Evasión y Victoria

Difícil describir la explosión de libertad que España entera vivió el domingo por la noche. Dentro de algunos años, millones de hoy jóvenes españoles podrán decir

Difícil describir la explosión de libertad que España entera vivió el domingo por la noche. Dentro de algunos años, millones de hoy jóvenes españoles podrán decir “yo estuve allí y viví aquella noche memorable; yo vibré en torno a una ilusión compartida y una bandera de la que me sentí orgulloso”. Por todas partes la alegría y el grito, el sonido de los cláxones, el abrazo a pie de calle, el tremolar de banderas, el ruido, el inmenso ruido, la suprema algarabía surgida de la nada, sin orden ni concierto, elogio a lo instintivo, lo genuinamente auténtico, lo no planificado. La belleza de lo espontáneo.

Por las cuatro esquinas de una España abrasada por el sol de julio surgió como un torrente en la noche del domingo la necesidad de festejar algo, de celebrar este gran éxito deportivo tras casi tres años de crisis terrorífica, de noticias negativas, de sufrimiento y paro, de bienestar perdido tras la calima de un futuro incierto. El jolgorio de las calles sublimaba el deseo de olvidar, de escapar de la agobiante realidad, de soñar despierto.

Tal que casi todos los grandes acontecimientos capaces de conmocionar a una sociedad, este no ha sido un hecho aislado. Como las desgracias, las alegrías nunca vienen solas. España ha vivido tres días de infarto llamados a tener una innegable influencia en el futuro colectivo. El tiempo dirá si esa influencia es buena o mala y si contribuirá o no a marcar un punto de inflexión en el rumbo hacia la nada en que llevamos instalados desde que Rodríguez Zapatero -quien, por cierto, se aferraba ayer a la copa como si la hubiera ganado él- es presidente del Gobierno. En estos tres días de vértigo, el país ha asistido a la publicación de la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, el viernes; a la gran manifestación que en las calles de Barcelona protestó contra esa sentencia, el sábado, y a la victoria futbolística del domingo.

Tres acontecimientos que, en mayor o menor medida, apelan al sentimiento, apuntan directamente a las emociones -a veces las más primarias, las que están más a flor de piel- de las masas. Tres hitos unidos por el hilo invisible de lo emocional, que están llamados, repito, a dejar huella en el futuro común. Para que eso ocurra, para que podamos calibrar la fuerza de ese impacto y su dirección, tendrá que pasar tiempo, tendrá lo ocurrido que reposar en las bodegas del inconsciente colectivo, tendrá que digerirse y destilarse en alguna de esas lecciones capaces de alumbrar caminos de convivencia, de arrojar luz sobre el futuro en común.        

Al margen de lo estrictamente deportivo, que no es poco, el triunfo sobre Holanda del domingo se presta a lecturas varias en el terreno de esos valores colectivos que en los últimos tiempos están en el epicentro de la pérdida de protagonismo de España y de lo español en el mundo. Me refiero al valor del esfuerzo continuado, del trabajo duro, de la capacidad de sacrificio, de la voluntad de vencer por encima de las dificultades. Ninguno de los equipos a los que se ha enfrentado nuestra selección en su camino hacia el título se lo ha puesto fácil. Todos han sido, por el contrario, conjuntos aguerridos, duros, bien plantados sobre el campo, que se sabían de carrerilla la medicina -a veces violenta, como demostró el combinado holandés-, a aplicar sobre el césped para contrarrestar la superioridad técnica del once español.

Un mensaje para la clase política

Todos ellos pusieron un alto precio a su derrota, demostrando así que nada se puede conseguir sin ese catálogo de virtudes que resumen el trabajo colectivo bien hecho. El éxito sudafricano es paradigma de esa antigua verdad que sostiene que juntos los españoles somos más y mejores que separados. La selección como ejemplo de la capacidad colectiva de conseguir altas metas desde la diversidad o la pluralidad, como ustedes quieran; un manchego de Fuentealbilla (Iniesta); un vasco de Tolosa (Alonso); un asturiano de Langreo (Villa); un canario de Santa Cruz de Tenerife (Pedro); un catalán de Viella (Pujol); un andaluz de Sevilla (Ramos); un madrileño de Móstoles (Casillas), un navarro de Pamplona (Llorente)… y así sucesivamente.

Viene aquí a cuento un párrafo del discurso pronunciado por Nicolás Sarkozy el 29 de abril de 2007 en Bercy (París): “Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no estamos solos para afrontar un futuro angustioso, en un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, somos más fuertes y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos superar…” Juntos salieron anoche a la calle millones de españoles; muchos más de los que asistieron a la manifestación del sábado lo celebraron en las calles de Barcelona. Por una vez, la buena gente de España decidió festejar algo sin necesidad de recibir consigna alguna de su clase política.

Porque esta es otra de las enseñanzas de lo ocurrido estas últimas semanas en Sudáfrica. Esa lección de unidad en lo fundamental, ese ejercicio de trabajo colectivo, esa demostración de sentido común es lo que hoy cabe pedir a una clase política que a menudo demuestra estar muy por debajo del ciudadano al que dice representar, ocupada la mayor parte de las veces en aventar elementos de fricción en lugar de en resolver problemas, empeñada en generar conflictos en vez de aportar soluciones. Una vez más, la selección y el pueblo español en su conjunto han demostrado estar por encima de su clase política. ¡Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor!

Volvamos al discurso de Sarkozy en Bercy: “La voluntad política y la nación están siempre para lo mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor”. Esperemos que lo ocurrido contribuya a mover a la reflexión a esa clase que, ayuna de liderazgos, parece empeñada en vivir al margen de los deseos de paz y prosperidad de la inmensa mayoría de los ciudadanos, ocupada en aquello que Hobbes denominó “un perpetuo e insaciable deseo de poder y más poder, que cesa solo con la muerte”.

 

 

Con Lupa
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