la historia, el sentido común y la mitad de los catalanes.

La crisis del Govern, escenificada este viernes en el Paláu de la Generalitat por Puigdemont y Junqueras, como un desdoblado flautista de Hamelín –uno para niños, otro para ratas, según el cuento de los hermanos Grimm– es la última prueba del desbarajuste del 'procès'. Síntomas de descomposición, dice Miquel Iceta. Últimos de Filipinas, como Antonio Fernández denomina en El Confidencial a los más cafeteros, dispuestos a sacrificarse por la causa junto a los cuatro que el viernes entraron de refresco (Turull, Forn, Ponsati y Cullel).

“Se nos pregunta qué haremos nosotros, pero nunca qué harán ellos”, se quejaba Puigdemont

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, habla de “purga” que abre la puerta a los radicales. Se la cierra a los dudosos, que caen (Munté, Jané, Ruiz y Vidal), aunque Puigdemont decía el viernes muy serio que no hay ceses, sino voluntarios y generosos “pasos a un lado” de quienes habían sentido el vértigo de lo inminente. Lo inminente es ir de compras y traerse unas urnas, pero se piden voluntarios y nadie quiere hacer la tarea. De la semana que viene no pasa, ha dicho el 'president'. En Cataluña es tiempo de apuestas. Hagan juego.

El siguiente paso sería llenarlas de votos, a ser posible favorables a la proclamación de una república independiente, pero ahí el nuevo sanedrín independentista (Puigdemont, Junqueras, Cullell y Jové) topará con un pequeño inconveniente: el derecho del Estado a la legítima defensa frente a quienes quieren reventarlo. Más apuestas sobre cómo lo hará el Gobierno Rajoy. “Se nos pregunta qué haremos nosotros, pero nunca qué harán ellos”, se quejaba Puigdemont. En un penalti el portero no anuncia por dónde va a tirarse. Depende de por dónde se lo lancen. Y lo cierto es que, en ese sentido, los independentistas siguen dudando. Están hechos un lío.

Crece el temor a que todo quede en nada, como ya ocurrió el 9 de noviembre de 2014, mientras afloran los síntomas de división

Consejeros apartados por decir en voz alta o en voz baja que el 'procès' no va por buen camino. Un 'vicepresident', Junqueras, que cuenta los días que le faltan para reinar en Cataluña. Un 'president', Puigdemont, que actúa libre del miedo a las urnas. Un PDeCAT cautivo y desarmado que ya no se fía de Puigdemont, como han dejado claro tanto Francesc Homs con el hartazgo de sus joyas familiares (dice estar hasta los huevos), como su portavoz en el Congreso, Carles Campuzano, que añora la antigua capacidad de CiU para influir en la política nacional y sostiene que “hay vida más allá del referéndum”.

Sara de DiegoSara de Diego

Crece el temor a que todo quede en nada, como ya ocurrió el 9 de noviembre de 2014, mientras afloran los síntomas de división en las filas independentistas a medida que se acerca no el choque de trenes, sino el rumbo de colisión contra el muro de la legalidad vigente.

Al Grano

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