Son múltiples las actividades que realiza el ser humano en una sociedad organizada. Muchas de ellas tienen repercusión en el conjunto de la ciudadanía que las observa, disfruta o padece con más o menos intensidad, con más o menos interés o con más o menos desidia. En la mayoría de las ocasiones, los ciudadanos tienden a suponer que el hecho de que algo funcione bien o mal afecta sólo a los protagonistas directos de la ejecución de alguna de esas actividades. Eso pasa, por ejemplo, con la política y con los partidos políticos, con la democracia o con la educación.

Cuando los ciudadanos piensan que la política no está dando los resultados que ellos esperaban de esa actividad, se observa un cierto punto de regodeo, como dando a entender que los políticos se van a quedar sin clientela, pero no pensando que son ellos, los ciudadanos, los que se van a quedar sin el instrumento capaz de dirimir los conflictos que se plantean en el seno de una sociedad democrática y de organizar el espacio público que compartimos. La política no es algo que sea responsabilidad exclusiva y excluyente de los políticos; la política es la única forma de que el ser humano canalice sus inquietudes y de que vivir juntos no se convierta en una jungla. La política existe y, además, existen políticos, pero no son ellos las víctimas del deterioro, sino la sociedad que no tiene nada serio como recambio.

Algo parecido ocurre con los partidos políticos. La responsabilidad de que algo que se considera imprescindible funcione no es sólo de quienes los conducen, lideran u ocupan. Si un taxi se para a mitad de carrera, no cabe la menor duda de que el taxista se verá perjudicado, pero quien de verdad sufrirá las consecuencias será el usuario del mismo que, ante la avería, podrá usar su tiempo en regañar al conductor por no haber tenido a punto el coche. Con eso conseguirá avergonzar al taxista pero al destino al que iba, nunca llegará. O trata de ayudar para volver a ponerlo en marcha o cambia de taxi.

Todos estamos capacitados para tratar de encarrilar lo que debería funcionar bien y que, por la torpeza de unos y la desidia de otros, no funcionaCon los partidos políticos ocurre lo mismo. O se arremangan los que los necesitan o cambian de partido; la bronca por la bronca, pensando que sólo se perjudican los que militan en los mismos, es una estupidez. Si nos quedamos sin partidos entraremos en una dictadura. Ya sé que hay ciudadanos que afirman que ellos jamás aceptarían militar en un partido político por aquello de la obediencia debida. “Yo no podría aguantar que me dijeran lo que tengo que hacer o lo que tengo que decir” afirman los que, solícitos, son capaces de lo que sea con tal de agradar al jefe o de tener su minuto de gloria en un medio de comunicación.

En definitiva, la democracia es un sistema que los ciudadanos civilizados nos imponemos como la mejor manera de representación en una sociedad plural. Si la democracia no funciona al gusto de la inmensa mayoría, la solución no es la de irritarse o reírse de los que la protagonizan. Si no todos somos buenos para decidir, sí todos somos buenos para opinar. Todos estamos capacitados para tratar de encarrilar lo que debería funcionar bien y que, por la torpeza de unos y la desidia de otros, no funciona. Todos deberíamos hacer saber a quienes nos gobiernan o a quienes deciden sobre nuestro futuro que de la misma manera que no colaría el discurso de que los niños vienen de París, tampoco puede colar el del que bajando los salarios un 10%, se aumentará el consumo. La sociedad debería manifestarse con rotundidad cuando se nos trate de tomar el pelo de la forma en que pretenden hacerlo, por ejemplo, la responsable del FMI o el Vicepresidente para Asuntos Económicos de la UE.

Todos deberíamos sentirnos concernidos por lo que pasa, por lo que se dice o por lo que se hace, en la misma medida que lo hacemos cuando se trata de la Salud. Es en esa parcela en la única en la que los ciudadanos sentimos que un deterioro de la Sanidad no afecta sólo a los que la protagonizan, sino a todos los usuarios de la misma. Nadie, en su sano juicio, se mofaría del mal funcionamiento del sistema sanitario ni atribuiría a los sanitarios el perjuicio del deterioro del mismo; nadie diría que los médicos se iban a quedar sin pacientes por lo mal que funcionara el sistema. A todos nos preocupa que ese servicio funcione bien; nos va la vida en ello. Con la democracia debería pasar lo mismo. No nos va la vida en ella pero si el futuro de nuestros hijos. Cuando se llega a cierta edad, a lo que se aspira no es a saber qué bienes dejas en herencia a tus hijos o a tus nietos. Estoy convencido de que un joven alemán, sin ningún tipo de herencia, tiene en estos momentos más futuro que un joven español al que le dejen un piso y unos cuantos euros en el banco. Tal vez sea porque el alemán vive en un gran país y el español, no. Esa sería la mejor herencia que podríamos dejar: ¡Un gran país!