Podemos: yonquis de la tele

Alguien que, a pesar de estar tan mal colocado en el 'ranking' de líderes políticos (a la cola, vaya: en reñida pugna con Rajoy), sigue obsesionado con la visibilidad, tiene un severo problema

Foto: El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Una de las expresiones más habituales en el debate político es la de "desviar la atención". La suelen utilizar prácticamente todas las formaciones cuando sus adversarios se empeñan en hablar de un tema diferente al que ellas querrían. Aunque también ocurre, incluso con frecuencia, que esa misma atención (la de los ciudadanos, se entiende) no la desvíen los políticos sino otras circunstancias, como, por ejemplo, los planteamientos que hacen fortuna en los medios de comunicación.

Probablemente algo de ambas cosas le esté ocurriendo a Podemos: tan cierto como que en ocasiones se empeña en que la ciudadanía mire en la dirección de lo que al partido le importa en vez de en la de lo importante en sí, lo es también que en otras el propio Podemos resulta objeto de una atención desviada. Tal es el caso de cuando se sustancian todas sus tensiones en el conflicto entre el número uno y el número dos de la formación, Iglesias y Errejón, obviando cualesquiera otras cuestiones organizativas, estratégicas o de otro tipo.

No pretendo afirmar que no existan las tensiones personalizadas, ni negar que ellas posean la suficiente entidad como para haber dado lugar a la constitución de dos sectores nítidamente diferenciados (pablistas y errejonistas, en la terminología más usual). Lo que quisiera plantear es que tal vez no sean las únicas, y que para analizar algunos de los episodios más recientes que están teniendo lugar en la organización es posible que convenga tomar en consideración otras, relacionadas con otros factores y que, precisamente por ello, dan lugar a agrupaciones o sectores de diferente naturaleza a la nombrada por la mera dependencia de su respectivo líder (esto es, pablismo o errejonismo, según aquel esquema).

Y es que, más allá de la mencionada relación de dependencia o adscripción, cabe establecer otra distinción entre dos sectores nítidamente diferenciables dentro de Podemos. Uno de ellos probablemente sea el que en mayor medida ha contribuido a crear una imagen fresca, crítica e incluso ilustrada de la formación morada que en buena medida está en el origen de la inicial simpatía que despertaba en amplios sectores sociales. De diferentes maneras (militando expresamente, simpatizando o dando su apoyo puntual) forman parte de dicho sector un contingente significativo de intelectuales de este país que se ha planteado revisar radicalmente el discurso político heredado, analizando de manera crítica las nuevas realidades emergentes y las respuestas alternativas que estas provocan en los ciudadanos.

La atracción hacia la fuerza cuyo ascenso parece imparable es una tendencia sobradamente conocida

Otro sector sería el constituido por quienes se han aproximado a Podemos atraídos por su espectacular crecimiento. La atracción hacia la fuerza cuyo ascenso parece imparable es una tendencia sobradamente conocida. Tanto, que se diría inscrita en la entraña de la condición humana. También el PSOE se llenó de arribistas en los años ochenta, cuando era visto como un globo que ascendía imparable y al que valía la pena subirse en caso de tener un cierto tipo de aspiraciones políticas o de notoriedad pública. En este segundo sector entrarían no solo los que ven a Podemos como una opción personal de futuro, sino también aquellos que lo ven como una opción personal de pasado, esto es, quienes, desde un resentimiento difícilmente ocultable, consideran que en etapas anteriores no se les dio lo que merecían y creen llegada ahora la oportunidad de resarcirse del supuesto agravio.

Probablemente el procedimiento más eficaz para detectar a semejante tipo de arribista sea analizando la reconstrucción que lleva a cabo de su trayectoria política. Así, algunos de los séniors que aguardan, impacientes, su turno ante la ventanilla de Podemos han reescrito con presteza su propio pasado en unos términos no ya embellecidos sino directamente deformados, cuando no mendaces, eliminando cuantas aristas pretéritas pudieran constituir un obstáculo para sus aspiraciones. Unos términos que dejan en mantillas la autobiografía política de Ada Colau, por mencionar a una júnior emergente de este mismo universo político y asimismo adicta a idéntica práctica (¿tanto le avergüenza su vínculo juvenil con el CDS de Adolfo Suárez que lo oculta sistemáticamente?).

Algunas voces pertenecientes al primer sector, el más específicamente intelectual, han empezado a manifestar su disgusto hacia determinadas derivas

La tensión entre estos dos sectores, aunque no esté teniendo la repercusión pública que ha tenido la citada al principio entre líderes, no debería ser desdeñada. Algunas voces pertenecientes al primer sector, el más específicamente intelectual, ya han empezado a manifestar en público su disgusto hacia determinadas derivas, sumándose a las numerosas que, en privado, se manifiestan en idéntico sentido. Valgan como muestra las contundentes palabras escritas por Santiago Alba Rico ('Dilemas', ctxt, 18/01/2017) a propósito de lo que él mismo denomina la inmadurez podemita: «La “generación mejor formada” de la historia de España es también la más mimada, la más consentida, la más ligera, la menos puesta a prueba por la historia. No tiene ni memoria ni —literalmente— experiencias. Nunca se ha jugado nada de verdad y cree ahora, por eso, que todo es un juego».

Alguien podrá decir, y no le faltará razón, que tampoco este tipo de tensión es, en cuanto tal, una novedad. Por volver al ejemplo mencionado hace un instante, y que muchos alcanzarán a recordar: el propio PSOE pasó por esto mismo en su momento. También entonces, cuando la fortuna política le sonreía y encadenaba mayorías absolutas, se produjo un desembarco masivo de personas procedentes de otras formaciones menores (o de individuos que buscaban una salida a su particular situación política o laboral) que hacía difícil distinguir el grano de la paja, el mero arribismo de la revisión autocrítica de la propia trayectoria. Pero probablemente la diferencia fundamental entre ambos momentos radique en la gestión que entonces se hacía desde la dirección del viejo partido y la que se hace ahora desde la del nuevo.

Quizá la clave para entender dicha diferencia se encuentre concretamente en la última frase de Alba Rico en la cita mencionada ("creen que todo es un juego"). No se trata, quede claro, de despreciar o minimizar los cálculos que subyacen a cada uno de los movimientos que lleva a cabo Podemos. Comentando el último de ellos, José Antonio Zarzalejos ha señalado en las últimas semanas en estas mismas páginas la complejidad de los objetivos políticos que persigue una iniciativa como la de la moción de censura. Pero evitar los reduccionismos y las simplificaciones no excluye la constatación de cuál parece ser el fin último de todo (¿o tal vez sea el botín perseguido?), esto es, lo que se encuentra en juego en este juego, puestos a citar por última vez a Alba Rico. Incluso los simpatizantes de Podemos que han justificado el último de sus movimientos lo admiten, solo que suavizando la formulación: uno de los fines que se persiguen con la iniciativa de la moción de censura, afirman, es la visibilidad.

Incluso los simpatizantes de Podemos lo admiten: uno de los fines que se persiguen con la iniciativa de la moción de censura, afirman, es la visibilidad

Pero semejante justificación, referida a una formación y, sobre todo, a un líder que está permanentemente en los medios de comunicación, no resulta aceptable ni con la máxima benevolencia crítica. A no ser que para dicho líder el aparecer en dichos medios se haya constituido en un fin en sí mismo, hipótesis que a estas alturas debería tomarse seriamente en consideración. Ahora bien, alguien que, a pesar de estar tan mal colocado en el 'ranking' de líderes políticos (a la cola, vaya: en reñida pugna con el mismísimo Mariano Rajoy), sigue obsesionado con la visibilidad, tiene un severo problema. Habrá que empezar a pensar que, más que ante un líder político propiamente dicho, ante lo que nos encontramos es ante un auténtico yonqui de la tele.

De ser ello cierto se trataría, desde luego, de una mala noticia para la política. Se habría desvelado, demasiado deprisa, que el lema con el que la dirección de Podemos pretendía caracterizar el nuevo rumbo de su estrategia tras Vistalegre II, el tan publicitado 'Un pie en las instituciones y mil en la calle', lo que en realidad significaba era "un pie en las instituciones y otro en los platós de televisión".

Filósofo de Guardia

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