Obsesionados por el desenlace

Desde hace algunas semanas, la pregunta que monopoliza debates y tertulias políticas es esta: ¿qué va a hacer el PSOE?

Foto: El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)

El asunto empieza a ponerse tedioso (como, por lo demás, parece ser el destino de cuanto ocurre en el mes de agosto). Desde hace algunas semanas, la pregunta que monopoliza debates y tertulias políticas es esta: ¿qué va a hacer el PSOE? La pregunta tiene mucho de retórica, puesto que el PSOE ya ha anunciado de manera pública y reiterada lo que va a hacer. Pero como, sin duda, la respuesta no ha agradado a algunos y, por otra parte, en ella no se ha querido entrar a analizar determinados escenarios, como el que se abriría si Rajoy no superara la investidura, se ha hecho poco menos que inevitable la reiteración de la pregunta por parte de políticos y tertulianos.

Sin duda es una pregunta importante. Pero no es esta importancia lo que me gustaría ahora abordar. Lo que me llama la atención es que muchos de los que se rasgan las vestiduras por el hecho de que, según ellos, se mantenga por parte de la dirección del PSOE una ambigüedad o un silencio inquietantes ante el futuro, no se estén haciendo la pregunta previa: pero ¿acaso va a haber investidura? No deja de ser curioso que se haya impuesto un orden de cuestiones determinado, como si esta última (que es la primera, tanto desde el punto de vista lógico como desde el real) no resultara relevante.

Lo propio ocurre cuando se da por descontado que, en el supuesto de que con la ayuda de Ciudadanos el PP se quedara al borde de los necesarios 176 diputados, la responsabilidad de completar el número hasta alcanzar la mayoría requerida recaería sobre los socialistas. También esto se encuentra lejos de ser obvio. Porque, si fuera el caso que más de la mitad de la Cámara le negara rotundamente el apoyo a Rajoy, ¿en nombre de qué ninguna de las otras formaciones tendría que asumir su cuota de responsabilidad ante unas eventuales terceras elecciones?

Ninguna fuerza política se dedica en campaña a hacer públicas por anticipado sus alianzas futuras, en la medida en que podría alterar el voto de los electores

No deja de ser llamativa la forma en que se imponen estos planteamientos argumentativos (que sin duda algunos preferirían llamar 'frame'). Porque, como intentaba empezar a mostrar, no se trata de preguntas, sueltas, exentas, meras curiosidades que, de pronto, provocan la duda espontánea de un periodista o un tertuliano: se entienden desde un determinado marco que opera a modo de trasfondo justificativo del sentido de las mismas.

Tampoco se trata de un fenómeno nuevo. Se nos ha olvidado muy deprisa, a pesar de lo cerca que está en el tiempo, pero durante la pasada campaña electoral sucedían cosas parecidas. Una de las preguntas que, de forma recurrente, se nos hacía a los candidatos era la de los pactos poselectorales (bueno, a los candidatos catalanes se nos preguntaba también, de manera inmisericorde, por nuestra posición ante el referéndum). Al margen de que prácticamente nunca ninguna fuerza política en ningún lugar del mundo se dedica en campaña a hacer públicas por anticipado sus alianzas futuras, en la medida en que ello podría alterar sustancialmente el sentido del voto de muchos electores, la pregunta en cuestión se planteaba además tomando como base los datos que iban proporcionando los sondeos, datos que, a la postre, se revelaron erróneos.

Tal vez convenga detenerse un momento aquí. Porque, al margen de los matices que se acaban de señalar, llamaba la atención esa especie de urgencia compulsiva de tantos entrevistadores por saber, cuando todavía la contienda electoral se encontraba abierta, qué harían las fuerzas políticas cuando todo terminara. En algún momento se me ocurrió pensar que dicha insistencia se podía comparar con la de un periodista deportivo que, en el descanso del último partido de liga, cuando cuatro equipos se jugaban en un puño la temporada y el desenlace dependía no solo de cómo terminase el propio partido sino también del resultado de los restantes, entrase en el vestuario a preguntar a los jugadores qué planes tenían para el año que viene. La única respuesta razonable por parte de estos habría sido otra pregunta: ¿le importa que terminemos de jugar y luego hablamos?

Lo importante no es tanto cómo terminan sino la forma en que se transita hacia su desembocadura. Pues bien, en el relato político sucede algo parecido

Hay algo inquietante en esta manera de 'consumir política', si se me permite la expresión, absolutamente intencionada. Es una manera que parece estar llevando a cabo una interpretación errónea de la categoría 'relato', que tanto parece agradar a algunos en los últimos tiempos. Porque se diría que lo que se ha extendido como una mancha de aceite es -puestos a jugar con la categoría- una prisa incontenible por conocer el desenlace, como si fuera ahí donde se jugara el sentido de la narración.

Pero, continuemos con el paralelismo, ¿qué pensaríamos de quien abandonara en la primera página la lectura de 'Crónica de una muerte anunciada', de Gabriel García Márquez, porque, nada más empezar, el autor nos cuenta el final, el homicidio de Santiago Nasar? Pero ¿acaso ese empezar por el final no se ha convertido en un recurso narrativo habitual en infinidad de narraciones? ¿Cuántas películas no habremos visto ya a estas alturas en las que, tras una trepidante escena inicial, el relato prosigue retrocediendo en el tiempo y situándonos unos cuantos años antes? ¿Qué opinión nos merecería quien desistiera de continuar viéndola con el argumento de que ya sabe cómo acaba? ¿Ese mismo argumento no llevaría a tales personas a desinteresarse por las más importantes obras de la literatura, el cine o el teatro universales, de todas las cuales podría afirmar también que tienen un desenlace sobradamente conocido?

Algo va mal cuando son los propios políticos los que transmiten a la ciudadanía la idea de que el debate parlamentario de investidura no es algo relevante

Sin duda, la réplica razonable a semejante desinterés pasa por señalar que lo importante de tales obras no es tanto cómo terminan sino la forma en que se transita hacia su desembocadura. Pues bien, en el relato político sucede algo parecido. Claro que resulta fundamental lo que realmente termina ocurriendo, pero se supone que el sentido de esa realidad final se va desplegando en el 'mientras tanto'. Algo va mal cuando son los propios políticos los que transmiten a la ciudadanía la idea de que el debate parlamentario de investidura no es algo relevante, y que no merece la pena llevarlo a cabo si no va a dar el resultado previsto. Como si no importara que los ciudadanos tuvieran conocimiento de las razones de unos y de otros. Aunque lo propio se podría afirmar cuando se colocan los números por delante de los argumentos, sustituyendo estos últimos por la constatación puramente aritmética del 'sumamos' o 'no sumamos', sugiriendo que la suma constituye un fin en sí misma.

Deberíamos entre todos hacer un esfuerzo por contener esa prisa equivocada, esa compulsiva urgencia por terminar cuanto antes (como si el fin nos aliviara de algo), y recordar que el 'cómo' en muchas ocasiones importa tanto como el 'qué', entre otras razones porque determina 'qué tipo de qué' termina produciéndose. No sé si me explico... 

Filósofo de Guardia

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