Me llama un amigo mío. Vive fuera de Barcelona. Trabajamos juntos hace muchos años. Me llama para decirme que se muere. Tiene cáncer y le han dado tres meses de vida. Añade: “no te preocupes. Estoy muy tranquilo”.
Para animarle un poco, le digo que, dentro de un año, le llamaré para irnos a comer por ahí. Se ríe y dice que por supuesto. Como es un tío muy lanzado, me da la impresión de que, o cuelgo rápido el teléfono, o reserva mesa en Horcher.
Con esta vida loca que llevo y a fuerza de que la gente te diga lo bien que estás (añadiendo “para la edad que usted tiene”), existe el peligro de que te lo creas y de que, cuando veas a un señor mayor andando con dificultad, pienses que es porque no se cuidó de joven.
Esto de morirse es algo serio. No me acabo de acostumbrar a la idea. Como he trabajado tantos años en eso de la planificación estratégica y de hacer planes de futuro y de la prospectiva y de prever todo lo previsible y parte de lo imprevisible, a veces se me olvida que igual, mientras tanto, me muero.
Y no tiene ninguna gracia.
Pero, a, veces, cuando veo cosas como las de amigo, pienso que sí que tiene gracia. No gracia de reírse a carcajadas. Gracia de celebrar que me he reencontrado con el sentido común.
Sentido común que me dice:
Que, no se sabe por qué, hasta ahora, todos se han muerto, con lo que lo lógico es que yo también me muera. Que, por ahora, los avances en la medicina hacen que los viejos estemos más jacarandosos durante más años, pero poco más. Que sería horroroso vivir 200 o 300 años, porque nadie querría hablar con nosotros, que contaríamos cosas de la Pepa (la Constitución de 1812), con información más directa que muchos de los que hablan ahora con toda naturalidad, mientras los de Apple seguirían inventando chismes incomprensibles para los vejestorios. Que, con el actual sistema de pensiones, en el que los jóvenes pagan con su trabajo las pensiones de los viejos, habría muchísimos viejos que pensionar, poquísimos jóvenes para darles de comer y de beber y de divertirse, y lo del Estado de Bienestar sería una auténtica catástrofe.Tengo un amigo que es un poco bruto. Tiene unos 45 años. Nos vemos bastante y nos reímos mucho, porque dice unas cosas impresentables, aunque, en el fondo, pienses que algo de razón no le falta. Cuando le digo que alguien está enfermo y que me preocupa, siempre me pregunta: “¿cuántos años tiene ese señor?” Según la cifra, me contesta: “no sé por qué te preocupas. A esa edad, lo que tiene que hacer ese señor es morirse”. (Ahora me lo dice menos, a medida que, imperceptiblemente, ve que me voy acercando a “esa edad”.)
Me parece que, ante la idea de la muerte, a bote pronto, puede haber dos reacciones:
Para qué voy a trabajar, si esto se acaba en seguida. Voy a ver cómo me forro a lo bestia, para aprovechar estos pocos años. (Creo que los cónsules romanos hacían algo parecido: aprovecharse.)Es posible que me digáis que, con las cosas que se ven, hay algunos -quizá muchos- que son partidarios de lo segundo. Los más sofisticados dicen eso del carpe diem, que nunca he sabido que quería decir, sobre todo desde que vi que era el rótulo de una discoteca. Luego me enteré que el carpe diem es aquello tan viejo de comamos y bebamos, que mañana moriremos.
Hay una tercera posibilidad, que me gusta mucho más: lo de trabajar en serio, honradamente, porque si estoy en este mundo será para algo. Ya sé lo del big bang y esas cosas. En confianza, me cuesta bastante, cuando me afeito y me miro al espejo, pensar que soy una piedrecita que se les escapó y que en vez de caer en el océano, cayó en casa de mis padres, que luego la llevaron al Colegio del Salvador en Zaragoza y después, a la Escuela de Ingenieros de Tarrasa. Desconcierto que se repite cuando salgo de paseo con mi perro, Helmut, porque, a pesar de lo buena persona que es, tiene un no sé qué que le diferencia de mí. (Y no me sirve el hecho de que ahora Helmut Abadía haya escrito un libro y se lo haya publicado Espasa, con el título “¡Guau! Historia de un educador de amos”, porque juraría que Helmut se lo ha dictado a mi hijo Gonzalo.) (Este paréntesis es pura publicidad).
Trabajar honradamente. Ya lo sé: no estamos para sermones.
Trabajar muy bien. Ya lo sé…sermones.
Pero es que veo gente que ahora trabaja muy bien y gente que hace verdaderos chandríos, como llaman en mi tierra a las chapuzas, pero a las chapuzas gordas.
Si, además, el chandríaco, palabra que acabo de patentar, es mala persona, pues peor.
En el cementerio, no se distingue la tumba de un honrado de la tumba del otro. Hasta es posible que la del otro sea más elegante.
Pero no sé por qué, me gustaría que el día que alguien me anuncie que me quedan tres meses, diga lo de mi amigo: que estoy tranquilo.
Me preguntaron hace poco qué haría si me enterase de que hoy era el último día de mi vida. Como había que contestar en muy pocas palabras, dije que me parece que haría lo normal, lo que tocara hacer ese día. Y añadí, con un suspiro de alivio: “lo único que no haría es preparar la conferencia de mañana”.
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LA OPINIÓN DE LOS LECTORES
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COMENTARIOS
38JuliaVinuesa 24/03/2012 | 11:29
#10 Lea Vd en internet sobre las teorías de la Dra Budwig, muy respetadas en Centroeuropa, muchos médicos lo recomiendan cuando son personas de su entorno personal, a otra cosa no se atreven; a mí personalmente me ayudó, los médicos atribuyeron mi caso a un error de diagnóstico, sugerí que mi tumor podía haber remitido autónomamente, pasa a veces, se negaron en redondo, preferían decir que el diagnóstico era erróneo, jamás pronuncié la palabra Budwig. Mi salud es normal.
37quintoimperio 23/03/2012 | 21:56
Don Lepoldo; mi madre le hubiera dicho "una muerte le debemos a Dios".... así que tampoco pasa nada... Cuando llegue, ahí estamos. Si total esto es una mala noche en una mala posada...
36el paciente irlandes 23/03/2012 | 21:51
#6 ¿Pero es que no se puede dejar a la gente en paz con sus creencias? Con creencias que no hacen daño a nadie [creer en un mas alla religioso no hace ningun daño] para que vivan felices con las creencias que quieran hasta el final? O morirse no es suficiente putada [ discrepo del Sr Abadia] si no que tiene que haber por ahi alguien que nos tiene que dar la tabarra agnostica "until the end".
Ya puestos a dar lecciones de racionalidad..¿quien es el inteligente? ¿el Descartes de turno que todo lo racionaliza o el que ve, determinadas cosas de la vida, cosas que solo se ven con paz interior y con una "ingenuidad necesaria" [ y no solo es el tema de la muerte] que ya quisiera para si el aguafiestas racional?
Buen articulo Abadia. Bastante entrañable. Una pena que no se pueda votar.
35gaucho 23/03/2012 | 21:24
Lo apropiado en este caso sería comparar las diferentes escatologías. La católica es muy rica pero la dispensacionista no se queda atrás con su raptura, tribulación, segunda venida, milenio y juicio final que dan un enorme significado al libro de la apocalipsis de San Juan. Los que no tienen religión lo tienen mas crudo ya que vuelven al polvo. los políticos nos estarán matando con productos químicos, pero volvemos una y otra vez a reencarnarnos.
Leopoldo Abadía es un chaval de 75 años, 12 hijos y 40 nietos y ex profesor del IESE, que asegura no saber nada de economía pero que ha puesto en claro la mejor explicación en castellano sobre la crisis subprime.
A partir de ahí, para su sorpresa, miles de personas de todo el mundo consultan diariamente su blog. Desde su atalaya de San Quirico, aporta una voz independiente sobre la complicada realidad económica y social actual. Sin más pretensiones.