Mallorca promociona a la Familia Real

No hay periodismo sin venganza, Arturo Pérez-Reverte prefiere llamarlo “ejecuciones”. La presente crónica está pues dedicada a un indocumentado que en el canal Cuatro planteó el

 La reina Sofía posa junto a los príncipes de Asturias, los duques de Palma, la infanta Elena y el resto de la Familia Real a excepción del rey Juan Carlos en 2011. (EFE)
La reina Sofía posa junto a los príncipes de Asturias, los duques de Palma, la infanta Elena y el resto de la Familia Real a excepción del rey Juan Carlos en 2011. (EFE)
No hay periodismo sin venganza, Arturo Pérez-Reverte prefiere llamarlo “ejecuciones”. La presente crónica está pues dedicada a un indocumentado que en el canal Cuatro planteó el cese de las vacaciones de la Familia Real en Mallorca con un displicente “hay otras autonomías a promocionar”. El incalculable rendimiento económico del veraneo de Marivent es una de las falsedades que por desgracia no se hará verdad aunque se repita otro millón de veces. A lo largo de medio siglo, no me he encontrado jamás con un turista de cualquier alcurnia que haya descubierto o visitado la isla “pogggque aquí veggganean los Gggeyes”, tal vez porque salgo poco.

Si pensamos a lo grande, ayer mismo rescatábamos las seis portadas íntegras que la revista alemana Stern -millón y medio de tirada- dedicaba a la isla. Don Juan Carlos y allegados no figuran en ninguna de ellas ni como comparsas.

En contra del clisé, Mallorca ha realizado un ímprobo esfuerzo de promoción de la Familia Real. Durante las cuatro décadas que se cumplen este verano de asignación a los Reyes del complejo de Marivent, cuyo mantenimiento cuesta dos millones anuales a las arcas autonómicas, la imagen transmitida durante las vacaciones estivales consolidaba la altísima estima de la corona reflejada en los sondeos de opinión.

Ante la crisis en curso de las instituciones españolas, sólo un incauto concluiría que albergar siquiera temporalmente a sus rectores supone una promoción de la geografía donde veraneanDeslindar estos elementos iconográficos de la escenografía es pueril. En uno de los éxitos de su gestión comparable al 23-F -¿qué entrenador podría vivir de una Champions lograda hace treinta años?-, el jefe de Estado acertó plenamente con unos veraneos modernos pero no estridentes, al paso que le marcaba un país que se había despojado de la pieza superior del bikini. Hasta que todo se estropeó y, como dice Ana Karenina, la felicidad homogénea de la Familia Real estalló en las desgracias personalizadas de sus miembros.

Diez millones de europeos desean veranear cada año en Mallorca. Más de la mitad de ellos no están borrachos durante su estancia de siete días en la isla, por lo que cabe imaginarlos en posesión de sus facultades electivas. Es de suponer que otros millones de ciudadanos continentales ven frustrado anualmente su deseo de alcanzar las degradadas costas mallorquinas. Entre  los desembarcados en ‘pateras’ de lujo durante las últimas décadas figuran en sucinta relación  Carlos Slim, Jack Nicholson, Gorbachev, Richard Branson, Ava Gardner, Grace de Mónaco, Onassis, Bill Clinton, García Márquez -’El otoño del patriarca’-, Vargas Llosa -’Pantaleón y las visitadoras’-, Niarchos, Onassis, Agnelli, Bettencourt, Maxwell, Murdoch, Paul Getty, Cisneros, Azcárraga, Arango, el jeque de Qatar. ¿Necesita Mallorca la promoción adicional de una Familia Real?

El pasado viernes se representó en Palma una escena ideada para promocionar este artículo. Bruce Springsteen, de cierta fama y que sólo posee un conocimiento somero de los Reyes de España, hace escala en el puerto de Palma durante dos horas, camino de Ibiza en el yate de su productor. En ese breve lapso, se lanza aventurero a recorrer una ciudad que conoce de anteriores estancias. Paseando por la calle Jaime III con el traje oficial de las celebridades de incógnito -gafas de sol y gorra de béisbol-, repara en las prendas de cachemir de la tienda Piluca Osaba. Se encierra con la dependienta y arrambla con las prendas expuestas. Cuando le pregunten, y le preguntarán dada la calidad de las piezas, cantará las bondades del establecimiento en cuestión. ¿Debemos concluir que Piluca Osaba promociona Mallorca, o basta con atenerse a Adam Smith en su definición del capitalismo de El bienestar de las naciones, donde el panadero cuece su pan para ganar dinero, y de su legítima codicia nos beneficiamos los consumidores de sus productos?

Ante la crisis en curso de las instituciones españolas, del Tribunal Constitucional al Gobierno, sólo un incauto concluiría que albergar siquiera temporalmente a sus rectores supone una promoción de la geografía donde veranean. Tiene mucho mérito que Mallorca aguante el impacto sin resentirse.

Diario Robinson
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