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Desde San Quirico

Lo micro y lo macro

Hace bastantes años di una charla sobre “Austeridad” en una Universidad. Intenté hablar de principios generales y luego bajé un poco a la casuística. Quedó bien. La
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    Hace bastantes años di una charla sobre “Austeridad” en una Universidad. Intenté hablar de principios generales y luego bajé un poco a la casuística.

     

    Quedó bien. La gente se reía, tomaba notas y yo salí satisfecho.

     

    Se me acercó uno de los asistentes y me dijo que, con aquel planteamiento, yo animaba a la gente a no gastar y que eso produciría una contracción del consumo. Me dijo lo importante que era la demanda interna y que, con mis recetas, el país se iría al garete.

     

    No le hice mucho caso, porque a mí me cuesta bastante pasar de lo particular a lo general. Pienso que es bueno vivir de modo austero y enseñar a los hijos a vivir así, y nunca se me había ocurrido que de esa manera me estaba cargando el país.

     

    Pues parece que sí. Parece que ahora nos hemos dado cuenta de que hay que consumir y de que, si no consumimos, esto se hunde.

     

    ¡Y a mí que me parece que eso del consumo no es bueno para el país!

     

    Esa es una de las ventajas que tiene no saber nada de economía, que te fijas más en lo micro y menos en lo macro, porque no sabes qué  es lo micro y qué es lo macro para las personas. Y me cuesta mucho pensar que lo que es bueno para las personas sea malo para el país formado por esas personas

     

    Se ve que hay que encontrar el punto medio.

     

    Porque oigo muchas veces que es más importante ser que tener y, además, me parece que es verdad.

     

    Oigo también que no es obligatorio tener siempre todo de todo y que, de vez en cuando, hasta es bueno para la persona, (o, como diría alguna Ministra de un país de la UE, para el ser vivo, una vez que ha conseguido convertirse en ser humano), no tener de todo.

     

    Y eso es bueno porque sin tener de todo no se vive mal del todo y hasta nos sobran unos euros para poder ir por la calle felices, comiéndonos un helado en primavera (es barato) sin tener que preocuparnos constantemente de cambiar el MP3 por otro MP en el que quepan tropecientas mil canciones, tantas que nos moriremos de viejos sin haber podido escuchar todas.

     

    A mí me parece que, en parte, esto de la crisis, al final, va a ser bueno para la persona. Porque si a la persona le enseñamos a preocuparse menos de ella y más de los demás, igual hasta mejoramos.

     

    Me dejó muy preocupado que ayer, en mi Parroquia, Caritas hiciese un llamamiento para que llevemos alimentos básicos (arroz, leche, azúcar…) porque hay muchísima más gente que los necesita. Y el que necesita que le den esos alimentos es porque, realmente, lo está pasando muy mal.

     

    Me parece que está llegando el tiempo en que nos preocupemos un poco por el prójimo. Por supuesto, por orden de proximidad, por aquello de que prójimo viene de próximo. Y si no viene, como si viniera.

     

    Quiero decir que la primera justicia social se vive en casa. Y no hablo de que los padres nos responsabilicemos de llevar dinero a casa, que ya lo hacemos, sino de que trabajemos por conseguir que esas personas que tenemos a nuestro cargo sean personas y no seres gastantes (perdón, señora Ministra de Cultura), cuya única obsesión es tener y tener y gastar y gastar. Y que no me digan que la culpa la tiene el ambiente consumista. Porque el ambiente lo crea alguien. Y ese alguien tiene un nombre muy concretos: nosotros.

     

    Y, aunque nos animen a tirar el dinero no quiere decir que lo tengamos que tirar, porque nosotros ya somos mayorcitos y tenemos que discurrir y cuando alguien nos ofrezca algo que nos hará felices para el resto de nuestros días por una módica cuota mensual de no sé cuántos euros (incluidos intereses), tenemos que asegurarnos de que es verdad lo de la felicidad eterna, porque, como no sea eterna, nos han engañado.

     

    O sea, que, a consumir, no. A gastar con la cabeza, sí. Que no es lo mismo. Y yo prefiero formar parte de un país lleno de gente responsable que de una sociedad lanzada a la vorágine que, cuando las cosas vienen mal dadas, llora y gimotea.

     

    Que lo de “la ciudad alegre y confiada” es muy viejo. Que ya no se lleva. Que la ciudad -los ciudadanos- debe (n) ser alegre (s), porque cuando las cosas se hacen bien, uno está alegre. Y debe ser confiada, pero en el esfuerzo propio y en el de los demás.

     

    Hay que volver a ser serios. (Ya lo fuimos). Pero si queréis que no lo seamos y que nunca nos hagamos mayores y que siempre estemos esperando a que alguien (no se sabe quién) nos resuelva los problemas, pues, ánimo, a ser alegres y confiados, que, traducido al castellano, quiere decir  tontines y bobalicones. Eso sí, todos con nuestro ordenador y nuestra pizarrita digital, por supuesto.

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