Indignados con una más que lamentable clase política

La semana pasada le pregunté a un político importante si creía que la manifestación convocada por varias plataformas ciudadanas para este pasado domingo podía tener éxito

La semana pasada le pregunté a un político importante si creía que la manifestación convocada por varias plataformas ciudadanas para este pasado domingo podía tener éxito y, ¿saben cuál fue su respuesta?: “¡Qué va! Imposible, no conseguirán más de cien o doscientas personas porque en este país nadie cree que sea tan necesario cambiar las cosas, y si hay que hacerlo ya estamos los partidos para eso”. Ayer volví a llamarle para decirle que no eran cien o doscientas personas… “Ya. Bueno. Verás como eso se diluye con el tiempo. Los ciudadanos ya tienen una forma de manifestar sus quejas que es en las urnas…”

Pues no. O mucho me equivoco o esto no ha hecho más que empezar. Verán, es posible que en unas circunstancias de bienestar económico como las que vivimos hasta hace ya cuatro años la sociedad prefiera mirar para otro lado ante sus propios problemas, principalmente los que derivan de la propia inoperancia en lo que a la defensa de nuestros derechos se refiere, pero ahora las cosas son distintas y no parece que vayan a cambiar a mejor en el corto-medio plazo, y lo que ha sido el embrión de un movimiento de indignación puede acabar convirtiéndose en una verdadera oleada de rebelión ante lo que no cabe calificar de otra forma que no sea abuso de poder.

Sí, sí. Abuso de poder, no cabe definirlo de otra manera, pero “esa es la consecuencia de haber hecho de la democracia una partitocracia, un sistema en el que son los partidos políticos, y no los ciudadanos, los que al final detentan el poder y sobre los que descansa la soberanía nacional. ¿Cómo va a sorprendernos que quien detenta el poder ejecutivo imponga al poder legislativo su negativa a crear comisiones de investigación cuando se dan circunstancias que lo aconsejan, por la sencilla razón de que esas circunstancias afectan a quien tiene en su mano aprobar o rechazar la convocatoria de esa comisión? ¿No te das cuenta de cómo manipulan el poder que les hemos delegado, cómo lo manejan a su antojo y en beneficio propio?

Quizá por eso, porque sabemos que eso es así, es por lo que los ciudadanos actuamos como si no nos importara lo que hagan las clases dirigentes, como si nos dieran igual sus casos de corrupción, su modo de despilfarrar un dinero que es nuestro, que nos pertenece… Los políticos tienen la tendencia a creer que sus escándalos, que sus comportamientos alejados de las más estrictas normas éticas y, por qué no, también estéticas, no les pasan factura en las urnas, que da igual lo que hagan o dejen de hacer porque al final los ciudadanos acaban votando cada cuatro años a uno u otro partido, a la misma casta política instalada en el poder bajo siglas distintas” (¡Rebélate! Breve ensayo contra la dictadura del relativismo. Editorial Chronica. Págs. 77 y 78).

El mensaje que esas decenas de miles de personas han lanzado a la clase política no es otro que el de: “¡Ya está bien!”. Ya está bien de creer que la sociedad es inmadura y no es capaz de reaccionar ante las injusticias y los abusos

En el fondo, el mensaje que esas decenas de miles de personas -en su mayoría jóvenes pero también mucha gente de distinta procedencia, clase y condición unidos por un mismo objetivo, el de cambiar las cosas- han lanzado a la clase política no es otro que el de: “¡Ya está bien!”. Ya está bien de creer que la sociedad es inmadura y no es capaz de reaccionar ante las injusticias y los abusos. Ya está bien de pensar que sólo ellos son capaces de dirigirnos con una mirada paternalista que no es sino un insulto a nuestra inteligencia. Ya está bien de decirnos lo que podemos hacer, lo que no, lo que podemos decir, lo que es políticamente correcto y lo que deja de serlo… Ya está bien de hacernos creer que sólo ellos pueden manejar nuestros impuestos y que saben lo que es mejor para nosotros. Ya está bien de jugar con un poder que nos pertenece, que es nuestro, y que si ellos lo detentan es por delegación, no por oposición…

Lo que están diciendo, como señala Sartori en su libro ¿Qué es la democracia?, es que nos enfrentamos a una “crisis de ideas”, pero también a una “crisis de ideales”, y, como añade Sartori, “los ideales viven y mueren por causa propia. Y los tiempos de agotamiento, y sus contrarios, los de regeneración de los ideales, son tiempos largos. Los ideales son valores, son creencias de valor. Por lo tanto, una crisis de ideales es, en último análisis, una crisis moral”.

Eso es lo que hemos vivido, una crisis moral, una profunda crisis moral que nos ha adormecido, anestesiado y resignado a una especie de destino que ni nosotros mismos somos capaces de adivinar. Pero tengo la impresión de que algo empieza a despertar, de que la sociedad comienza a salir de su letargo y arranca esa nueva etapa de “regeneración de los ideales”, y si nuestros políticos son incapaces de ver más allá de su propia necesidad de mantener la casta, de aferrarse a las actuales estructuras de poder, lo más probable es que ese movimiento que al principio puede parecer lento se los acabe llevando por delante. Los políticos son necesarios, lo son porque necesitamos que haya gente que gestione la res pública ya que a todo el mundo se le hace razonable pensar que un sistema asambleario sería absolutamente nefasto… Pero en su afán por aferrarse al poder nos han hecho creer que ellos son quienes administran nuestro bienestar y nos colman de derechos.

Pero no es así, ese bienestar y esos derechos nacen de nuestra propia exigencia, y son consustanciales a los deberes que también tenemos como ciudadanos, entre ellos el de mantener viva la llama de eso que hemos llamado Democracia y que no es otra cosas que el poder del pueblo. Nadie nos ha regalado nada, y mucho menos ellos, aunque como dice Sartori “llega un punto en el que el coro de los derechos produce una sociedad parasitaria con resultados negativos (…) No estamos, me temo, en presencia de un hombre moral lanzado para que se lo trague una sociedad inmoral. Hoy, la sociedad inmoral es un espejo del hombre utilitario”. Sí, pero eso es precisamente lo que queremos cambiar.

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