Las palabras las carga el diablo

Para bien y para mal, hace tiempo que los medios dejaron de ser simples e inocentes correas de transmisión de la información para convertirse en agentes activos

Foto: Un grupo de periodistas hace guardia en la sede del PSOE en Madrid de la calle Ferraz. (EFE)
Un grupo de periodistas hace guardia en la sede del PSOE en Madrid de la calle Ferraz. (EFE)

Lo que en Manuel Sacristán era descripción de la forma de proceder de los profesionales de la filosofía ("en el gusto por el matiz se reconoce al filósofo", afirmaba literalmente) debería ser prescripción, aplicado a los profesionales de la cosa pública. Apresurémonos a puntualizar que esto último no siempre resulta fácil. El político viene obligado a transmitir mensajes claros y rotundos, ideas fuerza definidas y contundentes: se lo impone la misma lógica de la comunicación de masas.

Pero, al mismo tiempo, tales mensajes deben contener en su interior los suficientes matices como para que, en el caso de que las circunstancias vayan variando, sus propias palabras no se conviertan en una prisión en la que, como emisor, queda atrapado. O, por decirlo de otra manera, resulta de todo punto indeseable que el precio que tenga que pagar un político por sostener un mensaje nítido sea la imposibilidad de encontrar una salida de emergencia en caso de apuro (provocado por la aparición de un escenario diferente o por cualquier imprevisto).

Y lo que vale para quien propone los mensajes vale también para quien los critica. Conviene estar extremadamente atento antes de aceptar sin crítica muchas de las categorías, argumentos, juicios de valor y perspectivas (elementos que algunos subsumen en dos palabras fetiche en nuestros días: 'frame' y relato) que circulan en la esfera pública, particularmente en los medios de comunicación. Pongamos un ejemplo tan pertinente (por aquello de la grave crisis que viene padeciendo el PSOE) como peligroso (por el riesgo de que alguien pueda interpretarlo —en una clave miope por completo— como una toma de posición por parte del arriba firmante respecto a la mencionada crisis): la expresión "barones" para referirse a los responsables de aquel partido en las diferentes comunidades autónomas.

Que el término "barones" viene cargado de connotaciones valorativas parece claro: evoca el lenguaje de la aristocracia, del título concedido

Que el término viene cargado de connotaciones valorativas parece claro: evoca el lenguaje de la aristocracia, del título concedido graciosamente por el monarca absoluto, y, por ello mismo, sugiere una contraposición entre el poder que el tal barón pueda detentar y el de la democracia, que, cada vez más, suele quedar asociado al contacto directo con las bases. La trampa del planteamiento se puede desvelar de diversas maneras. Una de las más sencillas es constatando a qué responsables territoriales se les acostumbra a calificar así y a quiénes no: suele depender del grado de enfrentamiento que mantengan con el supuesto poder central de la ejecutiva de la organización. Pero sin entrar en tales análisis, resulta fácil constatar que la mencionada contraposición entre poderes de distinto signo carece del más mínimo fundamento, en la medida en que los (des)calificados como barones también han obtenido su poder de forma democrática, merced al apoyo que han obtenido entre sus militantes.

Es cierto que algunos de los que más gustan de utilizar la aristocrática denominación como arma arrojadiza parecen reservarla para quienes gobiernan en sus respectivas comunidades, circunstancia que, según aquellos, también sitúa a estos bajo sospecha. Como si el hecho de tener que pactar presupuestos con otras fuerzas políticas, negociar en diversas materias con el Gobierno central de turno y otras servidumbres de su responsabilidad los hiciera más proclives a la deslealtad respecto a sus propios ideales o a la traición del compromiso programático asumido, en beneficio de intereses inconfesables. Pero habría que recordar la obviedad de que quienes se encuentran en semejante situación disfrutan, si acaso, de una legitimidad democrática reforzada ya que, al respaldo que pudieran haber obtenido en su momento por parte de los militantes de su partido para ser candidatos, se le añade ahora el que les ha sido concedido por parte del conjunto de la ciudadanía de ese territorio en que gobierna.

Deberíamos empezar, por tanto, revisando en profundidad nuestras propias categorías, argumentos, juicios de valor y perspectivas no fuera caso que, como he intentado señalar, deslizaran supuestos que apenas resisten la más mínima crítica. Porque lo que hemos visto, utilizando como ejemplo el empleo del término “barones”, también podría ser ilustrado a través de otros términos. Así, cuando el estallido del 'procés' en Cataluña provocó importantes fracturas en casi todas las fuerzas políticas, era frecuente que fueran descritos con calificativos como "renovadores", "críticos" o incluso "díscolos" algunos políticos socialistas que emigraban hacia el soberanismo emergente, al que auguraban un futuro más próspero que a su formación de procedencia. Eran políticos (en la mente de todos) que como aquel que dice hasta el día anterior habían estado ocupando cargos de máxima responsabilidad institucional —importantes 'consellerías' incluidas— y que de repente se veían convertidos, por un puro ejercicio de prestidigitación retórica, en alternativa al “aparato”, la “vieja guardia”, el “sector histórico” y otras expresiones claramente peyorativas que evocaban una ostentosa obsolescencia.

No cabe soslayar el activo papel, antes insinuado, que a la hora de diseñar los términos en los que se ha de plantear el debate público desempeñan los medios

Las palabras las carga el diablo, en eso parece haber pocas dudas. Pero precisamente por ello, quienes tienen más responsabilidad en la producción y difusión de mensajes deberían resistirse a jugar con las cartas marcadas (por otros). Llegados a este punto, no cabe soslayar el activo papel, antes apenas insinuado, que a la hora de diseñar los términos en los que se ha de plantear el debate público desempeñan los medios de comunicación de masas. Respecto de cuya intervención activa colocando el foco de la atención en una dimensión u otra del problema, denominando de una manera u otra, definiendo cuál es la única cuestión que vale la pena tratar (¿cuántas veces no habremos escuchado en una entrevista periodística la exigencia previa del entrevistador en términos de “contésteme con un sí o con un no” antes de formular su pregunta?) no creo que valga la pena debatir demasiado.

Quede claro que no tengo el menor inconveniente en considerar positiva la importancia alcanzada por dichos medios en la configuración de la opinión pública, pero un tal reconocimiento resulta vinculante: porque entonces ya no es de recibo que intenten eludir toda responsabilidad en esa misma configuración, ni que rechacen cualquier crítica que se pueda formular a su lenguaje o a sus enfoques con el argumento —un punto farisaico, para mi gusto— de que criticarlos equivale a atacar al mensajero. Para bien y para mal, hace tiempo que dejaron de ser simples e inocentes correas de transmisión de la información para convertirse en agentes activos en este tipo de procesos. No es cuestión de lamentarlo o celebrarlo: simplemente de reconocerlo.

Filósofo de Guardia

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