El primer ministro británico, David Cameron, y su esposa, durante sus vacaciones en la isla de Ibiza. (Reuters).El primer ministro británico, David Cameron, y su esposa, durante sus vacaciones en la isla de Ibiza. (Reuters).Sin rodeos, la diferencia entre Ibiza y Mallorca radica en que la primera vende botellas de champán Cristal de seis litros a 25.000 euros. Por supuesto, la segunda podría etiquetarlas en la misma suma, pero no encontraría postor. Si necesita datos adicionales, la primera puede cobrar 650 euros por un día de tumbona gigante de cuero blanco junto a la piscina de un beach club. La segunda, tampoco. Y así sucesivamente pero, dada la parcialidad compensatoria a que obliga la residencia en la más desfavorecida de las islas vecinas citadas, atribuiremos la preponderancia ibicenca a intangibles que ni un licenciado en mercadotecnia de la Esade de Urdangarin sería capaz de desentrañar.

Supongamos que una cabecera mundial de postín decide encargar un reportaje crítico con una de las islas citadas, y laudatorio con la otra, así de malévolos son los periodistas extranjeros. Estoy pensando en el ‘New York Times’ que será adquirido por 'milf.com', o en el ‘Sunday Times’ de Murdoch y Aznar que pasará a manos de 'cimarrones.com'. Por supuesto, Mallorca será la vituperada, mientras Ibiza asciende a alturas elíseas. Y antes de reprocharle frivolidad a la imagen ibicenca, recuerden que la princesa Smilja de Mihailovich amadrinó desde la isla blanca el ascenso de Aznar. El gobernante que sólo ganó a la tercera fue pregonero en 1990 de la moda ‘ad lib’, aunque Ana Botella confesara que compraba la ropa de su marido en El Corte Inglés, que en aquel territorio suena ‘underground’.

La razón de la dispar apreciación de ambas islas radica tal vez en el 'afroditismo' que exhala Ibiza, y que Unamuno achacaba a Madrid. Como sea, la isla blanca acumula en un año las visitas que Mallorca necesita una década para congregarPara los difíciles de persuadir, Ibiza y Mallorca cuentan con sendas sucursales del Nikki Beach. Supongamos que el ‘Financial Times’ que será adquirido por ‘bigboobs.com’ deba realizar un suculento reportaje en uno de los establecimientos citados, ¿escogerá el mallorquín o el ibicenco? Demasiado fácil, pero además aprovechará su edición dominical del pasado 27 de julio para llamar “Isla fantasía” a Ibiza y para resaltar que allí es “donde los plutócratas van a divertirse”. Entonces, se reserva a la isla vecina el predominio en las vacaciones sin bullicio. Al contrario, se añade que las 24 horas de discoteca, con un club en plena terminal aeroportuaria, “es sólo una de las caras del lugar caliente más variado de Europa”.  Duele más cuando elogian a un amigo.

Diré la verdad, para diferenciarme de Arenas, Cascos y Cospedal. Algunos extremos de estas crónicas mallorquinas se han basado en la argucia de agrupar bajo el mismo paraguas balear a Ibiza y Mallorca, si la segunda no ofrecía fuelle suficiente. La razón de la dispar apreciación de ambas islas radica tal vez en el 'afroditismo' que exhala Ibiza, y que Unamuno achacaba a Madrid. Como sea, la isla blanca acumula en un año las visitas que Mallorca necesita una década para congregar, y que otras geografías sólo amontonan en un siglo entero. Sin alejarse del último mes, Leonardo DiCaprio, que prácticamente no abandonó la ‘suite’ del Ushuaia a diez mil euros la noche que compartió con una modelo de ropa interior. Amén de Bruce Springsteen, David Cameron y el castrista Sean Penn. Mientras tanto, Paris Hilton se gana la vida pinchando discos en las proximidades, como todas las personas que no sirven para otra cosa.

Nunca leerá por redundante una alusión a “la isla española de Ibiza”, palabra que contabiliza 113 millones de páginas en Google. Muchas más que Cataluña, por citar un país entero. Más que la isla vecina -87 millones de ‘Mallorca’ y once de ‘Majorca’- pese a una relación demográfica de nueve a uno. En cuanto al artífice de esta prodigiosa hiperactividad insular, siento señalar que responde por Abel Matutes, padre e hijo. Don Abel, con todo lo que la ‘donificación’ conlleva. Sólo el empresario turístico es capaz de doblar de tres a seis las estrellas de un hotel, y convertirlo en un establecimiento exclusivo, por el expeditivo criterio de multiplicar sus precios por cien. Al fin y al cabo, el cliente no aprecia el lujo por lo que recibe, sino por lo que paga. Don Abel fue el padrino de Aznar en aquella ceremonia de consagración ‘ad lib’ de 1990. Le pregunté y me replicó que “yo también soy ecologista”. En efecto, hoy combate las prospecciones petrolíferas que podrían contaminar su champán a miles de euros.