La paciencia del Santo Job

Hay líder, hay proyecto y hay partido. Lo que sobran son soberbias actitudes y rencores enquistados. Una advertencia, antes de seguir leyendo, a los talibanes del
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    Hay líder, hay proyecto y hay partido. Lo que sobran son soberbias actitudes y rencores enquistados. Una advertencia, antes de seguir leyendo, a los talibanes del antimarianismo, esos que se inyectan en vena esRadio todas las mañanas y se empapan de los editoriales de El Mundo como si fueran la Biblia en verso: en estas líneas voy a llamar a los Aznar, Pizarro, Costa, Cobo, etcétera, de todo menos bonitos, porque nunca gente que acumula tanto resentimiento y que sirve a tan espurios intereses había llegado a tal extremo de egoísmo y deslealtad a las siglas en las que militan como para intentar remover de su puesto al único que muestra sentido común y ejerce su responsabilidad defendiendo el interés general frente a las camarillas. Eso, señores, sí que es de vómito.

     

    No es de recibo que José María Aznar aparezca ahora, de pronto, criticando a Rajoy con ese tono insultante de marisabidillo cuando fue él el único responsable, con su política soberbia y altanera, de que el Partido Popular perdiera la mayoría absoluta -y el Gobierno- que había ganado en 2000; cuando todavía no ha dado ni una sola explicación sobre la presencia de los corruptos de la ‘trama Gürtel’ en la boda de su hija y cuando resulta que él ha sido uno de los que han estado metiendo las narices donde no le llaman en el asunto de Caja Madrid, presionando a consejeros de la Caja en la Comisión Ejecutiva para que votaran en contra de los aguirristas-ratistas con el único objetivo de mantener en el sillón a su ‘amiguito’ Miguel Blesa y facilitarle así a su otro ‘amiguito’ Gallardón una palanca de poder en su estrategia de ocupación de Génova 13. Porque, se lo crean o no, Gallardón ha actuado, en todo momento, guiado por los consejos de Aznar, que está deseando ver a su encantadora esposa en el sillón consistorial de Madrid, y quién sabe si de ministra del Gobierno.

     

    Como no es de recibo que un Manuel Pizarro que había sido la gran esperanza blanca de la derecha española hasta que se enfrentó con el flemático Pedro Solbes y perdió un debate en el que tenía todo a favor; y que no supo hacer de tripas corazón cuando el PP perdió las elecciones y se quedó sin el único objetivo por el que había dado el paso a la política -una vicepresidencia del Gobierno-; y que se enalteció hasta el punto de rechazar todas las propuestas que le hizo Rajoy porque ninguna era la de ser su ‘número dos’ -secretario general o portavoz en el Parlamento-; y que ahora engorda su resentimiento hacia Rajoy porque el gallego no le ha hecho su candidato para presidir Caja Madrid -única opción que le valía para abandonar un Hemiciclo en el que se aburre como una ostra-, no es de recibo, digo, que rompa su silencio sobre estos asuntos para dar lecciones que él mismo nunca aprendió.

     

    Como tampoco lo es que un Juan Costa que dio claras muestras de su cobardía cuando no se atrevió a enfrentarse a Rajoy en el Congreso de Valencia, que se dejó seducir por los cantos de sirena de quien le llegó a comparar -¡menuda osadía!- con Kennedy y luego lo tiró a una papelera como a un kleenex usado, ahora vuelva de la mano de ese mismo Ciudadano Kane de la prensa española y su otrora socio político ahora exiliado en un millonario despacho en Telefónica, para pedirle a Rajoy explicaciones por lo que le ha hecho a su hermano. Pues bien, si Juan Costa tiene alguna necesidad de que alguien le aclare las relaciones de su partido con la trama de Correa, la explicación la tiene tan cerca como en casa, y de paso también encontrará la respuesta a por qué su hermano ya no está donde estaba.

     

    Camps, único responsable

     

    Dicho lo cual, ni Juan Costa ni su hermano Ricardo son los verdaderos culpables de esta situación, porque si hay alguien que tiene toda la responsabilidad de lo que ha pasado en Valencia, alguien que se ha quedado atrapado en una espiral de medias verdades, mentiras y falsas esperanzas, ése es Francisco Camps, y en eso el ex ministro tiene toda la razón cuando lo denuncia. Miren, este servidor conoce desde hace mucho tiempo a los hermanos Costa, y puedo asegurarles a ustedes que, digan lo que digan de ellos -esos que les critican por ser ‘pijos’ no les llegan ni a la altura de los zapatos-, son gente de bien que, simplemente, se ha equivocado. En política hay un gesto que diferencia a una persona corriente de un gran hombre, que es la capacidad de asumir sacrificios cuando la organización los demanda. De haberlo hecho cuando la situación lo requería, hoy Ricardo Costa, sentado en la última fila de los escaños de su grupo en las Cortes Valencianas, sería un ejemplo al que todo el partido admiraría y, seguramente, su carrera política tendría fecha para ser retomada. Pero la actitud desafiante producto de los malos consejos de Ciudadano Kane y su socio telefónico le han llevado al matadero.

     

    Como tampoco Manuel Cobo puede ser señalado como el único responsable de su exabrupto contra Aguirre. De hecho, el día que respaldó sus declaraciones, Gallardón unió su propio destino al de su vicealcalde. Lo menos que se espera del Comité Ejecutivo del próximo martes es que el PP suspenda a Cobo de militancia, aunque sea temporal, pero en sí misma esa decisión deja al descubierto al alcalde y sus espurios intereses. Nunca ha sido un aliado fiel de Rajoy, ni un miembro leal del Comité de Dirección, y en esta jugada se ha desnudado, probablemente antes de tiempo porque, como siempre, ha caído en su principal defecto: no sabe manejar los tiempos y se deja llevar por las Prisas.

     

    Pero en este juego de intereses personales también tiene que dar muchas explicaciones Esperanza Aguirre, porque sabiendo como sabía que Génova torcería el gesto ante la candidatura de González, desafió a la Dirección de su partido proponiendo a su número dos para la Presidencia de Caja Madrid después de haber aceptado a Rato, y esto ha provocado un desencuentro que al final está obligando a Génova a intervenir donde no quería intervenir, y a Mariano Rajoy a implicarse en un asunto en el que no quería que se le viera más allá de lo necesario, no por nada, sino porque así debe ser para evitar que la ya dañada imagen de la entidad se viera mucho más desprestigiada por la batalla política, como al final ha ocurrido.

     

    Y es que, insisto, el único que en todo este asunto está actuando en defensa de interés general y del bien común, se llama Mariano Rajoy. Es del único que no puede decirse que tiene un candidato ‘amigo’, porque de sobra es sabido que Rato no lo es -y amigos, y cualificados para presidir Caja Madrid, Rajoy tiene muchos-. Es el único que no atiende a su interés personal, ni a intereses extraños que tienen que ver con ambiciones propias y esperazas varias… La apuesta de Rato tiene su origen en la convicción de que es la mejor carta de presentación para la entidad, dentro y fuera de España. Pero por culpa de ese juego de intereses ajenos al interés general, se ha liado una que en Génova califican de “auténtica vergüenza”, razón por la que ya ayer María Dolores de Cospedal, que en esta crisis ha crecido como política y se ha ganado el respeto de mucha gente, pidió públicamente perdón a sus votantes y militantes. Pero no basta con eso, y Rajoy lo sabe, y de ahí la referencia que el jueves hizo al Santo Job. Miren, el líder del PP, al que conozco desde hace años y a quien injustamente se acusa de indolencia, es probablemente uno de los políticos que con una mayor firmeza tiene asentada su cabeza sobre los hombros.

     

    La paciencia tiene un límite

     

    Es verdad que tiene una forma peculiar de hacer las cosas, porque de entrada tiene un concepto tremendamente abierto y democrático de la organización interna de un partido político, y lejos de esos liderazgos autoritarios como el de Aznar, Rajoy apuesta por dejar que cada cargo político asuma sus responsabilidades y las ejerza hasta donde debe ejercerlas. Si a eso se une que, como buen gallego, a veces no se sabe si sube o baja la escalera, su actitud puede generar algo de desconcierto, pero lejos de ser una muestra de debilidad, lo es de respeto a las jerarquías y la autonomía de los cargos. Pero toda paciencia tiene un límite, y vistas como están las cosas, lo lógico es que este martes, en ese Comité Ejecutivo que de modo extraordinario ha convocado Rajoy, el líder del PP de un puñetazo en la mesa y ponga a cada uno en su sitio.

     

    Lo necesita él, porque debe hacer respetar su autoridad. Lo necesita el PP, porque ninguna organización puede aguantar semejante tira y afloja sin que se quiebren sus estructuras. Lo necesitan todos aquellos en el PP que trabajan pensando en el bien común y no en sus intereses particulares. Y lo necesita, y con urgencia, la sociedad española condenada a sufrir el peor Gobierno de la historia de España sin poder asirse a la esperanza de una alternativa seria y creíble. El PP está obligado pasar página, de estas y de otras historias que ya fueron contadas y que tuvieron su momento, de líderes que han perdido ya el tren en una lejana estación llamada Olvido, y afrontar el futuro desde la renovación y la responsabilidad y con el firme propósito de construir una alternativa que empiece a despertar a esta sociedad de su letargo y la enfrente con un futuro difícil, pero esperanzador.

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