Lincoln y nosotros

No me atrevo a recomendarles la película de Spielberg sobre Lincoln porque me parece fallida en más de un aspecto y, sin embargo, cualquiera sentirá un

No me atrevo a recomendarles la película de Spielberg sobre Lincoln porque me parece fallida en más de un aspecto y, sin embargo, cualquiera sentirá un latigazo en la conciencia merced a la grandeza del personaje, sobre todo si es un español de hoy. Lincoln sacó adelante su enmienda para abolir la esclavitud a riesgo de ser acusado de atrasar el final de la guerra. Triunfó en los dos frentes, pero una bala asesina le entregó muy pronto a la leyenda. Como se dijo, su victoria se fundó en la corrupción urdida por el hombre más puro de América. La frase me ha recordado, por contraste, la supuesta disculpa con que trata de disimularse entre nosotros la corrupción política, la necesidad de financiación de los partidos, una auténtica tontada y una cortina de humo, una más, para tratar de dignificar de algún modo lo mucho que algunos han robado.

La corrupción es inevitable desde el momento en que no se tiene otro credo que el dinero y el poder, algo muy distinto a lo que creía Lincoln, y a lo que debería creer cualquier político decente. La vida humana es lo suficientemente frágil y gris como para que termine en un lodazal si permanentemente no se intenta levantarla hacia un ideal, hacia algo que esté por encima de ella misma. Cuando esto se aplica a la política, es desgraciadamente obvio que quienes no sean capaces de distinguir un ideal de su contrario se aplicarán con celo a lo único que entienden, a enriquecerse, y que esa carrera se desarrollará exclusivamente entre mediocres y pícaros, tal es nuestro panorama, con una Fundación que se llama Ideas, nada menos, dedicada a pagar el copy and paste. Cuando se expulsa a la política, todo se compra y se vende a tanto la palabra. A saber, por ejemplo, lo que habrá cobrado el redactor del galimatías soberanista, aunque alguna idea tenemos de lo que se pagó a cierto filósofo por aderezar la borrosa retórica del Estatut.

La corrupción se ha hecho general por la conversión de las promesas electorales, sin aparente costo para el ciudadano, en la única munición política, por entronizar a las encuestas en la brújula como único catecismo oportunista. Así, se ha hecho muy fácil conseguir grandes sumas de dinero mediante el engorde artificial de los presupuestos, de modo que los adjudicatarios puedan destinar cómodamente parte de los beneficios que esperan a engrasar a quienes los otorgan; tal poder, en manos siempre de unos pocos, raramente estará en los que mandan en el partido, sin poder sobre el presupuesto y las adjudicaciones. Lo que sí ocurre es que pedir ese dinero en nombre "del partido" es más elegante que pedirlo por las bravas, y hasta puede ser que muchos donantes hayan creído ayudar a la causa de su preferencia, eso sí, tras asegurarse de haber garantizado su interés personal.

La verdadera corrupción de los partidos es su rotunda negativa a cualquier forma de democracia interna, a cualquier debate civilizado, a cualquier criterio razonable en la selección de sus cuadros y élitesEn la mayoría de los casos, sin embargo, ese dinero habrá ido a parar a muy pocos bolsillos, a tres o cuatro a lo sumo, siendo muy ilusa la creencia de que pueda emplearse en pagar sobresueldos a mindundis que bastante tienen con creerse importantes y trabajar en aparatos con financiación generosamente asegurada en las cuentas públicas. Nadie con un mínimo de oficio se arriesga a recaudar ilícitamente unos millones de euros para alegrar las fiestas a un contingente muy numeroso que ya tiene un buen pasar, de manera que jueces y fiscales mejor harían buscando el origen de los millones en vez de los supuestos sobres del reparto.

Que los partidos pacten medidas contra la corrupción puede resultar tan inútil como que pacten medidas directas contra el virus del SIDA. Lo que hay que hacer, lo mismo que contra el virus, es indirecto: más investigación, más transparencia, más competitividad interna. La verdadera corrupción de los partidos es su rotunda negativa a cualquier forma de democracia interna, a cualquier debate civilizado, a cualquier criterio razonable en la selección de sus cuadros y élites. Esa sistemática represión de cualquier forma de vida política en el seno de las organizaciones llamadas a representarnos es lo que facilita que, en la cúspide, algunos puedan apalear fortunas, aunque, eso sí, en nombre de la Idea.

En ausencia de figuras como Lincoln, aunque bastaría que fuesen ligeramente menores, el debate político nacional se reduce a los informes de abogados del Estado, a las minutas de los sociólogos acoplados al aparato o a pagar algunos euros a cualquiera que pueda escribir un papel susceptible de ser archivado en la oportuna carpeta. Lo literalmente asombroso es que los ciudadanos aguanten tanto tiempo con un sistema tan jibarizado, con una caricatura tan ridícula de la democracia, que soporten con resignación que las opciones políticas se reduzcan a aumentar la deuda o a subir los impuestos, es decir, con recurrir a la misma medicina pero administrada por doctores expertos en simular grandes pendencias, que el pueblo aplaude mientras paga religiosamente, y sin enterarse, los excesivos costes de tan insustancial disputa. 

*José Luis González Quirós es analista político

Dramatis Personae
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