“Rajoy empuñará el hacha que descabece a la serpiente”

La frase me la decía el jueves por la noche un destacado dirigente del PP vasco, y tiene un simbolismo especial por más que pueda resultar

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    La frase me la decía el jueves por la noche un destacado dirigente del PP vasco, y tiene un simbolismo especial por más que pueda resultar un tanto macabra. Es verdad que, como el viernes titulaba este diario, el comunicado de ETA anunciando el cese definitivo de toda actividad armada, es decir, su rendición, le ha permitido a José Luis Rodríguez Zapatero, al denostado y socialmente vilipendiado Rodríguez Zapatero, abrir una pequeña puerta que le permita entrar en la historia, aunque sea por el lado del servicio y después de haber hecho lo imposible por conseguir que esto tuviera lugar antes de su retiro definitivo. Pero el caso es que está ahí: el final de ETA, su derrota, no es un éxito de Zapatero, sino de todos los gobiernos democráticos, desde Suárez hasta él, y sobre todo es un éxito de la sociedad española, de todos los demócratas y, por supuesto y por encima de todo y de todos, de las víctimas del terrorismo.

    Pero sin duda Zapatero se va habiendo aportado este éxito de la democracia sobre sus enemigos como colofón a su doble mandato, y más allá de las muchas incógnitas que quedan abiertas sobre la actitud del Gobierno y la manera en que se ha llegado hasta aquí, lo que por encima de todo debemos hacer ahora los demócratas es congratularnos de la victoria y no darles a los asesinos y a sus cómplices ni un solo motivo de desunión que les permita creer que su derrota es pírrica y que todavía pueden ganar algo con ella. Y esa va a ser, y me centro ya en lo verdaderamente importante, la labor del hombre que el jueves por la tarde, en una declaración corta pero de una intensidad sin precedentes, dio la verdadera talla de un hombre de estado, de un político que sabe muy bien donde está y adonde quiere llegar y que quiere hacerlo de la mano de un país que necesita más que nunca volver a encontrarse consigo mismo y caminar juntos en la dirección del final definitivo de la violencia como elemento esencial de nuestra recuperación económica y moral.

    A Mariano Rajoy le va a tocar gestionar los pasos definitivos que conduzcan hacia ese final cuya primera zancada se dio el jueves por la tarde, y plenamente consciente de que a partir de ahora todos los ojos se vuelven hacia él, dio una lección de sensatez y de sentido común como pocas veces se ha visto, poniendo el interés general muy por encima del interés de su partido, sabiendo como sabía que esa actitud le iba a ocasionar más de una rebelión interna porque, por desgracia, hay gente en la derecha española que todavía no sabe ver que el camino del final de ETA estaba marcado desde hace tiempo y que más pronto que tarde iba a llegar. ¿Qué hay que hacer ahora? Pues es bastante evidente: en primer lugar, después de felicitarnos por esta derrota de los asesinos, hay que actuar con exquisita prudencia porque es cierto que el final definitivo lo veremos el día en el que ETA desaparezca del todo y ese día, cercano, está aún por llegar.

    Por eso, en segundo lugar, lo que hay que exigir a este Gobierno en el tiempo que le queda y al futuro Gobierno que surja de las elecciones del 20N, es que bajo ninguna circunstancia abandonen la estrategia que ha llevado a esta situación, es decir, la de la presión policial y la de la acción firme y decidida del Estado de Derecho contra la banda terrorista porque, y permítanme este inciso, hay algo que creo que es bueno que quede muy claro desde el primer momento: esta derrota de ETA se produce no porque ETA haya querido, sino porque ETA se ha visto obligada a rendirse cuando ha llegado un momento en el que le resultaba absolutamente imposible moverse sin que cada uno de sus movimientos fuera de inmediato interceptado por las fuerzas de seguridad y sus miembros detenidos y puestos a disposición judicial.

    Tercero, no negociar. No cabe negociación alguna con la banda terrorista, y ellos lo saben aunque en su lenguaje despreciable hayan querido medio condicionar su rendición a una negociación imposible con los gobiernos español y francés. Es más, a partir de ahora, y sin las armas ni encima ni debajo de la mesa, a lo que se van a tener que acostumbrar por fin es a defender sus postulados donde los defendemos el resto de los demócratas, respetando las reglas del juego democrático y aceptando las condiciones impuestas por las leyes y las costumbres, y van a ver como las mayorías parlamentarias les hacen caer derrotados en el único terreno en el que va a ser difícil que puedan ganar nunca porque ellos son la minoría.

    Cuarto, la política penitenciaria… Este va a ser, sin duda, el factor más complicado de todos los que tenga que gestionar Mariano Rajoy, porque sin ETA disuelta del todo el Gobierno no puede conceder ningún gesto que los asesinos vendan a los suyos como un éxito, pero tampoco puede forzar la situación hasta un extremo que pueda provocar alguna escisión dentro de ese entorno que decida volver a la violencia. De hecho, ese es el mayor de los peligros con el que podemos encontrarnos a partir de ahora. La política penitenciaria ha tenido siempre un objetivo de lucha contra una ETA activa, pero toda vez que ETA ha dejado definitivamente su actividad armada, puede convertirse en el elemento con el que cuente el nuevo Gobierno para forzar a la banda, precisamente, a su definitiva desaparición y desmantelamiento.

    Termino, no sin antes una última reflexión: se que hay quienes no se creen que esto sea el final, pero lo es. Es un final que todavía necesita tiempo para consolidarse, y un Gobierno fuerte y decidido que salga de las urnas el 20 de noviembre para dar a ETA el empujón definitivo a su desaparición, pero es el final, no les quepa la menor duda. Y es, insisto, una victoria de todos, de quienes hemos sufrido allí arriba la muerte, la persecución, el aislamiento… y de quienes han visto en el resto de España como en un rincón del Estado seguía habiendo una resistencia violenta y cruel a aceptar las reglas del juego democrático y extendían su campaña de terror al resto del país. Pero esto se ha acabado, y a partir de ahora viviremos sin ETA, viviremos sin terrorismo, viviremos sin muertes ni desolación y por más que nos hubiera gustado a todos verles hincar la rodilla en tierra, hay que ser realistas y conscientes de que ellos nunca van a abandonar su lenguaje despreciable porque incluso en su derrota tienen la osadía de intentar aparecer ante los suyos como los vencedores de una guerra que nunca ha existido más allá de su imaginario de locura y sinrazón.

    Por eso, lo más importante del trabajo que a partir de ahora tenemos que llevar a cabo todos los demócratas, liderados por ese gobierno que salga de las urnas el 20 de noviembre, es demostrar unas dosis enormes, casi infinitas, de cariño y comprensión a las víctimas, porque son las que más han sufrido todo esto y a las que más les cuesta comprender como se ha llegado hasta aquí y el precio que han tenido que pagar para conseguirlo. Por ellas, por las víctimas, por su dignidad y por la justicia que merecen, tenemos la obligación de conseguir entre todos, sin rupturas, sin acusaciones, sin utilizaciones torticeras de todo lo ocurrido, el final definitivo, la derrota sin paliativos y sin vuelta atrás de esta pandilla de asesinos y demostrarles a sus secuaces que en las instituciones democráticas ellos también pierden, y nosotros ganamos.

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